miércoles, 26 de agosto de 2026

Manuel Velázquez Cabrera en el callejero de Puerto del Rosario

Hace ahora cincuenta y un años que en el salón de sesiones del Ayuntamiento de Puerto del Rosario celebraba la sesión ordinaria del Pleno correspondiente al mes de Agosto. Lo presidía don Ceferino Guillermo Martínez Soto, con asistencia de los concejales Agustín Medina Martín, Fermín Vera Moseguez, Casto Martínez Soto, Eustaquio J. Santana Gil, Jesús Cabrera Vera, Ildefonso Chacón Negrín, y la ausencia de Manuel Martín Martín y Antonio Peña Rodríguez.


Casa Consistorial de Puerto del Ayuntamiento de Puerto del Rosario

Se reunían en medio de la multiplicidad de demandas que imponía el creciente aumento de población, como los transportes urbanos de viajeros en taxi y en guagua; el ayuntamiento se volcaba en las obras públicas pendientes y curso, como la Avenida Marítima en su trama desde el Mercado hasta el Hospital (hoy Centro de Juventud y antes Universidad popular, entre otros usos), la ampliación de colegios y la construcción de nuevos centros escolares, el alumbrado público, el camino de acceso al nuevo cementerio, el saneamiento en las vías de Puerto del Rosario al Aeropuerto, Tuineje y Corralejo... Y eso que aún no se percibía el viento que empezaba a levantarse en el Sahara Español.

Pero aún así tuvieron tiempo de recordar que la ciudad no había reconocido la labor que un ilustre majorero hiciera por la representación de las mal llamadas islas menores a principios del siglo XX, razón por la que secundaron la propuesta de la alcaldía de llevar el nombre de Manuel Velázquez Cabrera a la lista de honores y distinciones del municipio de Puerto del Rosario.

El alcalde  de Puerto del Rosario Ceferino G. Martínez Soto

Entusiasmado con la lectura del Resumen histórico documentado de la autonomía de Canarias, don Guillermo dejó constancia en acta, de las siguientes anotaciones "El día 11 de noviembre de 1863 nació en Tiscamanita quien habría de llamarse Manuel Velázquez Cabrera. Han transcurrido 112 años desde aquella fecha y 59 desde su su fallecimiento, acaecido en Madrid el 19 de diciembre de 1916. Consecuentemente tuvo una existencia de 53 años [y prosiguió el alcalde] La orfandad materna le sorprendió cuanto contaba solamente tres años de edad y, asistido por su hermano Miguel, que con todo cariño cultivó la patria potestad, cursó estudios de enseñanza primaria en las escuelas de Tuineje, Pájara y Antigua. A los doce años, reclamado por su padre, emprende viaje a Montevideo, acompañado de su hermano Sebastián, pero después de un largo viaje, al llegar a tierras de América, en lugar de ser recibido por el autor de su existencia, recibe la noticia del fallecimiento de aquel, acaecido unos días antes. Al año aproximado de su estancia en el Uruguay, regresa de nuevo a esta isla, ingresando poco después en el Seminario Diocesano de Las Palmas. A los cinco años se traslada a La Laguna para cursar el bachillerato y posteriormente a Madrid, para cursar la carrera de Derecho, cuyo titulo obtiene.

A partir de entonces [siguió el alcalde en el uso de la palabra] su vida está plasmada del más acendrado patriotismo por las cosas de nuestra tierra, de nuestra región en general, pues como dice Bernardino Correa Viera en su prólogo al libro antes citado, su nombre debe perpetuarse en calles y plazas para ejemplo de todos los hombres que tienen que seguir luchando por el engrandecimiento del Archipiélago Canario y de España.

La historia de su vida está íntimamente ligada al acontecer de aquellos tiempos en que Canarias constituía una sola provincia con capital en Tenerife. La lucha entre la unidad provincial y la división llevaba implícito la más completa e inicua postergación de resurgimiento de las Islas Menores. Concibió la idea de que el problema canario fuese solucionado dando a cada cual lo suyo, es decir, promulgar una ley y articularla tomando en consideración la realidad inherente a cada isla y sus peculiaridades, existentes en todos los órdenes.

Suya fue la labor desarrollada para llevar adelante el Plebiscito que condujo a poner en conocimiento de las autoridades superiores de la Nación los derechos que se reclamaban para todas y cada una de las islas. Su audacia, su inteligencia y constancia fueron la base primordial a la que consagró su vida, esa vida que dedicó a las islas en general pero muy particularmente a las más desafortunadas. 

Su espíritu tenaz se encuentra íntimamente ligado a la Ley que se promulgó el 11 de julio de 1912, siendo presidente del Consejo de Ministros José Canalejas Méndez. En virtud de la misma, no solo se crearon los Cabildos Insulares, sino que además logró la representación en Las Cortes de un diputado por cada isla, aunque tuviese menos de cincuenta mil habitantes.

Si como sabemos [concluía el alcalde de Puerto del Rosario] es bien cierto que hace 59 años del fallecimiento del gran patriota don Manuel Velázquez Cabrera, también es por cierto muy lamentable que durante tantos años no hayamos sido capaces, a través de nuestra corporación local, el dedicarle un homenaje o al menos un recuerdo que perpetúe la memoria de tan insigne hijo de esta tierra. Por consiguiente yo me permito con los honores que el caso requiere y justifica, solicitar de este Pleno Municipal ponerle el nombre de Manuel Velázquez Cabrera a la Avenida Marítima iniciada hasta su terminación en el Hospital Viejo (hoy centro de juventud)… que igualmente se ponga el nombre de José Canalejas Méndez a una vía importante de esta capital, como testimonio de gratitud por haber promulgado la Ley de referencia siendo presidente del Consejo de Ministros.

