jueves, 2 de abril de 2020

La gripe en Puerto de Cabras, 1918-1919

Puerto de Cabras y la epidemia de gripe 1918-1919 

Aquel año el Puerto se despertaba como todos los inviernos de tarosada: frío y mojado, arropado por el humo que echaban unas pocas chimeneas en las casas privilegiadas. El capricho de la naturaleza mezclaba aquellas deshilachadas nubes y las esparcía sobre la bahía, donde los pescadores, un día más, no podrían salir a faenar. 
Por la calle de León y Castillo subía la maresía y la espuma que las olas levantaban en su discusión con el muelle, con los veriles de la Playa Barquillos, de la de Juana Jorge, o de Las Cuevas y El Lastre, de las que, además, salía el estruendo de los golpes del mar. Por las calles aledañas del Telégrafo, de La Calzada del Barranco, del Puente, o de La Marina, se olía a marisco. 
La gente se arremolinaba aquí y allá, en las esquinas o en las puertas de alguna tasca mirando al mar, como siempre se hizo aquí, impasibles, inquietos los comerciantes por la incertidumbre de su negocio, conviviendo resignadamente con él los pescadores y marineros. 
Y en ese aislamiento ocasional que se producía con el tiempo del sureste, una visita inesperada: los marineros del vapor Atlas, un mercante holandés que había sito torpedeado frente al Jablito (La Oliva). Mal presagio. Los estertores de la Gran Guerra traían algo nuevo a lo que no estaban acostumbrados los majoreros. Algo contra lo que “se luchó” desde la medicina tradicional y la medicina oficial. 
La epidemia de gripe les llegó, siendo especialmente acuciante en los últimos meses de 1918. Después les resultó, digamos, un poco más benigna. 
Pero se desató el pánico. Había gente con miedo, estornudos, dolor de oídos, moqueo y fiebre, mucha fiebre. Los que podían se abrigaban y embozaban con sus mejores prendas. Las chimeneas que tuvieron esa suerte, calentaron muchos hogares que, en poco tiempo acabaron con las existencias de carbón. 
Como una extraña coincidencia, después del agasajo dispensado a los náufragos holandeses del Atlas durante una quincena de días en las fondas y hostal de Puerto de Cabras, a principios de febrero se declaraba la primera víctima de la gripe. Y también por esas extrañas casualidades que se confabulan en tiempos difíciles, el propio médico de la beneficencia municipal, Santiago Cúllen e Ibáñez, resultaba aquejado de aquel mal y el ayuntamiento le daba una licencia de dos meses. 
La Junta Municipal de Sanidad e Higiene Pública pareció disculpar el abandono de su galeno en los primeros momentos de lo que hoy sabemos resultaría una pandemia. Los síntomas, la falta de hospital y de medicamentos hicieron el resto. Tuvieron que ponerse a trabajar duro. 
Fue entonces cuando se acudió a la autoridad militar para que les echara un cabo con el capitán médico de la guarnición cuando, en realidad éste ya arrimaba el hombro de forma desinteresada visitando a todos los afectados aún estando aquejado él mismo. Ya tenemos un primer héroe, don José Mendívil, capitán médico del Batallón Cazadores de Fuerteventura número 22; la talla humana de nuestro alcalde de entonces, don Secundino Alonso, tomaba buena nota. 
Lo que se hizo a finales del verano de 1918 fue habilitar un hospital o enfermería cívico-militar, al frente de la cual –por decir algo- se puso el señor Mendívil. 
Con la que se les venía encima, sin medicinas ni hospital (la casa de socorro de Cruz Roja ya había cerrado o no tenemos noticia de ella a partir de 1913), le tocó a un alcalde que conocemos relativamente bien, don Secundino Alonso, apostar por el adecentamiento del pueblo, no tanto por la estética como por la salubridad e higiene públicas. Y como el agua empezaba a escasear, acometió la limpieza de aljibes, especialmente en los cuarteles. Se esmeró en controlar los vertidos de basura y aguas fecales, en dejar las calles expeditas, advirtiendo a los dueños de las casas e industrias de la cal que las vías no eran ni cloacas ni depósitos de piedra de cal; que por algún lado tendrían que circular los automóviles que ya iban siendo pelotón. 
