sábado, 24 de agosto de 2019

Tiempo de fiestas: San Bartolomé, en el Valle de Santa Inés

La Ermita de Santa Inés acoge la festividad de San Bartolomé cada 24 de agosto.

No sabemos cuándo se fundó,  pero no es de extrañar que fuese a finales del sigo XV o principios del XVI. Podemos aventurar que quien la promovió fuese Doña Inés Peraza a raíz de la muerte de su esposo el conquistador Don Diego García de Herrera, sepultado en la iglesia conventual de San Buenaventura, en Betancuria.
Lo que sí sabemos, porque así se cuenta en los anales, es que en 1565 ya funcionaba en esta iglesia la Cofradía de San Bartolomé; que casi treinta años después la incendiaron los corsarios de Xaván Arráez y que se sus vecinos la volvieron a poner en pie para el culto cristiano.
Se levantó junto al camino de la Villa, en el Lomo de la Virgen, un lugar rodeado de topónimos que aluden a la antigüedad del poblamiento, cuyo origen se remonta a los primeros momentos de colonización europea, cuando en Betancuria se pergeñaba la primera capital de Canarias.
Aquellos eran momentos en que por aquí se entendían los aborígenes, los franceses, los castellanos, los bereberes, los moriscos, los portugueses. En esa mezcla se forjaron los nombres propios de los lugares de la isla que aún hoy utilizamos para (Según Marcial Morera) "sentir -que los nombres no son ruidos, sino sentimientos- nuestros barrancos, montañas, majadas, degolladas, llanos, asomadas..."
La misma erección de nuestra ermita sirvió para fijar el nombre de la aldea en que nos encontramos: Valle de Santa Inés.
Porque, hasta principios del siglo XVI, los antiguos  documentos se referían a la zona como el Otro Valle, clara alusión a que, junto a la Vega de Río Palmas, éste fue el tercer asentamiento fijo de población.
El entorno de aquel núcleo primigenio se rodea de una toponimia que respalda cuanto apuntamos: Campo Viejo, La Vega Vieja, Barranco Viejo, Barranco de la Alberca... Tenemos lugares que aluden a la variopinta sociedad que se estaba formando en el crisol de la historia local, como una avanzadilla europea en el atlántico: Huerto del Negro o el Majuelo, Morro Velosa o Veloso... Y fincas fallidas, como La Palma Muerta; aldeas que se apagaron, como la Aldea de Gente Muerta, junto al barranco del Valle, en tierras comunales. Y es que, en el Valle, encontramos hasta un rincón para recordar, La Majada de la Memoria.

Fachada de la ermita de Santa Inés, en el Valle de su nombre, donde una leyenda sobre lápida de mármol nos recuerda que allí se elegían por sorteo los dos Regidores Cadañeros del antiguo Cabildo de Fuerteventura (Foto Paco Cerdeña)

Pero también de vida y compromiso. En nuestra ermita se fundó en la primera mitad del siglo XVI la Cofradía de San Bartolomé  (muestra de la pujanza de quienes aquí se fueron asentando), que se ocupó de reforzar el culto manteniendo su fiesta en un lugar inseguro todavía, fuera del abrigo del Macizo de la Villa, donde residían las autoridades de la nueva sociedad majorera y admnistración castellana en ciernes; alejados, por tanto, de la vista de los verederos que subían a la Atalaya, a los morros de las Torrecillas...
Desde aquí, desde El Valle, se siguió ocupando el territorio hacia el noroeste y noreste; por Tabordo, El Cabrito y los Morros del Sol, los ganaderos que echaban sus ganados en la costa del Tablero del Golfete y en la de Las Salinas inmediata; los agricultores roturaron la tierra por los barranquillos aledaños, hacia los del citado Tabordo, Viejo Blanco y el Llano Lemes. Para entonces ya había avanzadilla poblacional al sur de la Montañeta de Tao, cerca de la Fuente Cochinos y de la montaña de la Fortaleza; en El Espinal y la Ampuyenta; en el Esquey y Antigua, donde el Obispo Frías contaba con algunas casitas junto a una ermita a finales del siglo XV.
Todos estos pioneros -ya lo hemos dicho- oraban juntos en la Ermita de Santa Inés por respeto a los Señores y Conquistadores cada 21 de enero; cuando se conmemora la onomástica de la Virgen y Mártir,  una festividad solemne e institucional si recordamos que allí se elegían desde antiguo los Regidores Cadañeros de cabildo, uno para la Comarca de Guise y otro para la Comarca de Ayoze y que están reflejados, como símbolo de unidad, en las esculturas de Emiliano Fernández,  en la Cuesta de la Villa, lugar por donde pasaba el linderó que separaba aquellas comarcas de la Maxorata, que Jandía era un mundo a parte, privativo de los Señores.
Pero el jolgorio popular, de la mano de la Cofradía de San Bartolomé, se ponía de manifiesto, tras la cosecha, cada 24 de agosto. Allí acudían no sólo los lugareños sino los pioneros en la ocupación y colonización por los Llanos que fueron del Otro Valle, de Santa Inés, hasta finales del siglo XVIII en que habiéndose autorizado su ermita pasaron a llamarse Llanos de la Concepción. Todos juntos y en ambas festividades, especialmente en la de agosto, rezaban, procesionaban, tomaban el puchero y cantaban y bailaban. Esta era la fiesta, digamos, más popular.