Andando el tiempo el rótulo se colgó en la prolongación de la Avenida de Circunvalación, desde Ciudad Jardín hacia El Charco, dejándose la Avenida Marítima en medio de las obras que iban y venían a su ritmo.

En lo referente a la nominación de una calle a José Canalejas Méndez, se adoptó acuerdo en tiempos de la alcaldía de Manuel B. Travieso Darias (1999-2005), ya en pleno siglo XXI, al que se acompañó nominando otros viales con otros nombres vinculados al proceso que tratamos y que trataremos en otra ocasión.

Y de cincuenta en cincuenta años, más o menos, este 25 de agosto se cumplió el medio siglo de aquel reconocimiento a uno de los padres de los cabildos canarios en la ciudad de Puerto del Rosario.

Copyright Francisco J. Cerdeña Armas, Agosto 2026.

jueves, 7 de mayo de 2026

El casco histórico de Puerto de Cabras a través de su antiguo callejero

 El callejero histórico de Puerto del Rosario. Una propuesta de rescate y rotulación de calles, callejones, servidumbres y demás viales como vestigios del viejo Puerto de Cabras.


En una ciudad que surgió sobre terrenos comunales que se fueron repartiendo en las postrimerías del siglo XVIII, los sobrantes de los viales y de la urbanización se entremezclaban con las apropiaciones de servidumbres que se fueron desvaneciendo con la presión demográfica y la evolución  en la transferencia de propiedades.

Las rosas, los caños, las coladeras, las gavias, los caminos y las veredas, los corrales y gambuesas, simplemente fueron desapareciendo. Al dejar de utilizarse con el abandono del mundo agrario, sus nombres se perdieron en las neblinas del día a día de nuestros antepasados, aunque en los registros y amillaramientos siguieron apareciendo como colindancias de objetos tributarios en transformación.

Pero también en las orillas, junto a las riberas del mar, otros nombres cayeron en el olvido por similares procesos que los descritos para el mundo rural. También se olvidaron los elementos que se enredaban con el pasado marinero de nuestra ciudad. Otro puñado de topónimos que se nos fueron para siempre.


¿De qué elementos nos servimos para recrear lo que apuntamos? ¿En qué documentos apoyamos nuestro sentimiento de pérdida patrimonial?

Siempre hemos echado mano de los acuerdos municipales, en los que trabajamos desde hace más de cuarenta años; pero también en los recuentos poblacionales, en los padrones de cédulas personales y en los censos para el cobro de las distintas contribuciones en el viejo Puerto de Cabras. La vigente Ley de Patrimonio Cultural de Canarias nos da la razón: la toponimia rural y urbana también forman parte de nuestro acervo.

En Puerto del Rosario los primeros esfuerzos municipales por fijar su callejero los encontramos en la década de 1880, en cuyos años y por consolidación de usos, se fijó la trama urbana que aún pervive con algunas de las pérdidas insinuadas más arriba.

Así es que les convido a viajar a comienzos del siglo XIX en que los recuentos poblacionales y los negocios escriturados en las notarías de Fuerteventura, nos arrojan algunos topónimos del viejo Puerto de Cabras; esta vez nos centraremos en servidumbres, caminos y viales desaparecidos para acercarnos a sobrantes y recovecos del planeamiento que han llegado casi a dejar viviendas sin accesos, como en el entorno de “Playa de don Gregorio” y “callejón de La Indiana”.

Para empezar diremos que el Puerto de aquellos tiempos estaba dividido en dos barrios separados por el barranco de Puerto de Cabras, conocido más tarde como Del Pilón; en cada barrio un puñado de calles deslindaba un urbanismo que se enredaba con los caminos principales de Casillas del Ángel, de Tetir, de La Oliva, tronchados en una aparente anarquía de viales que, según la tradición, logró ordenar Diego Miller, uno de los principales y mayores propietarios del entorno.

En la década de 1830 el barrio sur del viejo Puerto de Cabras contaba con 77 casas y 18 viales, pero allí se perdieron para siempre la “Calle de San Pedro” y los callejones “del Tío Tereso” y “del Tío Peña” que trepaban por los riscos de “la Ciudadela”, al sur de la desaparecida Plaza de España y de la actual “calle Juanito El Cojo”. Porque en ese entorno se perdieron los topónimos que utilizaron más las gentes del mar, y allí se desvanecieron los nombres de “Callejuela del Tío Peña”, “la Playa de los Mastrantos”, el “Callejón de la Playa, la “Rosa Miller”, la “Rosa Martos” o el “Callejón de San Lázaro”. Algunos de estos topónimos dieron paso a otra denominación, a la que nos dedicaremos en otra ocasión.

Por aquellos años, en el barrio norte de nuestro viejo Puerto de Cabras, se contaban 56 casas y 9 viales, de los que desaparecieron estos nombres: “Calle del Billar”, “Calle del Barranco”, “Calzada del Barranco” y el “Callejón de La Indiana”, entre otros que, simplemente, cambiaron su denominación. 

