domingo, 20 de septiembre de 2026

Breve crónica del municipalismo en Fuerteventura. Parte I

No es fácil acercarse a la historia de los municipios majoreros que comenzaron a funcionar cuando languidecía el antiguo cabildo o ayuntamiento insular. El actual Cabildo de Fuerteventura, aunque por su nomenclatura se parezca al antiguo, no se creó hasta 1912, empezando a funcionar al año siguiente; los ayuntamientos le ganan en venerable antigüedad.

A la historia del fenecido concejo o cabildo antiguo que desapareció en Betancuria en junio de 1834, le dedicaron su trabajo algunos especialistas del Derecho y la historia de Canarias (Roldán Verdejo, Cerdeña, De la Rosa Olivera...) y a ellos remitimos a quienes deseen ahondar en el pasado administrativo de nuestra isla durante la etapa moderna, pues poco sabemos de cómo funcionaba la administración normanda de los primeros tiempos de la conquista.

Por nuestra parte nos centraremos en los municipios que empezaron a funcionar a raíz de la legislación liberal de 1812, haciendo incursiones en los antecedentes basados en la jurisdicción eclesiástica y su evolución desde la división de 1533 hasta las reformas  ilustradas que veremos.

La Iglesia siempre estuvo presente en el devenir de la administración insular. Dividió la isla en Beneficios Curados y emplearon ámbitos jurisdiccionales a los que se referían como del Sur o Banda de Ayose, y del Norte o Banda de Guise. Reconocían dehesas señoriales en Jandía y Mascona-Guriamen y, tácitamente, daban por sentada la existencia de una zona de pastos comunales que rodeaba toda la isla en una franja de unos cuatro a cinco kilómetros de espesor, desde la orilla del mar hacia el interior. En ambas dehesas se cobraban los diezmos y primicias y en el procomún soltaba sus propios ganados con las marcas de las distintas cofradías, ermitas e iglesias. Toto aparentemente controlado.

Pero las jurisdicciones eclesiásticas vienen a cuento porque sobre ellas, más o menos, se extendieron las demarcaciones territoriales de los municipios civiles cuando, a principios del siglo XIX arrancaban los ayuntamientos contemporáneos que propugnó la Revolución Liberal.

A finales del siglo XVIII, los obispos ilustrados ya habían afrontado una profunda revisión de las jurisdicciones parroquiales de Fuerteventura. La isla es alargada y extensa y el incremento de población y las nuevas roturaciones y ampliaciones de vega, aconsejaban racionalizar no tanto la asistencia pastoral como el reparto del beneficio eclesiástico, diversificándolo entre los miembros de las familias acomodadas que también ocupaban puestos privilegiados de aquella institución. Las cillas o almacenes de granos del diezmo proliferaron a la par que aquella evolución económica, demográfica y social.

Siempre les preocupó el abandono pastoral en determinados puntos de nuestra geografía, como Jandía, o las distintas aldeas de población morisca que vivía en los confines de la franja de terreno comunal que antes mencionamos. Fue uno de los aspectos que contemplarían a la hora de redistribuir las parroquias, solo uno de ellos.

Martínez de la Plaza y Tavira Almazán fueron aquellos prelados que hicieron bailar los confines de las distintas parroquias y beneficios curados, escuchando, por supuesto, a las aristocracias locales de cada cabecera o pila. Tenía que haber un equilibrio y para ello hicieron censos de población y de riqueza que se barajaron en la delimitación de fronteras. No es casualidad que precisamente en esa centuria surgieran la mayor parte de las ermitas que fueron promovidas por el vecindario de cada lugar, buscando, además de respaldar sus respectivas devociones, afianzar las esferas sociales de cada pueblo.

En lo civil, desde 1766, los llamados ayuntamientos del monarca Carlos III, empezaron a desarrollar en base a las imperfectas y mutables jurisdicciones parroquiales. La parroquia fue la unidad básica en que se manejaron las estadísticas y recuentos poblacionales de aquel tiempo; los catastros de los ministros ilustrados se basaron en esos ámbitos territoriales para cuantificar y presupuestar.

Tras las reformas de 1787 y 1792, se contaba en las isla con las parroquias de Betancuria, Pájara, La Oliva, Tetir, La Antigua, Casillas del Ángel y Tuineje y, justo cuando se decretó la pérdida de la capitalidad de la Villa y la desaparición del antiguo cabildo, se creaba por orden gubernativa el municipio de Puerto de Cabras.