viernes, 23 de agosto de 2019

Tiempo de fiestas:Llanos de la Concepción

Caminando de los Llanos del Otro Valle al Valle de Santa Inés, o viceversa.

Apenas dos kilómetros y medio separan estos pueblos de los municipios de Puerto del Rosario y de Betancuria, respectivamente, en Fuerteventura. Una distancia que el caminante puede recorrer en un ratito, algo más pesado cuando se acomete el ascenso por el Lomo de Tetir; pero se compensa cuando, al girarse, desparrama la vista por la llanura central de esta parte de la isla, contemplando las lomas y los Morros del Sol, montañas igualmente sagradas, molinos, cadenas, nateros y gavias y paredes de costa. Desde allí la aldea, como alguien dijera en otra época, recuerda una bandada de gaviotas blancas posadas.
Suele decirse que la Historia apenas se detuvo en nuestros pueblos, como si su mera existencia no tuviera la identidad suficiente para recordar sus escarceos con la memoria majorera; como si  las alusiones que a sus vecinos se hacen en las actas del antiguo cabildo fueran ficción. Pero se los convocaba para limpieza de caminos y fuentes, se los convidaba a nombrar sus representantes en aquella vieja institución. Es como si el estanque de la memoria rebosara en la Villa Histórica para regar los páramos de Fuerteventura.


Para empezar y como es tiempo de fiestas, el caminante reflexiona sobre los patronazgos y la toponimia:
El Valle de Santa Inés o de "los tiestos", debe su nombre a doña Inés Peraza quien posiblemente fundó allí la ermita que confirió el patronazgo al Otro Valle, para distinguirlo del de Betancuria. El hecho debió ocurrir en los primeros momentos de presencia europea en la isla; no pudo encontrar la fecha en que se bendijo aquella nueva ermita, pero averiguó que desde principios del silgo XVI ya se decía misa allí, cada veintiuno de enero, la fiesta más fría y, a veces, la más lluviosa de esta ínsula.
Leyó que "Los Llanos de la Concepción eran conocidos como del Otro Valle o de Santa Inés" hasta finales del siglo XVIII; aquí el empeño no se debió al empuje de ningún noble o descendiente de conquistadores, sino al empuje de los vecinos, alentados por don Joseph de Armas, a cuyo empeño debemos, por extensión, el cambio y consolidación del topónimo de su pueblo.
Pensó que el poblamiento de los Llanos se produjo entre roturaciones y ganadería...
Y comprendió cómo desde siempre estos dos pueblos compartieron devociones y advocaciones que se enredan en la toponimia y la memoria colectiva. Los de los Llanos, como colonos y ganaderos que descendían de la Villa a través de Santa Inés, donaron cuadros a la ermita del Valle, entre ellos el de La Inmaculada Concepción, pues aún no tenían ermita. En algún sitio leyó que, durante siglos, los de los Llanos y los del Valle oraban y festejaban juntos en la ermita de Santa Inés.
El caminante leyó que a finales del siglo XVIII, los vecinos de Los Llanos del Otro Valle o Llanos de Santa Inés, suscribieron la iniciativa de Joseph de Armas y lo secundaron en la solicitud, ayudándolo a levantar allí una ermita a la Inmaculada Concepción; justo entonces se hacían las oportunas encuestas episcopales para redistribuir las jurisdicciones parroquiales en Fuerteventura. Y aquí debieron responder que para qué ir a la Villa para formalizar registros sacramentales, si tenían más cerca la parroquia de Santa Ana que promovían en Casillas y, de paso, se ahorraban la cuesta del Morro de Velosa.
Lo que supuso fue que ambos pueblos (el Valle y los Llanos) debieron visitarse con bastante frecuencia, como lo demuestran los parentescos y noviazgos con que se rompía una excesiva endogamia en cada lugar. La recíproca asistencia a sus fiestas patronales debieron propiciar encuentros que no supo si se hicieron en forma de romería (como actualmente se prodigan por estos andurriales) o de simple asistencia a la función y consecuente puchero en uno y otro pueblo, seguidos o precedidos de algún que otro baile de cuerdas.
Se acercan las fiestas de este año, en ambos pueblos: 15 de agosto en Los Llanos y 24 de agosto en el Valle. El caminante decide sacar su móvil y, como suele hacer cualquier viajante, sacó algunas instantáneas para ilustrar estas reflexiones.