La esperanza de muchos majoreros humildes estaba en aquellas especiales circunstancias en El Jurado. Al poniente de Betancuria, muy cerca del Puerto de la Peña Horadada o El Escorial, la casa del “Cordero” estaba cerrada. El viejo iba y venía por los senderos y caminos de la isla con su borrico; no daba abasto en su peregrinar sanitario y asistencial. Fue entonces cuando don Agustín Afonso Ferrer puso en práctica la ya legendaria maña de aplicar sábanas mojadas a los muchos aquejados de las fiebres y de la gripe. 
En el último cuatrimestre de 1918 se alcanzó aquí lo que hoy conocemos como pico de la “mortífera y contagiosa epidemia”. La Junta Local de Sanidad se puso en marcha y ante el exhausto botiquín de Agustín Medina, lanzó un SOS al Gobierno Civil de Las Palmas y, con el asesoramiento de don José Mendívil, pedía desinfectantes, formol, ácido fénico, zotal, aspirinas, quinina, inyectables, aceite alcanforado, cafeína, esparteína, suero fisiológico... se preveían casos complicados. 
En la prensa regional se leía: 
“En Fuerteventura se ha empezado a desarrollar la epidemia gripal con gran virulencia. En aquella isla, lo mismo que en otras, no hay aparatos de desinfección, y los vapores-correos no pueden, por consiguiente, ser sometidos (al contagio) en aquellos puertos con rudimentaria práctica sanitaria” “Noticias oficiales de Puerto de Cabras dicen que en Fuerteventura se ha propagado considerablemente la epidemia gripal, hallándose atacadas de ella más de 20 personas [a la sazón, en el Puerto apenas se pasaba de los quinientos habitantes], de las cuales 2 se encuentran en grave estado por haberse complicado la gripe con pulmonía.” 
En noviembre nuestro alcalde comenzó a darle forma administrativa al reconocimiento de la labor altruista del capitán médico y pedía formalmente, para que constara en su expediente, al Teniente Coronel del Batallón Cazadores de Fuerteventura número 22, que autorizara al dicho galeno la prestación del servicio cívico-militar que venía ejerciendo, de hecho, con una gran talla humana y desinteresada. 
La Junta Municipal de Sanidad continuó duramente con sus trabajos en todo el año 1919. Se comprometió a la traída de agua en barcos y al acarreto desde Tesjuates, en el vecino municipio de Casillas del Ángel, y desde los pozos de Tuineje, para lo cual pidió auxilio a los militares. 
Pero bienvenido el mal cuando viene solo: el 22 de febrero, un conflicto de orden público enfrentó al pueblo con los comerciantes exportadores en el Muelle Chico; los dos agentes (de los cuatro que había en la isla) de la Guardia Civil optaron por impedir el embarque de cereales de los pueblos del interior. La alcaldía comunicó el asunto al Gobierno Civil y, siguiendo sus instrucciones, constituyó la Junta Local de Subsistencias al amparo de la Real Orden de Abastecimientos de 20 de febrero de 1919. 
Las escuelas de Puerto de Cabras estuvieron cerradas durante quince días, y la Junta de Sanidad prohibió todo tipo de bailes y espectáculos públicos durante el mes de febrero, ordenando la clausura de las sociedades “Centro de Artesanos” y “El Porvenir”, casinos de los pobres y de los ricos, que, por cierto, estaban a ambos lados de la calle del Rosario, con frontis a la de Fernández Castañeyra. 
Las circunstancias de enfermedad gripal duraron todavía algunos meses en los que el médico interino don César Yagüe, asumió la inspección sanitaria local, cargo en el que se mantuvo hasta el verano de 1921. 