Evolución de jurisdicciones parroquiales de Fuerteventura según Bethencourt Massieu (copia digital del Cuaderno de Puerto de Cabras)

Las jurisdicciones de las siete primeras parroquias citadas dieron lugar a otras tantas demarcaciones municipales con cabecera en los pueblos antes mencionados pero sus deslindes provocaron desencuentros entre ellos a cuenta del reparto del mancomún que correspondería a cada uno. Me explico.

Las parroquias contemplaban poco más que la cura de almas y el recuento de pechadores de diezmos y primicias; todo lo más enumeraban aldeas y casas de labranza y ganados dependientes de cada pila o sede; no se detenían en la precisión de los amojonamientos y deslindes. Esa fue la imprecisión que daría lugar a los litigios de los municipios contemporáneos. Ninguno estuvo libre de desacuerdos y pleitos que se resolvieron en la vía contencioso administrativa, salvo en el caso de Puerto de Cabras, donde el mal reparto de los términos del mancomún de las jurisdicciones aledañas, llegó a la vía judicial y hasta las altas esferas del Estado en el tránsito del siglo XIX al XX (Cerdeña Armas: 1988).

Los deslindes del servicio cartográfico estatal se llevaron al papel en la última década del siglo diecinueve, justo en los momentos en que Puerto de Cabras se batía el cobre con Tetir; más adelante volveremos sobre el tema. Pero hasta entonces hubo episodios que conviene traer a esta pequeña crónica. Unos hechos que provocaron enfrentamientos municipales y repartos ilegales de la zona comunal que correspondía o pensaban que debía corresponder a cada jurisdicción.

Pájara y Tuineje batallaron en la década de 1850 por la linde en la zona de Los Adejes y, especialmente en la Península de Jandía; se hicieron apeos y recorridos perimetrales que llevaron al reparto longitudinal de aquella península, la parte de barlovento para Pájara y la de Sotavento para Tuineje. Pero aquello duró poco y mediada dicha década los municipios se conformaron con la renuncia del "pueblo de los moriscos".

Tuineje y Antigua lucharon por deslindar la zona comunal en los Cuchillos de Vigán, quedando latente una lucha que aún recuerdan muchos con la "historia de los mojones que se movían en la noche".

Dentro del mismo municipio sureño se creó una comisión al margen del municipio con el fin de repartir el mancomún, desde Las Hermosas hasta los Cuchillos de Vigán, entre los vecinos. Los hermanos Velázquez Cabrera promovieron aquel episodio desde Tiscamanita: casi quinientos lotes de tierras y valles llegaron a los tribunales en un pleito que perduró hasta los primeros años del siglo XX con medio millar de afectados y cuyos hechos pueden rastrearse en la prensa histórica.

Betancuria intentaría sus repartos en la década de 1870, sin llevarse a cabo, que sepamos. Solo hemos visto ciertas cuestiones derivadas de la subasta de los bienes de la ermita de Santa Inés en el entorno de las capellanías de El Cigarrón y Campo Viejo, linderas con el municipio de Casillas del Ángel y su término de Las Salinas-Jarugo. Pero estos hechos no afectaron a la demarcación territorial de estos ayuntamientos.

Antigua, además de con Tuineje, tuvo encuentros con Casillas del Ángel en Lomo Vicente, Rosa de Abajo y Cuchillo de Juan de Palomares, que quedaron resueltos sin mayores complicaciones que las protagonizadas por los propietarios de la Lagunas de Tesjuates o del entorno del Barranco del Diamante.

Pero como antes dijimos, las actas de deslindes de los municipios majoreros de finales del XIX dirimieron y zanjaron los confines entre Oliva y Tetir, entre Oliva y Puerto de Cabras, entre Casillas del Ángel y La Oliva (en Jarugo), permaneciendo incólumes en su mayoría hasta nuestros días.

Delimitadas las demarcaciones territoriales de los municipios que llevarían el nombre de las parroquias nos acercaremos a la evolución de los ocho municipios que ya funcionaban desde 1834 hasta los reajustes que se llevaron a cabo durante la Dictadura de Primo de Rivera en la década de 1920.