Fachada de la ermita de Nuestra Señora de la Concepción, en Los Llanos de la Concepción, promovida a finales del siglo XVIII en los Llanos del Otro o Valle o Llanos de Santa Inés (Foto Paco Cerdeña, 2019).

viernes, 2 de agosto de 2019

Tiempo de Centenarios, La Ayudantía Militar de Marina de Fuerteventura

Puestos a recordar, la historia local nos trae a la memoria ciertos logros que nuestros antepasados celebraron con mayor o menor festejo.
El año 1919 es uno de esos momentos en que los voladores y la bulla festiva de Gran Tarajal se oía desde Corralejo, y dicen que los fuegos de artificio se veían desde la lontananza por los marineros  del Banco Canario Sahariano, por los pescadores de la costa del salado. No era para menos, en aquel embarcadero del sur de Fuerteventura se colocaba la primera piedra del muelle: políticos grancanarios lo celebraban en la prensa como su propio logro; en los partidos majoreros del sur no cabían de contentos.
En nuestra isla se iniciaba la tercera infraestructura portuaria, si contamos el espigoncito de El Cotillo y el muelle del propio Puerto de Cabras.
Pero también en la capital insular (ya tenían la sede del nuevo cabildo y la cabecera del partido judicial y del registro de propiedad), los liberales del Puerto iban a pregonar su contento por el retorno de la Ayudantía Militar de Marina. Porque, en realidad, ya la tuvieron desde principios del XIX, siendo capitán de puerto el gaditano don Francisco Sánchez, y la perdieron, como se lamentaron desde las páginas del Semanario La Aurora (1900-1906), pidiendo insistentemente su reposición, hasta que, por fin, le hicieron caso.



En septiembre de 1919 se habilitaba el destino de Ayudante de Marina del Distrito de Fuerteventura con sede en Puerto de Cabras. Y el 19 de octubre se posesionaba como tal Ayudante Militar de Marina don Luis de Garay y Galiana.
Y fue así cómo, cuando llegaron los fastos de Gran Tarajal, en Puerto de Cabras, en Puerto del Rosario, se abrían los Registros Marítimos que, a la sazón, correspondían a la gestión de aquella autoridad de Marina y a los que habrá que acudir para rastrear la huella de nuestros marinos antepasados.
Gran Tarajal y Puerto de Cabras,  o viceversa, están pues a tiempo de conmemorar las efemérides: los unos por haber logrado el muelle, los otros por lograr la reinstalación de la Ayudantía de Marina con jurisdicción en todo el distrito marítimo de Fuerteventura.