Lo que quedó en la memoria colectiva de aquellos hechos. 
Las secuelas de epidemia quedan para ulteriores estudios y artículos que ahonden en los libros de defunciones de la parroquia y, si alguna vez aparecen, en los papeles que generó la asistencia de Cruz Roja en la Casa de Socorro que, al parecer, en los años de la gripe ya estaba cerrada. 
Pero hubo actitudes que no deben pasar desapercibidas: La del Ayuntamiento, cuyo alcalde sustanció un homenaje a los sanitarios que altruistamente ayudaron en la lucha contra la epidemia. De bien nacidos es ser agradecidos. Eso don Secundino Alonso lo puso en práctica y lo demostró hasta su muerte, tres años después. 

Y tres o cuatro años después, un gesto, el de doña Josefa Castañeyra Carballo, haciendo donación gratuita al Cabildo de Fuerteventura de un solar para la construcción de un hospital en Puerto de Cabras (el segundo que se haría en la isla, después de la fracasada iniciativa del hospitalito de Ampuyenta). 
El reconocimiento se hizo en la sesión corporativa del ayuntamiento, de 19 de enero de 1919, pidiendo al Gobernador Civil que abriese expediente para que don José Mendívil ingresase en la Orden Civil de Beneficencia y que sirvió para alimentar su hoja de servicios. 
El gesto se materializó en 1922, con la donación de 3.600 metros cuadrados de terreno en la calle Fernández Castañeyra, junto a la Hoya del Inglés, cerca de la Playa de Los Pozos. 
Y la ingratitud. Protagonizada por el Delegado Gubernativo, Santiago Cúllen e Ibáñez, en perjuicio del Médico de Los Corderos, a quien abrió expediente por práctica ilegal de la medicina. 

Para saber más: 
- Jable, Archivo de Prensa Digital de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. 
- Archivo Municipal de Puerto del Rosario. 
- Jesús Giráldez Macías: Don Agustín Afonso Ferrer: El médico de los corderos. 2014.
- Fundación Canaria del Colegio Oficial de Médicos de Las Palmas: Historia de la Medicina en Fuerteventura. 
- Francisco J. Cerdeña Armas. Cuaderno de Puerto de Cabras I. Apuntes y curiosidades de historia local majorera. 2017.

domingo, 8 de marzo de 2020

Más sobre el hambre en la década de 1930 y 1940

Aclaración a nuestro artículo "Acerca del hambre que se pasó en Fuerteventura en 1936-1938. ¿De qué hambre hablamos?"