No cuesta nada hoy en día recoger parte de este legado que nos habla de nuestro pasado. Los rótulos viarios se pudieran diseñar con un color y letrero que aluda, por un lado a que forman parte del núcleo histórico del viejo Puerto de Cabras (revitalizando así el viejo nombre de la ciudad y municipio), y por otro, a que con la entrada de nombres antiguos junto a los actuales, se marca una de forma de rescatar lo que aún pervive en registros de hipotecas y de propiedad. Un buen punto de partida que ya pusimos de relieve en nuestro trabajo sobre el “Recuento General de 1835” (Cerdeña Armas: 2006).

Pero hasta que el ayuntamiento decidió aprobar su “primer callejero oficial” en 1887, los viales fueron evolucionando en la forma descrita, manteniéndose criterios de relevancia de las casas alineadas a tal o cual calle; caso de la “Calle Baños” que, aludiendo al palmero y recaudador don José de Baños, sepultó uno de los callejones “de la Playa”, tan empinado como arriesgada fue la construcción del edificio y que, como el de la Playa de don Gregorio, se hacía con permiso de las olas del mar que llegaba a sus pies a mediados de la década de 1830.

Entre 1835 y 1887 hubo otros muchos topónimos que dieron lugar a otros nombres o se olvidaron, también en la documentación administrativa, considerándose, si acaso, en las descripciones de fincas compradas o vendidas en ese periodo.

Porque entre 1835 y 1887 el ayuntamiento de Puerto de Cabras utilizó viales y servidumbres emanadas del espontáneo nacimiento de la localidad a finales del siglo XVIII.

Hasta la creación del municipio, como vimos más arriba, el crecimiento urbano fue un tanto anárquico, algo propio de las ciudades comerciales que surgieron al amparo de monocultivos; en nuestro caso fue la barrilla, que desarrolló su ciclo desde aproximadamente 1795 hasta principios de la década de 1840. Así es que el municipio empezó su andadura inmerso en una crisis.

En medio de la estampida migratoria, el aluvión que dio vida a nuestra demografía se desinfló. Las casas, los cuartos y los almacenes vacíos se asomaban a unas calles empedradas pero desérticas y mal identificadas. La primera andanada de activos comerciantes tuvo que reinventarse; las aristocracias rurales de Casillas y de Tetir que habían proporcionado solares para la construcción de la Villa y Puerto, y que habían ostentado la representación de casas comerciales de otras islas, volvieron a sus fincas y cortijos del interior. Los recuentos poblacionales a duras penas rebasaban el medio millar de habitantes, y los censos fiscales no superaron el centenar de contribuyentes.

La actividad económica volvió a la exportación de cereales, orchilla, cochinilla, ganado y, tímidamente, piedra de cal. Pero la logística y el transporte fue lo que atrajo a la nueva generación de burgueses que desde la década de 1860 centró sus aspiraciones en la lucha por el muelle y en evitar la pérdida de la independencia político administrativa. En este empeño tuvieron como aliados a los funcionarios provinciales, militares y delegados de la administración del Estado. El reflejo sobre el terreno fue la transformación de un frente marítimo que empezó a ver desaparecer algunos de los viales, callejones y playas que, simplemente, desaparecieron bajo la trama urbana.

Así es que la vida del municipio se mantuvo. Seguía construyéndose la ciudad y los viales comenzaron a rotularse por aquello de que los objetos tributarios tenían que estar perfectamente identificados y porque la población debía también contar con claros signos de habitación o domicilio. La micro ciudad pervivió con nuevo hálito económico.

Llegada la década de 1880 en medio de un conflicto jurisdiccional con Tetir, nos encontramos con una ley de puertos propicia para lograr un muelle, con una demarcación territorial que suponía la ampliación del término en más del 50%, con el primer mapa de la localidad relativamente detallado, y con un callejero que nos permitirá definir el perímetro del casco histórico de Puerto de Cabras con precisión. Como decíamos, la rotulación insinuada más arriba nos daría una estampa más que aceptable para el disfrute con nuestra historia.



Detalle del mapa de 1885 reproducido en el programa de fiestas del Rosario 1989 y anotado por Francisco J. Cerdeña y María del Carmen Cabrera. Reproducción en papel vegetal, Paco Cerdeña.

Todo ello nos va a permitir con certeza el señalamiento de lo que considero núcleo histórico; ya lo señalé en la publicación del mapa de 1883-85 que reproducimos en el folleto programa de las fiestas patronales de 1989, casi un siglo después de que el agrimensor Tomás de la Vega lo dibujara por encargo del ayuntamiento. Ahora toca superponer el dibujo a la cartografía actual y resaltar su perímetro con un baño de color. Porque, además, contamos con la relación y descripción de sus calles y barrios norte y sur de entonces.

Aunque no estemos viendo los inmuebles (algo solucionable con fotos y vinilos a colocar sobre el terreno), estaremos contemplando la toponimia histórica de la ciudad, con lo que supone de valor histórico y patrimonial.

Incluir rótulos que se nutran con información toponímica de las calles y con sus dimensiones de 1885, coadyuva también a la descripción gráfica de un centro histórico susceptible de ser recorrido y , como decíamos, disfrutado con rutas y paseos por la historia local.