Aunque de estos reajustes jurisdiccionales ya nos habíamos ocupado en las XIII Jornadas de Estudios sobre Fuerteventura y Lanzarote en septiembre de 2007 (Cerdeña Armas), ahora quiero compartir dicho trabajo que se publicó en las actas de aquel congreso celebrado en Caleta de Fuste, Antigua. Y lo hacemos porque aunque se nos pidió autorización para publicar la separata de nuestro trabajo en Memoria Digital de Canarias, o al menos eso pensábamos los ponentes, esto no se llevó a cabo, por lo que quienes intenten acceder a las actas de aquellas jornadas a través de la web del patrimonio cultural del Cabildo de Fuerteventura, tendrán que descargarse el tocho completo, sin posibilidad de ir a los artículos de su interés (tal circunstancia la comprobé con fecha 19 de agosto de 2026). Y también lo hacemos porque desde la concejalía de cultura de Puerto del Rosario, habiéndome pedido autorización para su reedición con motivo del centenario de la extinción del municipio de Casillas del Ángel, pues tampoco consideró oportuno ultimar su propósito. Pero sigamos adelante, con la modestia y el desprendemiento que siempre hemos demostrado en la difusión de la historia de Puerto de Cabras/Puerto del Rosario.

Las esquivas fuentes documentales

Pocos trabajos he visto que aborden la cuestión municipal de Fuerteventura en profundidad, muy pocos. Y sobre el tema concreto que nos ocupa, la extinción de los municipios de Tetir y de Casillas del Ángel, apenas alguna cita para indicar que los mismos se agregaron a Puerto de Cabras en los años 1925 y 1926, respectivamente, cuando aciertan en las fechas.

Las fuentes que considero primarias son básicamente las propias actas capitulares de ambas instituciones, si dejamos a un lado los boletines oficiales que fueron canalizando las disposiciones que afectaban a nuestros ayuntamientos desde su orígenes (conscientes de que la adaptación de la norma a los casos concretos siempre difiere por las propias características históricas de cada isla).

Abordar la historia institucional de los municipios majoreros que se fusionaron durante la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) resulta complicado por la ausencia de unas fuentes básicas como muchas de las actas capitulares de los plenos del ayuntamiento de Casillas del Ángel y del de Tetir (de este último sé que hay transcripciones parciales de Carlos Vera).

Del Ayuntamiento de Casillas del Ángel faltan todas las actas anteriores al proceso que nos ocupa, pues solo se conservan en su archivo correspondiente (El Archivo Municipal de Puerto del Rosario) las de 1897 a 1926 que nosotros hemos transcrito a lo largo de nuestra trayectoria con las fuentes documentales.

Del Ayuntamiento de Tetir, buena parte de sus actas se conservan en el Archivo Municipal de Puerto del Rosario y otra no menos importante se fueron en depósito al Archivo General Insular por razones que no acabo de entender. Sin embargo desconozco la ubicación, por ejemplo, del libro que recogía el acuerdo de fusión, de cuya acta solo tenemos referencia indirecta en la certificación que el ayuntamiento de La Vega remitió al de Puerto de Cabras en demanda de la aceptación de la fusión a la ya capital insular (Puerto de Cabras ya era cabeza de partido judicial en 1913 por constituir la isla una jurisdicción electoral para votación del cabildo que entonces empezaba a funcionar).

Aquel trabajo nuestro se basó pues, fundamentalmente, en las referencias indirectas que del proceso de fusión de municipios, quedó en los libros de actas y correspondencia de Puerto de Cabras; aludiríamos a las de los otros ayuntamientos cuando así se hubiese podido constatar en cada caso.

Los antecedentes

Desde que la isla de Fuerteventura fue incorporada a la Corona de Castilla, su administración quedó en manos de un ayuntamiento o cabildo de ámbito insular (cuya corporación se auto llamaba Justicia y Regimiento) que funcionó en la Villa de Santa María de Betancuria desde 1405 hasta 1834, integrado por el Alcalde Mayor, Los Regidores, y el escribano que hacía las veces de secretario o fiel de fechos. La elección de las dos primeras categorías estuvo siempre mediatizada por el carácter señorial que mantuvo la isla prácticamente hasta mediado el siglo XIX.

Las reformas de la Administración Local acometidas por los políticos ilustrados durante el reinado de Carlos III mantuvieron la figura del Alcalde Mayor y Juez Ordinario como presidente de aquel antiguo cabildo, creándose dos pedanías que se correspondieron con las parroquias sufragáneas de Pájara y La Oliva (primera rotura del centralismo de Betancuria entre 1708-1711), e introduciendo la figura del Procurador Síndico  con la teórica finalidad de fiscalizar cuentas y presupuestos. (Suárez Grimón).