Un nuevo funcionario en Puerto de Cabras

El primer Ayudante de Marina de la isla en su nueva etapa, don Luis de Garay, había ejercido diversos cargos en Canarias y, en su hoja de servicios, pueden leerse estas anotaciones:
- Ingresó en la Escuela Naval en 1896,
- Ascendió a guardiamarina en 1899,
- Alférez de fragata en 1901,
- capitán de corbeta en 1920 (siendo ayudante de Puerto de Cabras),
- capitán de fragata en 1931,
- Inspector General de Pesca en 1932,
- retirado a clases pasivas en 1935, aunque siguió desempeñando destino como Jefe Interino de la Sección de Pesca de la Dirección General de Marina Civil y Pesca hasta 1936.

Durante estos años desempeñó los siguientes destinos:
- Director Local de Navegación y Pesca de Santa Cruz de La Palma y de Fuerteventura,
Ayudante de las Direcciones Locales de Navegación y Pesca en Almería, Tenerife, Gran Canaria y Bilbao.
- Subdirector local de Navegación y Pesca de la Provincia de Tenerife
- Director de Navegación y Pesca en Menorca.
- Ayudante de Marina del Distrito de Fuerteventura, dependiente de la Comandancia de Marina de Las Palmas, en 1919.

La sede

Desde 1919, la Ayudantía de Marina de Fuerteventura se alojó en una vivienda alquilada al empresario local don Victoriano González Carballo, en la calle Nueva (actual Juan Domínguez Peña, próxima a su actual ubicación en edificio que data de la década de 1960, con fachadas a la calle dicha y a la Avenida del Ingeniero Ruperto González Negrín.

domingo, 30 de junio de 2019

La Parroquia de Nuestra Señora del Rosario, 1905-1906

Si en algo se sentían picados los inquietos del viejo Puerto de Cabras, era en lo espiritual. Les resultaba humillante tener que ir a escuchar la misa a la Vega y, por eso, habilitaron su capilla de la calle de La Marina alboreando el siglo XIX. Todavía no era parroquia y, por tanto, debían subir a Tetir a apuntar a los nacidos a orillas del mar, a inscribir su matrimonio quienes así lo deseaban, a anotar y enterrar a sus muertos, cargándolos por turnos por la Cuesta del Viso para que descansaran el sueño de los justos en tierra sagrada.
Batallaron cuanto pudieron hasta que, en 1894, les autorizaron a llevar sus propios libros sacramentales y a pagar un capellán que a modo de cura de almas, residiera en la consolidada población (ya tenían hasta muelle municipal). Para entonces hacía veinte años que habían construido un pequeño cementerio público al que, como en las grandes concentraciones urbanas -pensarían-, se adosaron otros dos camposantos: un privado y otro para sepultar a los fallecidos no católicos.
Había que ir soltando amarras de su parroquia matriz y del ayuntamiento agrario de Tetir -se decían-. Además los tetireños miraban demasiado a los conservadores con sus prédicas velazqueñas y litigios territoriales, mientras que los políticos portuenses de Cabras se inclinaban más por el entorno liberal de León y Castillo y los suyos; y apostaron porque, a la larga, los de la Vega se incorporarían a Puerto, como así fue.
Y también en la cuestión parroquial litigaron a ver quién de los dos partidos de la Restauración hacía más por la parroquia del Rosario. Unos decían que si los conservadores, otros que si los liberales; seguramente a éstos últimos se debió el empuje decisivo final.
Transcurría el año 1905 con sus visitas ministeriales a Puerto de Cabras incluidas (el de Marina, por ejemplo) y en octubre el Ministerio de Gracia y Justicia resolvía el expediente promovido aquí y respaldado por el obispo de Canarias con estas palabras:
.-"...Su Majestad el Rey que Dios guarde ha tenido a bien conceder su Real aprobación para la erección de la citada parroquia con la categoría de primer ascenso y disponer se incluyan en el Proyecto de Presupuestos de este Ministerio las cantidades siguientes/ Dotación de personal: asignación para un párroco, 1.250 pesetas - otra asignación para un coadjutor, 550 pesetas- Total para personal, 1.800 pesetas. Una asignación para culto y fábrica, 500 pesetas..." Madrid, a 26 de octubre de 1905, Joaquín González de la Peña."
Por tanto, la dotación económica tendría que esperar a los presupuestos de 1906. Se dieron prisa, en los primeros meses de dicho año, poco antes de que Alfonso XIII desembarcara en Puerto de Cabras para llevarse el camello, a nuestra localidad llegaba su primer párroco, el "indiano" Teófilo Martínez de Escobar y Luján, aquel a quien correspondió oficiar la misa Te Deum para el Monarca.
Es más, apenas ocho semanas antes de la anunciada y citada visita regia, se inauguraba la parroquia de Nuestra Señora del Rosario.