Me abrió los ojos alguien que aprecio y que fue compañero durante años, mientras estuvo activo en la misma empresa que yo: ¿Tú sabes por qué los jóvenes de hoy no han visto la "Luz de Mafasca"? -me dijo junto a otras expresiones que destilaban cierta acritud... Luego lo supe: había leído un artículo de este blog publicado en la revista "Mi Pueblo. Fuerteventura" (nº 96, enero febrero 2020), donde parece no haberle quedado claro mi comentario sobre el hambre de los años treinta y cuarenta; "los chicos de hoy comen tres veces al día", esa era la razón en que apoyaba su anotación el viejo compañero. "Hoy no se pasa hambre..."-suavizó.
Me quedé reflexionando... Naturalmente que no. Pero el artículo al que me refiero merece una aclaración que no salió publicada (como en este propio cuaderno) y me apresuro a glosar.
¿Que había hambre en los años treinta y aún en los cuarenta del pasado siglo en Fuerteventura? Naturalmente que sí, pero ¿qué causas postraron a nuestra gente a retorcerse de ganas de comer -por decir algo? ¿Qué motivó el que aquellos años entraran en la memoria colectiva como los años del hambre y de las cartillas de racionamiento, si muchos majoreros nunca dejaron de tener fatigas por la inanición?
Mi artículo apuntaba al halo que se ha dado en poner a aquellas décadas, constantemente evocadas entre el romanticismo y la necesidad de silenciarlas por quienes intentan polemizar desde una postura actualmente mucho más cómoda; por quienes desean, por ejemplo, enterrar la industria de la cal y los hornos reputándolos como las pervivencias de la esclavitud majorera; por quienes se niegan a ver que aquellos fueron años de recolocación de viejas estructuras para pervivir un poco más los más acomodados y sobrevivir, si podían, los otros. Ante los que de aquella forma opinan reorientamos nuestro foco para intentar que no se nos haga olvidar de dónde venimos, no sea que vayamos a caer en lo mismo.
Porque el majorero siempre emigró y pasó hambre víctima de unas estructuras y formas de tenencia de la tierra que lo hacían especialmente vulnerable cuando no llovía, porque aquí se practicaba una agricultura de secano y extensiva en las tierras de los grandes propietarios. Porque en tales momentos de postración, no le quedaba otra que empeñar sus parcos bienes para convertirse en medianero de sus propias tierras, cedidas sin pacto de retro alguno para sobrevivir o para emigrar; porque en aquellos momentos no podían mantener el ganado ni las yuntas que le permitían complementar su economía familiar empleándolas en la terratenencia. Así fue durante siglos.
El cómo aferrar a nuestros antepasados a la tierra para que no se murieran de hambre y para no perder mano de obra fue la inquietud de las aristocracias rurales y de la microburguesía que comenzó a atisbarse en Puerto de Cabras y, en menor medida, en las cabeceras de los otros municipios de la isla en el tránsito del siglo XIX al XX. Tenían que crear obra pública aquí y eso era muy difícil cuando se construían los puertos de Gran Canaria y Tenerife; y hacia allá se fueron nuestros braceros, nuestros camelleros con sus bestias y yuntas... Y, como ellos, me estoy yendo, disculpen. Vuelvo al periodo del que hablamos.
La coyuntura que no hay que perder de vista es la que se produce en la década de 1930, tras el crack del año anterior en la economía mundial. Unos años en que nos abandonó la monarquía para experimentar con la república y, sobre todo, en medio de los conflictos sociales y las revoluciones que alentaron a la sublevación militar del 36, y una dura guerra civil.
De aquellos polvos, los lodos que cayeron como una baldosa, especialmente en la década de 1940. El Estado asumió la política de abastos privando a los ayuntamientos de una gestión que por legislación les venía asignada desde mucho antes: toda la actividad municipal se reorientó para colaborar en las levas para el ejército primero, y para avituallarlo después, especialmente a las unidades que aquí se destacaron acabada la guerra de nuestros padres y abuelos. Del "Plato único" de la guerra se pasó al hambre de posguerra; de las requisas al racionamiento.
Porque, además, en los años cuarenta Fuerteventura se fortificó y se militarizó, al menos desde 1940 hasta 1946. La economía de Canarias abandonó su normal régimen de desenvolvimiento para ser dirigida a través del Mando Económico desde Capitanía General. De aquí no salía ni entraba nada sin permiso de la Comandancia Militar de la isla; hasta para llevar un docena de huevos a un familiar enfermo en hospitales de Gran Canaria había que pedirles permiso. No digamos de comer o beber, porque la mayoría de los artículos estaban racionados porque había que garantizar el abastecimiento y el agua a la población, cosa muy difícil en islas, cuando el mundo se enfrascaba en su Segunda Gran Guerra.
Y en aquella coyuntura de algo más de una quincena de años, muchos majoreros, como siempre, soportaron el hambre y las restricciones, transaron con lo que pudieron para tener con qué alimentar a sus familias y, precisamente en ese crisol, al abrigo de los trabajos necesarios para "la defensa y la fortificación" y el abastecimiento, también se forjaron nuevas clases acomodadas y se reciclaron las viejas estructuras sociales con vocación de permanencia.
A ese hambre y sus circunstancias me refería, insinuando causas y consecuencias de lo que aconteció en algo más de una década.