En Fuerteventura todas las parroquias precedieron al municipio, salvo Betancuria que, siendo sede del antiguo cabildo o ayuntamiento insular, asistió al desmembramiento de su jurisdicción que quedó definitivamente establecida entre 1820 y 1834, al ceder la capitalidad a favor de La Antigua (Cerdeña Armas). Su término se vio reducido a los pueblos de la Vega de Río Palmas, La Villa y el Valle de Santa Inés.

A las parroquias sufragáneas creadas por el obispo Juan Ruiz Simón entre 1708 y 1711 en Pájara y La Oliva, sucedieron las creadas por los obispos Martínez de La Plaza y Antonio Tavira, que culminaron en los planes de redistribución jurisdiccional de finales del siglo XVIII. En 1777 se creó la parroquia de Tetir, en 1785 la de La Antigua (Bethencourt Massieu).

Fuerteventura 1787, paño de pintura realizado por Juan Bautista Hernández Bolaños para los obispos ilustrados que afrontaron la reorganización parroquial de la isla. (copia digital del Cuaderno de Puerto de Cabras)

En 1787 el obispo Martínez de La Plaza trazó un plan provisional en el que, además de perfilar el territorio de las citadas,  creaba otras jurisdicciones: El Beneficio de la Villa de Betancuria (decía aquel prelado) estaría integrado por la Villa y la Vega de Río de Palmas; el de Antigua por su término y los de Agua de Bueyes, Casillas de Morales, Valles de Ortega, Goma, Roza Zapata, Las Pocetas, Maninubre y Valle de Santa Inés; el de las Casillas del Ángel por su término y los de Triquivijate, Ampuyenta, Espinar de Arriba, Espinar de Abajo, Risco Blanco, Los Llanos, Las Majadillas, Tao, Tefía y Tesjuates; el de Tuineje por su término y los de Tiscamanita, La Florida, Tesejerague y Cardón (que se desgajaban de Pájara); el de Pájara por su término y los de Ajui, Bárjeda, Toto y Mésquer; el curato de Tetir por su término y los de El Time y Guisguey; el curato de La Oliva por su término y los de La Matilla, Tindaya, Vallebrón, La Caldereta, Villaverde, Lajares, Tostón y Manta.

Cinco años más tarde, el obispo Antonio Tavira y Almazán perfeccionó el plan beneficial de su predecesor para configurar el panorama asistencial y tributario con que los pueblos de Fuerteventura entraron en el siglo XIX: Desgajó de La Antigua el pago de Valle de Santa Inés que se agregó a Betancuria; Triquivijate se anexó a La Antigua en perjuicio de Casillas del Ángel; Tesejerague lo devolvió a Pájara (germen de la posterior cuestión de límites entre los ayuntamientos constitucionales de Tuineje y Pájara en una franja que llegaría hasta El Cardón, del que ya hablamos y hablaremos); finalmente La Matilla se agregó a Tetir en perjuicio de La Oliva.

Y llegamos a los primeros años del siglo XIX, en que Francisco Escolar y Serrano elabora su Estadística de Fuerteventura 1793-1806 basándose en los datos de cada una de aquellas jurisdicciones parroquiales (Hernández Rodríguez), razón por la que aún no reflejaba datos para Puerto de Cabras, que solo era un pago y puerto en el término de su nombre, dependiente de la parroquia de Santo Domingo de Guzmán, de Tetir.

Salvo Betancuria, donde reside el Alcalde Mayor y Juez, en ninguno de los otros pueblos mencionados había organización municipal alguna; todo lo más un alcalde pedáneo en los curatos de Pájara, La Oliva o Tetir.

Sin embargo sí se mantuvo la figura del personero, uno general de la isla y otro por cada uno de los pagos o pueblos de aquellos curatos, como lo demuestra su asistencia a las sesiones que celebró el ayuntamiento insular o antiguo cabildo en los momentos de vacío de poder tras la invasión napoleónica de la Península Ibérica en 1808. La Junta Suprema de Canarias cursó invitación a la institución majorera para que nombrase uno o dos representantes de la isla, quien finalmente convocó Cabildo General el día 11 de octubre para constituir la Junta de Gobierno de Fuerteventura, subalterna de la Suprema, integrada por ocho miembros. Fue elegido presidente Antonio Alonso Manrique, vicario y cura párroco de Tetir, y vocales en la Suprema José Negrín Falcón y Miguel Rugama Nieves, clérigo de Casillas del Ángel.