Detalle del retrato del obispo José Cueto y Diez de la Maza, Museo Diocesano de Las Palmas de GC.

El Obispado también se dio prisa pero, en su decreto de inauguración, hubo de hilar fino al describir la jurisdicción de la nueva parroquia majorera, no fuera que los de Tetir, con los de Tiscamanita detrás, se incomodaran y volviera a montarse el follón de los territorios de uno y de otro municipio, de una y de otra parroquias (la de Puerto de Cabras y la de Tetir). Así lo precisaba en su decreto de enero de 1906:

.-"...Primero. Que separaba, dividía y desmembraba desde ahora para en adelante perpetuamente del territorio que hasta el presente ha correspondido a la jurisdicción parroquial de Santo Domingo de Tetir el que ha constituido el término municipal de Puerto de Cabras desde que se creó municipio en dicho Puerto y sin el ensanche que se proyecto a fines del siglo último (XIX)...subsistiendo por consiguiente en la demarcación parroquial de Tetir los pagos de Asomada, Estancos, Time, Valhondo, Herradura y Guisguey..."

Han pasado 114 años (casi los mismos que entonces habían transcurrido desde la licencia de la primera capilla en 1812) desde que el Obispo José Cueto y Diez de la Maza, dominico como no podía ser de otra forma, erigió la parroquia de Puerto de Cabras-Puerto del Rosario, inaugurándola el 31 de enero de 1906, pero autorizando a que el Puerto llevase libros sacramentales distintos de Tetir desde doce años antes, como vimos.

La iglesia parroquial de Puerto de Puerto de Cabras, en honor a Nuestra Señora del Rosario.

martes, 30 de abril de 2019

Los buques aljibe en Puerto de Cabras

Sed y Carbón en el Puerto: la operación “Aguada a Puerto de Cabras

Con el incremento de población en nuestra ciudad, cada año, cuando llegaba el verano sin haber llovido el invierno anterior, se activaban aquí los mecanismos para importar el líquido elemento.
El que nos ocupa fue uno de esos operativos. Se llevó a cabo en Puerto del Rosario en la década de 1960, y en él se implicaron La Armada, el Ayuntamiento, la Delegación de Gobierno, el propio Regimiento de Infantería Fuerteventura y los trabajadores, portuarios o no, que intervinieron en la maniobra.
El agua procedía de las empresas suministradoras a distintos puntos de Gran Canaria y, a partir de 1964, cuando Termoeléctrica puso en marcha la primera potabilizadora para abastecimiento de Arrecife, ¡también se trajo de Lanzarote!


Buque aljibe en el Puerto de Santa Cruz de Tenerife. [Foto publicada en el bloc "De la mar y los Barcos", de Juan Carlos Díaz Lorenzo]

