El callejero histórico de Puerto del Rosario. Una propuesta de rescate y rotulación de calles, callejones, servidumbres y demás viales como vestigios del viejo Puerto de Cabras.
En una ciudad que surgió sobre terrenos comunales que se fueron repartiendo en las postrimerías del siglo XVIII, los sobrantes de los viales y de la urbanización se entremezclaban con las apropiaciones de servidumbres que se fueron desvaneciendo con la presión demográfica y la evolución en la transferencia de propiedades.
Las rosas, los caños, las coladeras, las gavias, los caminos y las veredas, los corrales y gambuesas, simplemente fueron desapareciendo. Al dejar de utilizarse con el abandono del mundo agrario, sus nombres se perdieron en las neblinas del día a día de nuestros antepasados, aunque en los registros y amillaramientos siguieron apareciendo como colindancias de objetos tributarios en transformación.
Pero también en las orillas, junto a las riberas del mar, otros nombres cayeron en el olvido por similares procesos que los descritos para el mundo rural. También se olvidaron los elementos que se enredaban con el pasado marinero de nuestra ciudad. Otro puñado de topónimos que se nos fueron para siempre.
¿De qué elementos nos servimos para recrear lo que apuntamos? ¿En qué documentos apoyamos nuestro sentimiento de pérdida patrimonial?
Siempre hemos echado mano de los acuerdos municipales, en los que trabajamos desde hace más de cuarenta años; pero también en los recuentos poblacionales, en los padrones de cédulas personales y en los censos para el cobro de las distintas contribuciones en el viejo Puerto de Cabras. La vigente Ley de Patrimonio Cultural de Canarias nos da la razón: la toponimia rural y urbana también forman parte de nuestro acervo.
En Puerto del Rosario los primeros esfuerzos municipales por fijar su callejero los encontramos en la década de 1880, en cuyos años y por consolidación de usos, se fijó la trama urbana que aún pervive con algunas de las pérdidas insinuadas más arriba.
Así es que les convido a viajar a comienzos del siglo XIX en que los recuentos poblacionales y los negocios escriturados en las notarías de Fuerteventura, nos arrojan algunos topónimos del viejo Puerto de Cabras; esta vez nos centraremos en servidumbres, caminos y viales desaparecidos para acercarnos a sobrantes y recovecos del planeamiento que han llegado casi a dejar viviendas sin accesos, como en el entorno de “Playa de don Gregorio” y “callejón de La Indiana”.
Para empezar diremos que el Puerto de aquellos tiempos estaba dividido en dos barrios separados por el barranco de Puerto de Cabras, conocido más tarde como Del Pilón; en cada barrio un puñado de calles deslindaba un urbanismo que se enredaba con los caminos principales de Casillas del Ángel, de Tetir, de La Oliva, tronchados en una aparente anarquía de viales que, según la tradición, logró ordenar Diego Miller, uno de los principales y mayores propietarios del entorno.
En la década de 1830 el barrio sur del viejo Puerto de Cabras contaba con 77 casas y 18 viales, pero allí se perdieron para siempre la “Calle de San Pedro” y los callejones “del Tío Tereso” y “del Tío Peña” que trepaban por los riscos de “la Ciudadela”, al sur de la desaparecida Plaza de España y de la actual “calle Juanito El Cojo”. Porque en ese entorno se perdieron los topónimos que utilizaron más las gentes del mar, y allí se desvanecieron los nombres de “Callejuela del Tío Peña”, “la Playa de los Mastrantos”, el “Callejón de la Playa, la “Rosa Miller”, la “Rosa Martos” o el “Callejón de San Lázaro”. Algunos de estos topónimos dieron paso a otra denominación, a la que nos dedicaremos en otra ocasión.
Por aquellos años, en el barrio norte de nuestro viejo Puerto de Cabras, se contaban 56 casas y 9 viales, de los que desaparecieron estos nombres: “Calle del Billar”, “Calle del Barranco”, “Calzada del Barranco” y el “Callejón de La Indiana”, entre otros que, simplemente, cambiaron su denominación.
No cuesta nada hoy en día recoger parte de este legado que nos habla de nuestro pasado. Los rótulos viarios se pudieran diseñar con un color y letrero que aluda, por un lado a que forman parte del núcleo histórico del viejo Puerto de Cabras (revitalizando así el viejo nombre de la ciudad y municipio), y por otro, a que con la entrada de nombres antiguos junto a los actuales, se marca una de forma de rescatar lo que aún pervive en registros de hipotecas y de propiedad. Un buen punto de partida que ya pusimos de relieve en nuestro trabajo sobre el “Recuento General de 1835” (Cerdeña Armas: 2006).