lunes, 28 de octubre de 2019

En el Día de Difuntos, reflexión y recuerdo

La caminata mañanera me trajo al antiguo camposanto de la ciudad. Es un recinto pequeño donde crecen araucarias a modo de bosque de los ausentes y la vegetación va ocultando los recuerdos como el viejo nombre de la localidad: Puerto de Cabras. Cenizas y siglos de historia sobre las que se construye el nuevo Puerto del Rosario.
El inmueble está casi oculto junto a la rotonda del Reloj de Sol del Bicentenario, “la rotonda del cementerio viejo”; allí se adivina la muralla y sus puertas tras los cipreses y los cactus que ya han crecido hasta el remate de aquellas paredes donde apenas unos elementos decorativos a base de copones y puntas de diamantes flanquean cornisas y frontón, como si advirtieran de la solemnidad del inmueble.
No hay perspectiva para leer la fachada, pero recorriéndola vemos los tres cuerpos en que se divide el conjunto: cementerio privado, camposanto público y casa mortuoria. 
La Cantería es roja en el primero, donde la decoración es de copones negros y su puerta es de rejas, convidando al paseante a asomarse al abandono. Una cartela exterior, de mármol blanco, recuerda de quién es esta parte del conjunto; en azulejos, y al otro lado de aquel rótulo, mirando a sus muertos, cuatro azulejos con letra negra recuerdan el año en que se terminó su construcción: 1890.

Detalle del recinto privado anexo al antiguo cementerio de Puerto de Cabras. Foto aportación Paco Cerdeña.

La piedra noble es de arenisca blanca en la parte central que se corresponde con el cementerio público, de titularidad municipal; allí una puerta de enorme altura se cierra en arco rebajado, bajo el eje central de la fachada que remata en frontón triangular en cuyo tímpano una cartela de madera pregona que se terminó en el año 1871, varios elementos en forma de pirámide y punta de diamante rematan las paredes de esta zona y flanquean aquel frontón y el friso que se levanta sobre la puerta de acceso a la casa mortuoria. La puerta de esta última parte también es de reja a través de la cual, hasta no hace mucho, se veía la mesa de autopsias.
Acudimos a los recuerdos y también a la documentación histórica para comprender qué nos está diciendo el frontispicio de este conjunto urbanístico aparentemente equilibrado: mirándolo de frente, ya hemos dicho que la primera parte, a la izquierda, es un cementerio privado, circunstancia que nos habla de una diferenciación social importante. Pero más nos sorprende el ardid arquitectónico empleado para equilibrar la estética del edificio: al lado derecho del cementerio público la sala mortuoria comunica con éste y da también acceso a la zona destinada a la inhumación de los no católicos, que quedó prácticamente en desuso.
De esta manera se han distinguido del público un camposanto privado y un cementerio que bien pudiéramos llamar de los ingleses, o por lo menos de las naturales de las islas británicas, pues de allí procedían quienes donaron y vendieron el suelo para esta zona de servicios funerarios del viejo Puerto de Cabras.
Subamos ahora nuestra imaginación a bordo de un improvisado dróm, a vista de pájaro, para ver cómo las tres partes de la fachada tienen su correlato interior hasta unos veinte metros de fondo; a partir de aquí dos o tres gradas dan acceso a una más reciente área de enterramientos en cuyo centro, frente a la puerta principal, una capilla de cantería noble labrada con elementos propios del mundo funerario está rotulada como Capilla de Los Pérez, 1919 (dos formas de destacar: uno entre todos, uno excluyente y exclusivo, la Sociología y el sentido común explican perfectamente lo que insinuamos); es en esta zona donde se hicieron los primeros nichos.
Desde la altura podemos ver también la zona destinada a panteón de los militares, enmarcado entre cadenas, a la izquierda de la capilla central.
Miremos ahora la zona más antigua, entre las gradas y la fachada, bajemos a ras de suelo, caminemos por el sendero central: ¡casi la mitad de las tumbas, a la derecha, son sepulturas infantiles! Otro rasgo a tener en cuenta.
Ahora el paseante, sorteando las araucarias foráneas que arraigan entre los huesos de quienes nos precedieron, puede recorrer y curiosear las lápidas que pregonan nombres, que reproducen el esquema social de Puerto de Cabras hasta la década de 1920. Aquí la dimensión de la memoria histórica se propaga hasta los orígenes de la localidad, aunque para ello tengamos que darnos un salto a Tetir para encontrar los primeros registros de quienes fallecieron en el germen de Puerto del Rosario, antes de 1871.
Me voy con un mal sabor en el deleite de mi paseo. Allí todo se desmorona, es como si lo único que prosperase fuera la vegetación en un trasunto de lo que aconteció en otras partes del mundo, y me vienen a la memoria las ruinas de Angkor, las ruinas Mayas... Más si allí fue la naturaleza quien recuperó sus fueros, aquí me temo que el abandono obedece a razones más crematísticas. Tristes los pueblos que crecen sobre sus cenizas sin conservar algún hito de su pasado y de su memoria urbana.