Referencias numéricas sobre el plano de Puerto de Cabras, 1885:
1,         El número 1 señala la playa principal, donde desembocaba el Barranco de Puerto de Cabras o del Pilón, era el desembarcadero. Desde allí partía la calle Real o Principal, que se prolongaba en el camino de Tetir. En su “marisco” del norte se construyó el muelle nueve años después, octubre de 1894.
2,      El Charco, al noreste del caserío, contaba en sus inmediaciones con algunos hornos de cal y almacenes que atendían el carenero.
3,        Barranco de Los Pozos, junto a la Roza del mismo nombre, fabricada por Diego Miller y en las fechas del mapa propiedad de don Secundino Alonso quien, junto a los pozos públicos hizo uno en el margen norte de dicho barranco.
4,       Este número marca una casa construida en 1832 que se encontraba en la esquina de las calles Secundino Alonso, Teniente Durán y San Roque. El inmueble era pues anterior al municipio.
5,       La Iglesia de Nuestra Señora del Rosario se inició en este punto hacia 1828. En 1887 el Ayuntamiento de Puerto de Cabras bautizaba su entorno con el nombre de Plaza de Nuestra Señora del Rosario.
6,         Molina de la Roza, hoy inexistente, estuvo aproximadamente junto al cruce de la Calle Cervantes con Molinos de Viento.
7,         Señala la Roza de don Bernabé Felipe, sobre cuyas gavias (unas cincuenta), se levantó el plan parcial Buenavista, que daría nombre al barrio homónimo a finales de la década de 1960.
8,         Molino de viento, hoy inexistente, estuvo aproximadamente donde hoy se encuentra la casa número 70 de calle León y Castillo.
9,        Señala la Molina de Los Trapos que se encontraba aproximadamente donde hoy está la casa número 15 de la Avenida Juan de Bethencourt y cuya maquinaria aún se conserva en la rotonda de la carretera FV01 de Puerto del Rosario a Tetir.
10,       Marca el lugar de la molina de Domingo Ángel Adrián, erigida con autorización municipal de 11 de agosto de 1878 a la salida del pueblo, en el vértice que formaban los caminos de Tetir y del Time. Aún vemos hoy su asiento de obra a la entrada del Barrio de La Charca, que la utiliza como símbolo y nombre de su asociación.
11,       La otra Roza de Miller o del Inglés, junto a la Roza de Martos, al norte del Barranco del Pilón o de Puerto de Cabras.


12,       Señala el viejo Cementerio de la localidad se muestra a  las afueras, al sur del caserío, junto al camino de Casillas del Ángel. Diseñado en 1852, sus obras se terminaron entre 1871 y 1919.

© Francisco Javier Cerdeña Armas. Interpretación del centro histórico de Puerto de Cabras. Artículo publicado en el diario Canarias7, 14 de junio de 2026.-


lunes, 16 de marzo de 2026

Los vapores correo y tráfico marítimo en Puerto de Cabras, década de 1920

Vapores correos y otros buques en la bahía de Puerto de Cabras durante las décadas de 1910 y 1920


Cuando los correíllos fondeaban tan cerca del muelle municipal traían agua para el abasto de la población de la capital de la isla, décadas de 1910 y 1920 [Foto del libro Puerto del Rosario, 100 años en la memoria, 2000]

La década de 1910 pero, sobre todo la de 1920, mostró en nuestro Puerto de Cabras un regular movimiento portuario. El muelle municipal rindió unos ingresos en las arcas municipales que equilibraron los presupuestos locales en momentos de agregaciones y fusiones de los municipios colindantes. Y eso pese a que la exacción del arbitrio sobre aquel dique fue reclamada por el Cabildo Insular como parte de su Hacienda, algo que despertó un litigio que se palió, en parte, mediante la suscripción de convenios entre ambas instituciones.

Por aquellos años estábamos en medio del fulgor de la industria de las calizas y los inicios productivos del tomate y los regadíos del sur de la isla. Las carreteras ya habían llegado hasta Gran Tarajal y hasta El Cotillo pero se seguían habilitando operaciones marítimas en los antiguos puertos naturales de nuestro litoral, cosas de la elusión del pago de impuestos o de facilitar los embarques acercándose a los lugares de producción.

La reputarse el arbitrio de importaciones y exportaciones por nuestro muelle como la principal fuente de ingresos de las arcas municipales, el Ayuntamiento podía asumir los alquileres de cuantas áreas de la administración estatal tenían abierta oficina en Puerto de Cabras: Casa Cuartel de la Guardia Civil, Delegación Gubernativa de SM en la cabeza del Partido Judicial, la Delegación Gubernativa, Ayudantía de Marina, Cárcel del Partido, las propias dependencias cabildicias, etc. Pero cuando aquellos ingresos se cuestionaron el margen de maniobra local cedió en favor de la institución insular, a la que se empezó a reclamar que asumiese aquellos pagos en sintonía con lo que habían hecho los otros cabildos de las islas.

Por nuestro dique se movieron ingentes cargas de piedra y de calizas. El carbón fue un punto de conflicto al gravarse en la entrada con destino a la industria de la cal y volverse a gravar la cal en su exportación hacia las otras islas. Es por eso que el Cabildo Insular comenzó a desplegar áreas recaudatorias que cubrían todas las calas y embarcaderos naturales, pues hacía allí acudían los buques del cabotaje interinsular para intentar eludir lo inevitable.

Los industriales que hasta aquellos momentos operaban con carros y camellos, fueron incorporando vehículos automóviles, camiones y carretelas que animaron el transporte por carreteras y caminos llegaron a bordo de correos interinsulares, península-Canarias-África. Los bidones de bencina, de gasolina y lubricantes llegaban a bordo de veleros; no había estaciones de servicio, cada propietario de automóviles importaba su propio combustible.

La maquinaria, en fin, también empleada en la exploración de aguas subterráneas en el sur y centro de la isla, entraba por nuestro puerto y por el de Gran Tarajal cuando empezó a funcionar. Por entonces nuestra isla empezaba a "motorizarse" a un ritmo más acelerado del que proporcionaban las norias de sangre y los molinos de viento.