El Puerto ha tenido que importar agua para abastecer a su población en distintos momentos de su historia, cuando la sequía iba más allá de la mera queja municipal para  rebajar los cupos tributarios de imposición estatal o provincial; momentos en los que una gran cantidad de personas, de verdad, llegó a pasar sed.
Porque los pudientes, como lo habían hecho desde los orígenes de la población, recurrieron al autoabastecimiento y construyeron cuantos aljibes se les ocurrió para almacenar las aguas de lluvia que un año sí y muchos no, caían sobre la costa de Puerto de Cabras. El resto no tenía ni terreno donde construir aquellas infraestructuras hidráulicas.
Cuando acuciaba la sed, desde el ayuntamiento se gestionaban las operaciones de abasto acudiendo unas veces a empresas adjudicatarias de servicios públicos de transporte (los correillos interinsulares) y de producción de agua (Termoeléctrica de Lanzarote desde 1964 o el propio ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, siempre); otras a la propia Armada, que desde su base naval en Gran Canaria, se comprometió al traslado de las partidas que el ayuntamiento mercaba en Gran Canaria, Tenerife o Lanzarote.
Y cuando miramos el rótulo de la calle Almirante Lallemand, en el barrio de El Charco, nos encontramos con que homenajea a don Luís Lallemand Menacho, uno de los responsables de la Base Naval de Canarias en quien el Ayuntamiento quiso reconocer el esfuerzo por facilitar que el agua llegase a Puerto del Rosario.
En tiempos del transporte a bordo de los correillos (que también se usó hasta finales de la década de 1910), llevar el agua a tierra para su distribución, ocupaba a los vecinos Marcos Hormiga Hernández y Benito Morales Núñez, que colocaban las mangueras y despachaban, respectivamente.
En tiempos del Mando Económico la presencia de los batallones expedicionarios en la isla movilizó el avituallamiento lógico del Ejército con buques de la Armada. Una operación de la que, indirectamente, se benefició la población civil de Puerto de Cabras.
En la década de 1950 aquella movilización se siguió haciendo cuando, en verano, ni la Charca ni los “filtros” daban abasto y el agua apenas llegaba a los grifos de La Explanada. Un operativo que se mantuvo durante la década siguiente implicando a varias instituciones: desde la Delegación de Gobierno y la Alcaldía, Antonio Alonso Patallo puso en contacto a la Armada con el Cabildo y con la institución municipal que pasó a presidir Santiago Mederos.
El ayuntamiento pagaba las partidas de agua y, en teoría, se ocupaba de los costes del operativo desplegado por La Armada en lo que se conoció como “operación de aguada a la población de Puerto del Rosario”, incluido el Regimiento.
El dispositivo marítimo movilizó las barcazas K-5 y K-6, sus remolcadores y los buques aljibe A-2, A-4 y A-6 (además de algún que otro buque civil contratado al efecto). Las primeras traían el carbón hasta el muelle de Puerto del Rosario; era el combustible para las calderas de los aljibes, algunos de los cuales funcionaban a vapor.
El dispositivo en tierra movilizó camiones cuando se habilitó la rampa para descargar las barcazas y trabajadores portuarios que se encargaron de estibar el carbón a los buques aljibe. Las cubas civiles y militares (Regimiento Infantería Fuerteventura) acarreaban el agua hasta los respectivos depósitos, en uno de los cuales, El Filtro, se redistribuía entre los carreteros y cubas habilitadas para el reparto a los domicilios.
A raíz de aquellas restricciones el propio ayuntamiento condicionó el otorgamiento de las licencias de obras de nueva edificación, a la construcción de un aljibe con capacidad para el abastecimiento de la gente que ocuparía el edificio.

Carboneo en Puerto del Rosario. [Archivo Digital del diario ABC]
Estos fueron algunos de los trabajadores que, con carácter extraordinario, dicen que se ocuparon en la estiba y desestiba de carbón en el muelle de Puerto del Rosario en la década de 1960, incluidos los portuarios pues hasta las tripulaciones de los buques realizaron estas tareas:


Agustín Sosa Aguiar, Juan Alonso Hernández, Nicolás Alonso Melián, Benito Perdomo Díaz, Ceferino Sosa Aguiar, Silvestre Benítez Melián, Simeón Cabrera de León, José Barrera Pérez, Juan Morales Herrera, Pedro Brito Perera, Pedro Cerdeña Curbelo, Felipe Reyes Reyes, Evaristo Pérez González, Marcelino Armas Brito, Anselmo Fragiel Fuentes, Pedro Barrios González, Antonio Cabrera Melo, Victorino Rodríguez Garcia, Blas Gil Sánchez, Cipriano Gutiérrez Betancort, Francisco Chocho Montesdeoca, Juan Machín Domínguez, Antonio Jorge Jorge, Antonio Reynés González, Andrés Cabrera Melo, Raimundo Hormiga Díaz, Roque Gil Sánchez, Fernando Barrera, José Rodríguez Perdomo, Ciriaco Cabrera Coello, Francisco Cabrera Coello, Victoriano Fuentes, Antonio Perdomo, Francisco Morera Figueroa, Agustín Rodríguez Garcia, Jerónimo González, Francisco Rodríguez, Antonio Medina, Luís Rodríguez, Jesús Soto, Antonio Bombo, Enrique Risarte, Leonardo Díaz, Fernando Capotero, Pedro Sarabia Cabrera, Manuel Fleitas Rodríguez, Juan Perdomo, Antonio Armas, Jerónimo Marrero, Antonio Camacho Morales, Luís Armas Brito, Domingo Jorge Jorge, Manuel Morales Fuentes, Juan Barrera Gordillo, Sebastián Gutiérrez Betancor, Manuel Navarro Morales, Bruno González Barreto, Melquíades Rodríguez Pérez...