Fachada del antiguo cementerio de Puerto de Cabras, vista parcial aportada por Paco Cerdeña.


martes, 24 de septiembre de 2019

Recuerdos de la Virgen que vino de Sidi-Ifni, 1969-2019

De El Matorral y Puerto Lajas a Sidi-Ifni... Para recordar, 1969-2019

Tres localidades unidas por un proyecto: el muelle isla y el funicular de la provincia de Ifni. Pero, fíjense como son las cosas, para llevar al África Occidental Española (AOE) los materiales que aportamos, había que pasar por el Puerto de La Luz y de Las Palmas. Como si el cabotaje no nos hubiera unido directamente, desde antiguo.
Hará de esto que evocamos algo más de sesenta años. Las Playas de El Matorral, al sur de Puerto del Rosario, y de Puerto Lajas, al norte de la capital majorera, no dieron abasto a las extracciones de arena. Hoy se hablaría de expolio y, quizás, de alteración grave del litoral; ahí están las huellas, especialmente al sur de la desembocadura del barranco de La Muley, donde quedaron en el aire los nidos de ametralladora de la década de 1940 y el mar se metió tierra adentro formando esa marisma que hoy vemos junto a la cabecera sur de la pista del aeropuerto majorero.

El muelle-isla de Sidi-Ifni en propaganda de la década de 1960, en pleno funcionamiento. Un diseño del Ingeniero Vicente Caffareña Aceña, construido con materia prima de nuestras islas e inaugurado en 1967.