 Fondeados en la bahía de Puerto de Cabras comenzaron a verse los vapores correos Península-Canarias y Península-Canarias-África, a cuyo bordo llegaban los automóviles, camiones y carretelas que iban a imprimir aceleración al transporte por carretera frente al cansino paso de carros y camellos.

El pescante del muelle y las barcazas que transitaban el servicio portuario interior, desde los buques fondeados hasta las escalinatas del dique, marcaron el dinamismo de una época con la más que regular estadía de buques, no solo veleros sino vaporcitos fruteros que llegaban de las islas occidentales y fondeaban junto a los correos antes mencionados.

El movimiento de buques puede seguirse en las secciones portuarias de la prensa histórica y en los apuntes contables del ayuntamiento.

Hace cien años, por ejemplo en 1926, lo recaudado por el muelle municipal oscilaba entre 2.000 y 3.500 pesetas mensuales, de las que el Cabildo, fruto de los convenios señalados más arriba, se llevaba unas 581,25 pesetas fijas. El Ayuntamiento empezaba a sentir la presión, pero aún no estaba estrangulado su presupuesto.

A nuestro puerto llegaban en aquella década una media de entre 25 y 40 buques mensuales, de los que la mayoría eran veleros o motoveleros, pues ya se empezaban a motorizar también las embarcaciones con un sistema mixto de vela y motor.

Pero ¿Qué importaban y exportaban aquellos buques? Pues todo tipo de mercaderías, hay que tener en cuenta que entonces, como ahora, Fuerteventura era puente o escala entre Gran Canaria y Lanzarote, pero también desarrollaba un tráfico de cabotaje con el resto de las islas y aún cabotaje interno, entre puerto de nuestra misma isla por aquello de que apenas había dos carreteras. Las estadías de los correíllos iban aparejadas en su singladura con las de determinados pailebot, goletas y balandras que los seguían en su recorrido por las islas orientales.

De Gran Canaria llegaba todo tipo de género y mercadería, incluidas frutas y carbón, además de la maquinaria de bombeo, automóviles y máquinas de coser; de Lanzarote solía llegar vino, papas y batatas, cebollas y melones y sandías; de las islas occidentales frutos como los plátanos y todo tipo de mercancías; de la África pescado; los correos de la Península traían maquinaria y vehículos y llevaban cereales...

Ejemplo de la exportación de calizas llevada por la firma Agustín Pérez e Hijos en su horno de Risco Prieto, y en la década que nos ocupa [Elaboración Francisco J. Cerdeña]

Pero de Fuerteventura se sacaba hacia las otras islas el ganado vivo, estiércol, alfalfa, pescado salpreso o seco y marisco pero, sobre todo piedra de cal y de yeso, junto a cales elaboradas. Y testimonialmente, en la década que nos ocupa, se seguían exportando pequeñas partidas de orchilla, cochinilla y barrilla de la mano de empresarios como Agustín Pérez Rodríguez y del consorcio con sus hijos Agustín Pérez e Hijos.

Pero también mano de obra que, en tiempos de crisis, se trasladaban a los puertos de las islas centrales o emigraban siguiendo una tradición que llevaba a nuestros antepasados al Río de la Plata.

En la nómina de empresarios que animaron las exportaciones de Puerto de Cabras y las importaciones (en el bien entendido que no todos eran Puerto de Cabras, pero usaban el muelle para sus operaciones), además de los mencionados Agustín Pérez e Hijos, estaban Antonio Martín Alonso, Miguel Fernández, Manuel Miseras, Francisco Herrera, Antonio Bordón, Laureano Saavedra Peña, Antonio Dávila, Pedro Martín, Luis Herrera, Antonio Dámaso, Marcial Viñoly,  Antonio Arocha,  Antonio Hormiga, Francisco del Toro, Emeterio Toledo, Pedro Felipe, etc.

Algunos de los exportadores tenían sus propios barcos, especialmente los vinculados a la exportación de calizas. Y la nómina de buques que operaban por nuestro muelle y bahía se puede seguir también en las secciones portuarias de la prensa de la época, especialmente detallistas con las llegadas procedentes de Fuerteventura en los puerto de las islas centrales.

Los vapores que operaron en esta década fueron el correíllo Fuerteventura, el correíllo La Palma, el correíllo León y Castillo, el correo Capitán Segarra, el correíllo Lanzarote, el correíllo Viera y Clavijo y el correo Escolano, entre otros. Los dos correos de mayor porte que los interinsulares nos incluían en la ruta Península-Canarias-África.

Los veleros que hacían estadías en nuestro Puerto de Cabras fueron los pailebot Pájaro, Frasquita, Rosario, La Juanita, el Diana, Estrella, Enriqueta, Carlota García, Fermina Concepción, Adán, Bella Lucía, Bartolo y Evelia, entre otros que ya empezaban a ser mixtos con la aplicación de motores. No son todos los del cabotaje pero sí los que nos frecuentaban.

De menor porte y envergadura solían fondear goletas, balandras y balandros como Rosa, Candelaria, San Miguel, Juanita, San Vicente, Santiago, María de las Nieves, Inés o El Nicolás. Muchos de estos, como los otros veleros, siguieron renqueando por nuestras islas hasta las décadas de 1960-70, atiborrados de estiércol, piedra cal o cal viva.