La Junta Subalterna del Gobierno de Fuerteventura convocó nuevamente a Cabildo General para el día 28 de octubre de 1808, donde se iba a estudiar la forma de contribuir a los gastos de la Nación en tiempos de guerra. Citó especialmente a todos y cada uno de los personeros de Pájara, Casillas del Ángel, Agua de Bueyes, Casillas de Morales, Tetir, Lajares, Tefía, Tindaya, Llanos de la Concepción, Valle de Santa Inés, Tesejerague, Tuineje, Tiscamanita, Ampuyenta, Triquivijate, La Matilla, Roque y El Time (Bonnet Reverón).

Aquella toma en consideración de los pareceres de los distintos pueblos propició el que cuando arrancase la Revolución Liberal y Burguesa, con sus legislación sobre disolución de señoríos y creación de ayuntamientos constitucionales a partir de 1812, muchos de ellos, argumentando el solo hecho de tener una ermita, se autoproclamaron municipios. Fueron los casos de Tesejeraque, Triquivijate, El Time y Vega de Río de Palmas, a quienes se dirigió la autoridad gubernativa a través del propio cabildo para que se disolvieran y entregasen cuantos documentos avalasen su constitución (Actas capitulares del antiguo Cabido de Fuerteventura).

Si bien la Constitución de la Monarquía Española de 1812 respaldaba y consideraba municipios a todos aquellos pueblos que a la sazón fuesen sede parroquial: en Fuerteventura lo serían Betancuria, La Oliva, Pájara, Tetir, La Antigua, Tuineje y Casillas del Ángel; muchos de ellos no empezarían a funcionar como tales corporaciones locales sino a partir de 1820, con los nuevos cambios y vuelta al proceso revolucionario del Trienio Liberal. En torno a aquella fecha se datan las primeras actas del ayuntamiento de Tuineje, Pájara o Tetir (Galván Rodríguez).

Aún en 1834 se cuestionaban en Betancuria las funciones que pasaría a tener su corporación como un municipio más, resignando la capitalidad a favor de La Antigua. En 1832 reclamaban los antiqueños los archivos del viejo cabildo en un contexto de confusión jurisdiccional y funcional de las nuevas corporaciones. Fuerteventura y Lanzarote formarían a partir de 1833-1834 un solo partido judicial con sede primero en Teguise y después, en Arrecife. Nuestra isla recuperó su Partido Judicial mucho más tarde, en 1913 por las razones que ya insinuamos más arriba.

Y Puerto de Cabras, aquel pago y puerto de la Costa de Tetir, donde el trasiego mercantil en torno a la exportación de barrilla lo habían hecho crecer hasta superar el medio millar de habitantes en 1835 (Cerdeña Armas), vio como los intereses de la burguesía revolucionaria se dieron la mano con los de la aristocracia rural isleña más progresista e interesada en incrementar tierras y beneficios comerciales. Unos y otros anhelantes de una representatividad política independiente que finalmente lograron al constituirse en ayuntamiento segregado del de la Vega de Tetir.

[Continuará en la Parte II: buscando la demarcación de jurisdicciones]

Copyright Francisco Javier Cerdeña Armas, 2007-2026.

miércoles, 26 de agosto de 2026

Manuel Velázquez Cabrera en el callejero de Puerto del Rosario

Hace ahora cincuenta y un años que en el salón de sesiones del Ayuntamiento de Puerto del Rosario celebraba la sesión ordinaria del Pleno correspondiente al mes de Agosto. Lo presidía don Ceferino Guillermo Martínez Soto, con asistencia de los concejales Agustín Medina Martín, Fermín Vera Moseguez, Casto Martínez Soto, Eustaquio J. Santana Gil, Jesús Cabrera Vera, Ildefonso Chacón Negrín, y la ausencia de Manuel Martín Martín y Antonio Peña Rodríguez.