jueves, 28 de febrero de 2019

El Puerto de la Cal

Paseando por Puerto del Rosario nos encontramos que, por fin, aquí se rinde homenaje a la vieja industria de Puerto de Cabras: La de la fabricación de cales y yesos.

Se ultiman los trabajos de construcción de un centro de interpretación sobre los hornos y la producción de cal en El Charco.

Y hacemos algo de memoria histórica. Durante la Edad Moderna Fuerteventura exportó cereales; se decía que, junto a Lanzarote, fue el granero de Canarias. Pero también exportó productos derivados de la ganadería, piedra de cal, piedra de yeso, ripio y la cal ya elaborada. Y como hasta finales del siglo XIX no apareció infraestructura portuaria en nuestras costas, se habilitaron embarcaderos por toda la orilla, que sí se vinieron a sumar a los tradicionales de Puerto de La Peña, Tostón, Caleta de Fustes o Puerto de Cabras, entre otros: unos estaban junto a rosas o fincas dedicadas a la producción cerealera, otros, junto a pedreras o tableros ricos en piedra de cal o yeso; éstos últimos con algún horno de tamaño mediano en las cercanías, lo más próximo posible a puertos naturales o embarcaderos.
En el siglo XVII hasta el propio Sargento Mayor de la Isla, Sebastián Trujillo Ruiz, coparticipó en la propiedad de un buque a cuyo bordo se llevó piedra de cal a otras islas. Y así fue durante siglos.