Copyright: Francisco Javier Cerdeña Armas.

miércoles, 3 de diciembre de 2025

Toponimia que desaparece: Barranco de El Canalizo

 Toponimia urbana de Puerto del Rosario: Barranco de El Canalizo


Los cambios en la fisonomía del entorno de Puerto del Rosario se suceden de una forma trepidante: tendidos eléctricos, placas y molinos, y sobre todo viales, van transformando el suelo y, con la misma velocidad, la toponimia histórica pierde sentido, desaparece.

El topónimo del que hoy nos ocupamos, como tantos otros del entorno del antiguo Puerto de Cabras, ya no podremos entenderlo porque el cauce de este barranco ha desaparecido casi en su totalidad bajo las obras de la autovía norte-sur de Fuerteventura.

Nos encontramos a la altura de la Rosa de don Joaquín Vila y ya estamos hablando de un nombre que debe formar parte del patrimonio cultural de la ciudad. Es conveniente “subirse” a vista de pájaro, por ejemplo con Google Maps o Grafcan, para entender el discurrir de este barranquillo que nos regalaba cascadas en tiempos de lluvia; llevando las aguas hasta el Barranco de Jaifa, del que es tributario.

Los barrancos y barranquillos que en época de inviernos generosos drenan los tableros de El Viso y de Los Alcaravanes, se encontraban en Zurita, entre la Montaña de las Veredas y La Atalaya del Viso o de La Gente para desparramarse sobre el “término o costa de Puerto de Cabras”, se van perdiendo para la geografía y para la cultura inmaterial de los sitios en que se desenvolvió la vida de nuestros antepasados.

El barranco del Canalizo, aparte de leerlo en los protocolos notariales de la isla en el siglo XIX y en memorias de costumbres como la escrita por Ramón Fernández Castañeyra para Juan Bethencourt Alfonso, lo encontramos referenciado por el que fuera alcalde de Puerto de Cabras y presidente del Cabildo de Fuerteventura, Secundino Alonso Alonso, cuando en 1902 pidió licencia para construir en dicho barranco un aljibe, muy cerca del segundo de los puentes de la carretera del Puerto a Tuineje por Casillas del Ángel.

El Canalizo recibía las aguas que le entregaba el Barranco de Lucas Méndez a la altura de la Rosa Vila, formándose una pequeña cascada  que daba gusto verla con el ojo de aquel puente de fondo. Desde aquel punto hasta su encuentro con el de Jaifa, frente al “Topete de Medina”, discurría el barranco que nos ocupa y cuyo topónimo está ya moribundo.

Lo llamaban El Canalizo porque su cauce se estrechaba encajándose en la roca basáltica formando un minúsculo cañón, todo risco; una circunstancia que garantizaba que los charcos del fondo, la mayor parte del día en sombras, aguantaran meses sin evaporarse.


En pleno invierno: La cascada de El Canalizo, junto al primitivo puente y aljibe, cercano a Rosa Vila. Foto de Paco Cerdeña, Cuaderno de Puerto de Cabras.

miércoles, 29 de octubre de 2025

Sobre el Mancomún y tierras comunales de Puerto del Rosario

La Costa de Las Salinas y de Jarugo

Existe una franja de terreno al poniente del término municipal de Puerto del Rosario que se adentra unos 4 kilómetros desde la orilla del mar. Lo llaman "La Costa" y que no es más que parte del territorio de dos de los "términos" de la antigua dehesa de Fuerteventura: el de Las Salinas y el de Jarugo. El suelo y lo que allí se practica forma parte del patrimonio histórico y etnográfico que Puerto de Cabras/Puerto del Rosario heredó del extinto municipio de Casillas del Ángel.

De todo eso habla el libro que acaba de ver la luz bajo el título de "El Mancomún de Puerto del Rosario. Notas sobre un registro de criadores y sus marcas (1930-1960)". Bueno, de todo eso y de los criadores que soltaban allí su ganado de costa, las marcas que empleaban y el registro oficial de las mismas en que se distinguen aquellos por los distintos pueblos del municipio.

Una interesante aportación al conocimiento de la marcas mediante cortes en orejas de los animales, utilizadas por la ganadería tradicional desde tiempos inmemoriales. Y nos acerca la base territorial de aquella práctica ancestral y su deslinde.

Un abundante material gráfico ayuda a la interpretación de las marcas ganaderas con sus golpes y diferencias y las zonas de la fisonomía de las reses en que se practicaban los cortes.

Tagoror, Lemus o Canaima son algunos de los puntos donde los interesados pueden echarle una mirada.



viernes, 16 de agosto de 2024

La Antigua, capital de Fuerteventura: 1834

 De cuando Betancuria perdió la capitalidad en favor de La Antigua


En el Boletín Oficial de Canarias, de 27 de diciembre de 1834, se publica la nueva división de partidos de las islas para que la administración civil se sujetase a ella desde el primero de enero del año siguiente. Y, para el caso de Fuerteventura, precisaba que se crea el Partido Judicial de la Antigua con jurisdicción en todos los pueblos de la isla.

Sin embargo, desde junio de aquel año, el notario público don Ambrosio Pereira dejaba fe marginal en sus cuadernos de protocolos, donde decía que “el 16 de junio de este año, a las siete de la tarde, se recibió la orden de suspensión de capital a la Villa (Betancuria) y declaratoria de cabeza de partido a La Antigua”.



A partir de aquella fecha todos los instrumentos públicos que pasaban por su protocolo se databan en el pueblo de “La Antigua de Fuerteventura, cabeza del partido judicial de la isla”; lo mismo ocurría con las anotaciones realizadas en los cuadernos de oficio del Registro de Hipotecas de la isla, del que también era responsable aquel escribano.