Pero hasta que el ayuntamiento decidió aprobar su “primer callejero oficial” en 1887, los viales fueron evolucionando en la forma descrita, manteniéndose criterios de relevancia de las casas alineadas a tal o cual calle; caso de la “Calle Baños” que, aludiendo al palmero y recaudador don José de Baños, sepultó uno de los callejones “de la Playa”, tan empinado como arriesgada fue la construcción del edificio y que, como el de la Playa de don Gregorio, se hacía con permiso de las olas del mar que llegaba a sus pies a mediados de la década de 1830.
Entre 1835 y 1887 hubo otros muchos topónimos que dieron lugar a otros nombres o se olvidaron, también en la documentación administrativa, considerándose, si acaso, en las descripciones de fincas compradas o vendidas en ese periodo.
Porque entre 1835 y 1887 el ayuntamiento de Puerto de Cabras utilizó viales y servidumbres emanadas del espontáneo nacimiento de la localidad a finales del siglo XVIII.
Hasta la creación del municipio, como vimos más arriba, el crecimiento urbano fue un tanto anárquico, algo propio de las ciudades comerciales que surgieron al amparo de monocultivos; en nuestro caso fue la barrilla, que desarrolló su ciclo desde aproximadamente 1795 hasta principios de la década de 1840. Así es que el municipio empezó su andadura inmerso en una crisis.
En medio de la estampida migratoria, el aluvión que dio vida a nuestra demografía se desinfló. Las casas, los cuartos y los almacenes vacíos se asomaban a unas calles empedradas pero desérticas y mal identificadas. La primera andanada de activos comerciantes tuvo que reinventarse; las aristocracias rurales de Casillas y de Tetir que habían proporcionado solares para la construcción de la Villa y Puerto, y que habían ostentado la representación de casas comerciales de otras islas, volvieron a sus fincas y cortijos del interior. Los recuentos poblacionales a duras penas rebasaban el medio millar de habitantes, y los censos fiscales no superaron el centenar de contribuyentes.
La actividad económica volvió a la exportación de cereales, orchilla, cochinilla, ganado y, tímidamente, piedra de cal. Pero la logística y el transporte fue lo que atrajo a la nueva generación de burgueses que desde la década de 1860 centró sus aspiraciones en la lucha por el muelle y en evitar la pérdida de la independencia político administrativa. En este empeño tuvieron como aliados a los funcionarios provinciales, militares y delegados de la administración del Estado. El reflejo sobre el terreno fue la transformación de un frente marítimo que empezó a ver desaparecer algunos de los viales, callejones y playas que, simplemente, desaparecieron bajo la trama urbana.
Así es que la vida del municipio se mantuvo. Seguía construyéndose la ciudad y los viales comenzaron a rotularse por aquello de que los objetos tributarios tenían que estar perfectamente identificados y porque la población debía también contar con claros signos de habitación o domicilio. La micro ciudad pervivió con nuevo hálito económico.
Llegada la década de 1880 en medio de un conflicto jurisdiccional con Tetir, nos encontramos con una ley de puertos propicia para lograr un muelle, con una demarcación territorial que suponía la ampliación del término en más del 50%, con el primer mapa de la localidad relativamente detallado, y con un callejero que nos permitirá definir el perímetro del casco histórico de Puerto de Cabras con precisión. Como decíamos, la rotulación insinuada más arriba nos daría una estampa más que aceptable para el disfrute con nuestra historia.
| Detalle del mapa de 1885 reproducido en el programa de fiestas del Rosario 1989 y anotado por Francisco J. Cerdeña y María del Carmen Cabrera. |
Todo ello nos va a permitir con certeza el señalamiento de lo que considero núcleo histórico; ya lo señalé en la publicación del mapa de 1883-85 que reproducimos en el folleto programa de las fiestas patronales de 1989, casi un siglo después de que el agrimensor Tomás de la Vega lo dibujara por encargo del ayuntamiento. Ahora toca superponer el dibujo a la cartografía actual y resaltar su perímetro con un baño de color. Porque, además, contamos con la relación y descripción de sus calles y barrios norte y sur de entonces.
Aunque no estemos viendo los inmuebles (algo solucionable con fotos y vinilos a colocar sobre el terreno), estaremos contemplando la toponimia histórica de la ciudad, con lo que supone de valor histórico y patrimonial.
Incluir rótulos que se nutran con información toponímica de las calles y con sus dimensiones de 1885, coadyuva también a la descripción gráfica de un centro histórico susceptible de ser recorrido y , como decíamos, disfrutado con rutas y paseos por la historia local.
© Francisco Javier Cerdeña Armas. Interpretación del centro histórico de Puerto de Cabras.

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