En Puerto Lajas pasó algo parecido con la arena de la "pestana" o puntilla al sur de su ermita. "Caravanas" de camiones acarrearon las arenas de ésta y de aquella playa hasta el muelle de Puerto del Rosario, donde los buques del cabotaje de siempre (como el Puerto Valencia o Puerto de Aspiroz), esperaban pacientes a colmar sus bodegas para zarpar rumbo a Gran Canaria.
¿Y eso? Sí, sabemos que la materia prima se extraía de aquí, pero, aunque su destino eran las obras del puerto de Sidi Ifni, los bloques se elaboraban en el de La Luz y de Las Palmas. Los enormes cubos flotantes eran remolcados desde allí a la costa de África Española donde, durante casi diez años se trabajó en el Puerto-Isla-Telesférico que sería inaugurado en junio de 1967, apenas dos años antes de la retrocesión del territorio a Marruecos.
Estos son algunos de los recuerdos que quedaron arrinconados en la memoria de los que allí estuvieron, como los majoreros Andrés González o Agustín Vera Moseguez; el primero, ya fallecido, allá perdió sus piernas en lamentable accidente; el segundo nos lo contó cuando le ayudamos en su libro de memorias.
A mediados de 1969, hace ahora cincuenta años, se firmó el acuerdo de retrocesión del territorio de Ifni, a resultas del cual se puso en marcha la "Operación Tabaiba" que movilizó varios transportes de la Armada para sacar de Ifni los enseres de quienes vivían en la entonces provincia española.
Buques de transporte de guerra como el Aragón o el Almirante Lobo, se utilizaron en la repatriación: los restos de los españoles sepultados en el cementerio de Ifni vinieron a parar al de San Lázaro, en Las Palmas de Gran Canaria... Y de la iglesia de la provincia africana se trajeron una réplica de la Virgen del Pino y el paso de Semana Santa El Santo Entierro, entre otros que trascendieron, que llegarían a Fuerteventura, instalándose en Puerto Lajas y en el Sur de la isla, respectivamente.
Así hablaban las crónicas, aquellas que silenciaron una guerra que allá, en Ifni, se libró y en la que participaron soldados de guarnición en Puerto del Rosario, desplazados al territorio africano con tal fin. Una lucha que trajo a la isla casi doscientos presos que se custodiaron en un campamento de Jaimas al NE del acuartelamiento de la capital majorera, algunos de los cuales fueron adscritos al alcaide de la prisión de Tefía y sus funcionarios de prisiones, a cuya jurisdicción se vincularon hasta 1962-63, aproximadamente.
En África quedó la arena y el sudor majoreros, sepultados en el cemento del puerto-isla que diseñara el Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos Vicente Caffareña Aceña y que se construyera en las décadas de 1950-1960... Se inauguró en 1967 y dos años después cayó en desgracia con la retrocesión del territorio; un abandono que ya se podía intuir cuando el periódico África Occidental Española (AOE) echó el cierre en diciembre de 1968.

Réplica de la Virgen del Pino grancanaria procedente de Sidi-Ifni, en Puerto Lajas (Foto aportada por Paco Cerdeña)

Nuestra isla tiene argumentos para recordar: hace cincuenta años que se entronizó la Virgen del Pino en Puerto Lajas. Venía de Sidi-Ifni, donde la mandaron hacer por suscripción popular los canarios residentes en el territonio; de aquí salieron trabajadores para el muelle, de aquí salió la materia prima para el hormigón de aquel puerto, y hasta los soldados de quinta que aquí servían fueron destinados para luchar en la última guerra española en África.

sábado, 24 de agosto de 2019

Tiempo de fiestas: San Bartolomé, en el Valle de Santa Inés

La Ermita de Santa Inés acoge la festividad de San Bartolomé cada 24 de agosto.

No sabemos cuándo se fundó,  pero no es de extrañar que fuese a finales del sigo XV o principios del XVI. Podemos aventurar que quien la promovió fuese Doña Inés Peraza a raíz de la muerte de su esposo el conquistador Don Diego García de Herrera, sepultado en la iglesia conventual de San Buenaventura, en Betancuria.
Lo que sí sabemos, porque así se cuenta en los anales, es que en 1565 ya funcionaba en esta iglesia la Cofradía de San Bartolomé; que casi treinta años después la incendiaron los corsarios de Xaván Arráez y que se sus vecinos la volvieron a poner en pie para el culto cristiano.
Se levantó junto al camino de la Villa, en el Lomo de la Virgen, un lugar rodeado de topónimos que aluden a la antigüedad del poblamiento, cuyo origen se remonta a los primeros momentos de colonización europea, cuando en Betancuria se pergeñaba la primera capital de Canarias.
Aquellos eran momentos en que por aquí se entendían los aborígenes, los franceses, los castellanos, los bereberes, los moriscos, los portugueses. En esa mezcla se forjaron los nombres propios de los lugares de la isla que aún hoy utilizamos para (Según Marcial Morera) "sentir -que los nombres no son ruidos, sino sentimientos- nuestros barrancos, montañas, majadas, degolladas, llanos, asomadas..."
La misma erección de nuestra ermita sirvió para fijar el nombre de la aldea en que nos encontramos: Valle de Santa Inés.
Porque, hasta principios del siglo XVI, los antiguos  documentos se referían a la zona como el Otro Valle, clara alusión a que, junto a la Vega de Río Palmas, éste fue el tercer asentamiento fijo de población.
El entorno de aquel núcleo primigenio se rodea de una toponimia que respalda cuanto apuntamos: Campo Viejo, La Vega Vieja, Barranco Viejo, Barranco de la Alberca... Tenemos lugares que aluden a la variopinta sociedad que se estaba formando en el crisol de la historia local, como una avanzadilla europea en el atlántico: Huerto del Negro o el Majuelo, Morro Velosa o Veloso... Y fincas fallidas, como La Palma Muerta; aldeas que se apagaron, como la Aldea de Gente Muerta, junto al barranco del Valle, en tierras comunales. Y es que, en el Valle, encontramos hasta un rincón para recordar, La Majada de la Memoria.