Pero ¿Qué ocurrió desde entonces hasta la publicación de la nueva división administrativa en el Boletín Oficial de Canarias? Hasta 1913 se dieron situaciones de hecho en la nuestra isla pues la cabeza y la cárcel del partido judicial siguieron estando en Lanzarote.

Hay quien, aludiendo a la concentración de poder en determinadas localidades, afirma que, en Fuerteventura, por aquello de ser la residencia del poder militar en La Oliva, éste pueblo llegó a ostentar la capitalidad. Algo que, como se puede intuir, fue meramente circunstancial; así se vería a lo largo del siglo XIX en que surgieron otros órganos de la administración civil.

Desde octubre de 1834, por ejemplo, se aprobaba la creación de un ayuntamiento en Puerto de Cabras, el embarcadero de Tetir, en la costa oriental de Fuerteventura. Así lo recogió la prensa y el boletín oficial de la época.

Cuatro meses después, se constituía la primera corporación el 1 de febrero de 1835. Puerto de Cabras tenía su jurisdicción marítima, su junta de sanidad marítima, la residencia del subdelegado del gobierno de la provincia en la isla, y pronto empezaron a llegar los demás funcionarios responsables de la administración civil que se encargarían de poner en funcionamiento los órganos periféricos de la administración del Estado; además aquí se establecieron algunos responsables de los consulados abiertos en las islas de Canaria y Tenerife, como el británico.

Por tanto podemos decir que en Fuerteventura, Puerto de Cabras asumió, de facto, la capitalidad de la administración civil. Porque, de derecho, tal capitalidad como cabecera de partido judicial, se perdió pasando a depender Fuerteventura de la Villa de Teguise y Arrecife en la vecina isla de Lanzarote.

La capitalidad no regresó a nuestra isla hasta 1913-14 en que por mor de la conocida como Ley de Cabildos, hubo de crearse la jurisdicción electoral de Fuerteventura con cabecera en el Partido Judicial que, de nuevo retornó para implantarse en Puerto de Cabras y con jurisdicción en todos los municipios de la isla. Entonces sí, nuestra ciudad pasó a desempeñar su papel capitalino de pleno derecho. El propio Cabildo moderno, al que se daba cobertura con aquella normativa, se estableció en El Puerto.

Desde los primeros tiempos, la misma organización de las milicias atrajo hacia Puerto de Cabras algunos elementos que se asentaron en su solar; procedían de Cádiz los marinos como Francisco Sánchez; de La Palma los suboficiales de infantería y artillería, como los Rodríguez Taño; y con ellos otros procedentes, fundamentalmente de las islas de Tenerife y Gran Canaria.

Betancuria, capital histórica, sede de beneficios parroquiales y del ayuntamiento insular o antiguo cabildo, desde el siglo XVI, comenzó a desvanecerse en las primeras décadas del siglo XIX. Los pueblos de la isla con parroquia establecida, comenzaron a reivindicar su papel municipal en el contexto insular.

Las leyes auspiciadas por la Revolución Liberal, hicieron desaparecer los señoríos y los representantes de éstos en la isla, no supieron o no quisieron hacer frente a las cargas impositivas que “igualaban” a todos los propietarios. Aquellas mismas normas propiciaron la posibilidad de venta del 40 % de los bienes espiritualizados en forma de capellanías, fundaciones pías y otras figuras similares; el propio convento de San Buenaventura se cerró… En definitiva, se favorece la entrada de una gran cantidad de tierras en el mercado pero, lejos de lograrse su distribución, provocó la concentración en una nueva clase que veía en ello la forma de alcanzar las cuotas impuestas por el sufragio censitario para el acceso a la política en los nuevos entes locales.

El caldo de cultivo de las administraciones civiles de la isla había comenzado a gestarse desde las últimas décadas del XVIII, con la redistribución de jurisdicciones parroquiales a la luz de la razón y de la ilustración. Y, en el XIX, lo que fueron parroquias pasaron a constituirse en municipios con su ayuntamiento propio; el cabildo antiguo desapareció y Betancuria pasó a ser uno más entre los entes locales de la isla.

El propio palacio de los señores de Fuerteventura en Betancuria, pasó a manos de recaudadores y castellanos de la Torre de Caleta de Fustes, como Miguel Blas Vázquez. A comienzos de la década de 1830 sólo era un solar al poniente de la iglesia parroquial de la Villa, en cuyos paramentos de ese lado aún vemos los accesos privilegiados al coro alto de aquel templo.

Mercado de tierras, accesos a las corporaciones locales, nuevos ayuntamientos y repartos de viejas dehesas en medio de pleitos interminables por hacerse con bienes de capellanías y fundaciones pías, iluminan los acontecimientos del siglo XIX  en nuestra isla, en cuyas primeras décadas se produjo la mayor diáspora migratoria de nuestros antepasados. Se fueron, sí, hacia otras partes del imperio, hacia las Américas de S.M., pero no siempre siguieron los destinos del flujo de otras islas: los majoreros, como los conejeros, aunque se sumaron a aquellos rumbos, el suyo fue preferentemente a Uruguay, Brasil y Argentina.

Aún quedaban más reajustes jurisdiccionales por venir a los municipios de Fuerteventura. Unos fueron visuales en repartos de viejas zonas comunales que ponían en cuestión los deslindes de sus respectivos términos municipales, con los consiguientes litigios; otros fueron de carácter político-administrativo, como las anexiones que se materializaron en la segunda década del siglo XX.