Horno grande de "El Callao de los Pozos", litoral de Puerto del Rosario (Foto aportada por Paco Cerdeña)
En el XIX las circunstancias cambiaron, y después de las crisis de la barrilla y de la cochinilla, el comercio de abastos se mantuvo pero a la mayoría no quedó otra opción que emigrar, cultivar cereales de secano o exportar piedra de cal y yeso. Por eso, a caballo entre los siglos XIX y XX (entre 1890 y 1920, aproximadamente) proliferaron hornos junto a los puertos naturales o embarcaderos de Tostón, La Guirra, Los Molinos, Puerto Lajas, La Hondura y, por supuesto, Puerto de Cabras. Aquella fue la primera fase en la exportación masiva de cal y calizas para el suministro a las pocas obras públicas del momento, fundamentalmente caminos. Una fiebre de producción y exportación que se reavivaría en otra etapa que sucedió a la Guerra Civil de 1936-1939, en todo caso durante el Franquismo, fundamentalmente en la década de 1950 (que duró hasta principios de la de 1970), cuando se forjaron empresas que construyeron hornos que son ya auténticas fábricas, de mayor empaque y más capacidad de producción para exportar; se incluían junto a los hornos rampas y tinglados que se comunicaban con raíles y vagonetas, además, los empresarios invirtieron en carros y camiones.
En aquellos momentos Puerto de Cabras se convirtió en el "Puerto de la Cal". Por su muelle se exportaba más cómodamente con carros y camiones que hicieron decaer el viejo sistema de sacos que, no obstante, se había mantenido en La Guirra y La Hondura durante algunos años, si bien, en estos puntos se utilizaban los embarcadores cercanos en cuyos fondos los submarinistas podrán rastrear la huella caliza una vez corrompida la arpillera.
Puerto de Cabras contó con dos elementos que lo hicieron acreedor de aquel título: tenía el primer muelle (de 1894) y sobre las operaciones de carga y descarga por dicho dique se fijó un gravamen o arbitrio desde mucho antes de su construcción (las arcas municipales se beneficiaron de su recaudación desde 1877), mucho antes de que los nuevos Cabildos lo reclamaran como parte de su Hacienda a partir de 1913. Los Ayuntamientos, especialmente el de Puerto de Cabras, llegaron a convenios y pactos con la nueva institución insular para no desequilibrar los presupuestos municipales.
Con la industria de la cal, Puerto de Cabras y Fuerteventura pasaron de ser exportadoras de materias primas a exportar el material elaborado: la cal viva, sin desaparecer por completo aquella otras exportación de piedras calizas pues aquí seguían operando empresarios de hornos de otras islas que contaban con pequeños barcos de cabotaje, algunos con casco de hierro.
Para algunos vecinos del viejo Puerto de Cabras, recordar los hornos y el trabajo que se desarrolló en torno a ellos, es evocar los tiempos de la esclavitud de los majoreros, como si, en algún tiempo, hubiéramos dejado de servir; ya lo decía en sus décimas el olivense Juan de Vera Chocho: fuimos, somos y seremos esclavos, aunque ahora sirvamos con chaqueta y corbata.
Chascarrillos aparte, el tema es ilusionante. Porque conviene recordar que hubo un tiempo en que Puerto del Rosario se convirtió en el Puerto de la Cal (nadie lo dude más allá de quienes hablaban del "puerto frutero en el Sur" y su tren); era el exportador de la piedra de cal, de la cal, del yeso y de otros derivados. Primero dio trabajo a picapedreros y pequeñas sociedad dedicadas al comercio y a la transformación de calizas.
Los hornos proliferaron por toda la geografía de la ciudad, de tal forma que hoy integran parte de la arqueología industrial de Fuerteventura, aunque a algunos les pese: además de iglesias y de lugares de culto, aquí se trabajó y muy duro, además de en las Obras Públicas, también en la cal.
Nada debe extrañar que las corporaciones locales quieran homenajear y poner en valor este epígrafe de la historia económica del municipio y de la isla. Durante siglos se exportó piedra de cal (ya lo decíamos al principio), aquí se sacaba como materia prima, aquí se hacía el trabajo duro, mientras que los hornos se hacían en Gran Canaria, Tenerife o La Palma. Puede que entonces sí se trabajara como burros, pues la gente humilde veía en la arrancada de piedra una forma de complementar su economía familiar. Los obreros arrancaban y amontonaban la piedra y, quienes disponían de carros, camellos y contactos con las navieras e industriales de otras islas, hacían su particular agosto. Entonces el intercambio sí que era abusivamente desigual.
Pero lo que tampoco se puede obviar es que aquí surgieran algunos industriales que también fabricaron la cal y la exportaron ya elaborada, ocupando a la gente en el proceso; algunos con sus propios barcos, a finales del siglo XIX y primeras décadas del pasado siglo XX. Entonces, aquellos obreros que se deslomaban arrancando la piedra por los tableros de la isla y del municipio, también se dedicaron a recoger aulagas y matorrales para la combustión de los hornos porque, además, era un nuevo ingresos para su modesta economía familiar.
Aquellos industriales que pusieron en marcha multitud de hornos en el tránsito de los siglos XIX y XX en tierras majoreras, eran en gran parte de otras islas pero entre ellos se contaban algunos empresarios de aquí que reconvirtieron o combinaron su actividad comercial para competir con las exportaciones agrarias del sur de Fuerteventura.
A día de hoy, sólo los hornos de La Guirra, en el término municipal de Antigua, han merecido figura de protección dispensada por la Ley de Patrimonio Histórico de Canarias, y suponemos que el Cabildo incoó su expediente en momentos inmediatos a la construcción del Centro Comercial Atlántico, pasando, una vez concluido éste, a integrar parte del paseo marítimo de la zona.
Le pasó a estos hornos de La Guirra lo que al Castillo de Caleta de Fustes cercano, que quedó integrado en un complejo turístico y cerrado o vedado. Así que rompamos una lanza a favor de elementos patrimoniales de un indudable valor histórico y etnográfico, ¡ya era triste que la isla de la piedra de cal y del yeso no contara con un museo o centro de interpretación sobre esta actividad y cuanta actividad se desarrolló en torno a ella!

lunes, 31 de diciembre de 2018

Trancado: por las grietas seguirán saliendo los recuerdos que queramos compartir (Foto aportación Paco Cerdeña).