Fachada de la ermita de Santa Inés, en el Valle de su nombre, donde una leyenda sobre lápida de mármol nos recuerda que allí se elegían por sorteo los dos Regidores Cadañeros del antiguo Cabildo de Fuerteventura (Foto Paco Cerdeña)

Pero también de vida y compromiso. En nuestra ermita se fundó en la primera mitad del siglo XVI la Cofradía de San Bartolomé  (muestra de la pujanza de quienes aquí se fueron asentando), que se ocupó de reforzar el culto manteniendo su fiesta en un lugar inseguro todavía, fuera del abrigo del Macizo de la Villa, donde residían las autoridades de la nueva sociedad majorera y admnistración castellana en ciernes; alejados, por tanto, de la vista de los verederos que subían a la Atalaya, a los morros de las Torrecillas...
Desde aquí, desde El Valle, se siguió ocupando el territorio hacia el noroeste y noreste; por Tabordo, El Cabrito y los Morros del Sol, los ganaderos que echaban sus ganados en la costa del Tablero del Golfete y en la de Las Salinas inmediata; los agricultores roturaron la tierra por los barranquillos aledaños, hacia los del citado Tabordo, Viejo Blanco y el Llano Lemes. Para entonces ya había avanzadilla poblacional al sur de la Montañeta de Tao, cerca de la Fuente Cochinos y de la montaña de la Fortaleza; en El Espinal y la Ampuyenta; en el Esquey y Antigua, donde el Obispo Frías contaba con algunas casitas junto a una ermita a finales del siglo XV.
Todos estos pioneros -ya lo hemos dicho- oraban juntos en la Ermita de Santa Inés por respeto a los Señores y Conquistadores cada 21 de enero; cuando se conmemora la onomástica de la Virgen y Mártir,  una festividad solemne e institucional si recordamos que allí se elegían desde antiguo los Regidores Cadañeros de cabildo, uno para la Comarca de Guise y otro para la Comarca de Ayoze y que están reflejados, como símbolo de unidad, en las esculturas de Emiliano Fernández,  en la Cuesta de la Villa, lugar por donde pasaba el linderó que separaba aquellas comarcas de la Maxorata, que Jandía era un mundo a parte, privativo de los Señores.
Pero el jolgorio popular, de la mano de la Cofradía de San Bartolomé, se ponía de manifiesto, tras la cosecha, cada 24 de agosto. Allí acudían no sólo los lugareños sino los pioneros en la ocupación y colonización por los Llanos que fueron del Otro Valle, de Santa Inés, hasta finales del siglo XVIII en que habiéndose autorizado su ermita pasaron a llamarse Llanos de la Concepción. Todos juntos y en ambas festividades, especialmente en la de agosto, rezaban, procesionaban, tomaban el puchero y cantaban y bailaban. Esta era la fiesta, digamos, más popular.