Copyright Francisco J. Cerdeña Armas.


miércoles, 19 de junio de 2024

Apunte meteorológico de 1909 en Puerto de Cabras

 Las impresiones del Dr. Domingo Hernández González en Puerto de Cabras

En las postrimerías del siglo XIX llegaba a nuestra puerto un médico apasionado de la observación meteorológica. Oriundo de Las Breñas, en la isla de La Palma, no es de extrañar el radical cambio que veía en el entorno de su nueva residencia y donde ejercería la medicina casi diez años.

Corrían los primeros años del siglo veinte y Fuerteventura no lograba levantar cabeza. Al arancel sobre los cereales canarios (léase de Lanzarote y Fuerteventura) en su entrada a la Península Ibérica, se unía la tremenda sequía y los malos tiempos que azotaron la isla por aquel entonces.

La gente emigraba y tras ella hasta las piedras de paredes divisorias, casas y gañanías se vendían para embarcar con destino a los puertos de La Luz y Santa Cruz de Tenerife, objeto de ampliaciones y mejoras en sus infraestructuras. Allí se demandaba materia prima para fabricar cales hidráulicas y mano de obra a raudales, así es que nuestros antepasados, agobiados por la sequía y los tributos, una vez más, cogieron la maleta.

Al poco de llegar nuestro doctor a la isla para ocupar la plaza de médico municipal de Puerto de Cabras, don Domingo Hernández González se ocupó de los enfermos de la Beneficencia local, de los militares de guarnición en Fuerteventura y de un vecindario que, por lo apuntado, apenas sobrepasaba el medio millar, incluidos los soldados.


Venía del otro lado del Archipiélago, de la isla más verde, La Palma; es claro que la imagen primera le impactó y tuvo tiempo para entretenerse en la observación del clima y del paisaje de nuestra isla.

En Puerto de Cabras, quizás por la magua verde de su tierra natal, se aficionó a la observación meteorológica. Escudriñaba nuestros cielos y nuestro mar preguntándose por qué no llovía en este trozo de desierto; anotaba minuciosamente las temperaturas y los estados de la mar, de dónde soplaban los vientos cada día...

Y de sus inquietudes dejó unos apuntes que hemos podido rescatar y que vienen a pelo con los últimos episodios climáticos que estamos sufriendo en Canarias.

De formación científica, nuestro galeno no dio pábulo a las cabañuelas y las arrinconó entre las anécdotas etnográficas de los majoreros y de los canarios en general.

Para empezar, aunque médico local, tuvo que acudir a los municipios aledaños de Tetir y de Casillas del Ángel para atender a los afectados de tiña, contraída, al parecer, por el contacto de los camellos importados de la vecina costa africana.

El trasiego mercantil -se decía- pero también el determinismo geográfico (algo en lo que siguió al tetireño Antonio María Manrique y Saavedra), iba a ser objeto de sus observaciones.

Al menos así lo anotó en los dos primeros meses de 1902, cuando vio que de nada servían a esta tierra las garugas caídas sobre los campos en noviembre y diciembre del año anterior:

"Los vientos secos y huracanados -anotó- del Este y Sureste, han reinado con breves intervalos, alterando los mares de tal modo que por espacio de muchos días se interrumpió la comunicación de buques con el puerto.

"El temporal llegó a su punto álgido el día 16 de enero, y el día anterior, desde la madrugada, hubo truenos y relámpagos: los horizontes se cerraron. Había niebla densa y baja, cargada de polvo amarillento que imprimía a la luz un tinte tétrico.

"Cuando cesó el viento el aspecto de la atmósfera presagiaba una horrible tempestad. A la diez de la noche de aquel día volvió el viento fuerte, uniendo sus ruidos al ruido tenebroso del mar al estrellar las grandes olas contra el frente marítimo. La Luna apenas brillaba y la oscuridad era tan intensa que, a corta distancia, no se distinguían las personas que transitaban por las calles.

Al amanecer continuaba el temporal, pero más flojo. Disminuyó la fuerza del viento, y el mar se puso llano, desapareciendo las nubes de polvo, en parte arrastradas por la enorme cantidad de tierra que descargaron.

La calima, escondiendo el paisaje. Foto Paco Cerdeña.

"Los campos quedaron cubiertos de polvo... Y, como los males de esta tierra nunca venían solos, arrastrados por las corrientes marinas, la orillas se inundaron de grandes bardos de cigarrones berberiscos, en su mayoría muertos.

Aquello debió parecerle a don Domingo un azote bíblico. Se decía que si no llovía pronto, los árboles y las cosechas se verían seriamente afectados, perdidas las papas y los tomates que ya empezaban a experimentarse por las fincas del interior.

Que cerca estamos de África -concluyó- mientras leía la prensa de la época tras las ventanas del Casino El Porvenir: Los buques de vela que fueron sorprendidos por el temporal en los puertos y playas de Fuerteventura, corrieron hacia la Isla de Lobos que, como suele ser habitual, constituye en estos tiempos un excelente abrigo. Porque se perdieron algunos barcos como el pailebot "El Rosario", a la entrada de Puerto Naos... 

En Puerto de Cabras los barquillos se arrastraron calle León y Castillo arriba para resguardarlos porque las olas barrieron un muelle chico ya maltrecho y el mar circuló por las calles aledañas a la explanada, adentrándose por el Barranco Pilón que, por unos instantes se tornaba río de aguas turbulentas.

(c) Francisco J. Cerdeña Armas. 2009-2026