Casa Consistorial de Puerto del Ayuntamiento de Puerto del Rosario

Se reunían en medio de la multiplicidad de demandas que imponía el creciente aumento de población, como los transportes urbanos de viajeros en taxi y en guagua; el ayuntamiento se volcaba en las obras públicas pendientes y curso, como la Avenida Marítima en su trama desde el Mercado hasta el Hospital (hoy Centro de Juventud y antes Universidad popular, entre otros usos), la ampliación de colegios y la construcción de nuevos centros escolares, el alumbrado público, el camino de acceso al nuevo cementerio, el saneamiento en las vías de Puerto del Rosario al Aeropuerto, Tuineje y Corralejo... Y eso que aún no se percibía el viento que empezaba a levantarse en el Sahara Español.

Pero aún así tuvieron tiempo de recordar que la ciudad no había reconocido la labor que un ilustre majorero hiciera por la representación de las mal llamadas islas menores a principios del siglo XX, razón por la que secundaron la propuesta de la alcaldía de llevar el nombre de Manuel Velázquez Cabrera a la lista de honores y distinciones del municipio de Puerto del Rosario.

El alcalde  de Puerto del Rosario Ceferino G. Martínez Soto

Entusiasmado con la lectura del Resumen histórico documentado de la autonomía de Canarias, don Guillermo dejó constancia en acta, de las siguientes anotaciones "El día 11 de noviembre de 1863 nació en Tiscamanita quien habría de llamarse Manuel Velázquez Cabrera. Han transcurrido 112 años desde aquella fecha y 59 desde su su fallecimiento, acaecido en Madrid el 19 de diciembre de 1916. Consecuentemente tuvo una existencia de 53 años [y prosiguió el alcalde] La orfandad materna le sorprendió cuanto contaba solamente tres años de edad y, asistido por su hermano Miguel, que con todo cariño cultivó la patria potestad, cursó estudios de enseñanza primaria en las escuelas de Tuineje, Pájara y Antigua. A los doce años, reclamado por su padre, emprende viaje a Montevideo, acompañado de su hermano Sebastián, pero después de un largo viaje, al llegar a tierras de América, en lugar de ser recibido por el autor de su existencia, recibe la noticia del fallecimiento de aquel, acaecido unos días antes. Al año aproximado de su estancia en el Uruguay, regresa de nuevo a esta isla, ingresando poco después en el Seminario Diocesano de Las Palmas. A los cinco años se traslada a La Laguna para cursar el bachillerato y posteriormente a Madrid, para cursar la carrera de Derecho, cuyo titulo obtiene.

A partir de entonces [siguió el alcalde en el uso de la palabra] su vida está plasmada del más acendrado patriotismo por las cosas de nuestra tierra, de nuestra región en general, pues como dice Bernardino Correa Viera en su prólogo al libro antes citado, su nombre debe perpetuarse en calles y plazas para ejemplo de todos los hombres que tienen que seguir luchando por el engrandecimiento del Archipiélago Canario y de España.

La historia de su vida está íntimamente ligada al acontecer de aquellos tiempos en que Canarias constituía una sola provincia con capital en Tenerife. La lucha entre la unidad provincial y la división llevaba implícito la más completa e inicua postergación de resurgimiento de las Islas Menores. Concibió la idea de que el problema canario fuese solucionado dando a cada cual lo suyo, es decir, promulgar una ley y articularla tomando en consideración la realidad inherente a cada isla y sus peculiaridades, existentes en todos los órdenes.

Suya fue la labor desarrollada para llevar adelante el Plebiscito que condujo a poner en conocimiento de las autoridades superiores de la Nación los derechos que se reclamaban para todas y cada una de las islas. Su audacia, su inteligencia y constancia fueron la base primordial a la que consagró su vida, esa vida que dedicó a las islas en general pero muy particularmente a las más desafortunadas. 

Su espíritu tenaz se encuentra íntimamente ligado a la Ley que se promulgó el 11 de julio de 1912, siendo presidente del Consejo de Ministros José Canalejas Méndez. En virtud de la misma, no solo se crearon los Cabildos Insulares, sino que además logró la representación en Las Cortes de un diputado por cada isla, aunque tuviese menos de cincuenta mil habitantes.

Si como sabemos [concluía el alcalde de Puerto del Rosario] es bien cierto que hace 59 años del fallecimiento del gran patriota don Manuel Velázquez Cabrera, también es por cierto muy lamentable que durante tantos años no hayamos sido capaces, a través de nuestra corporación local, el dedicarle un homenaje o al menos un recuerdo que perpetúe la memoria de tan insigne hijo de esta tierra. Por consiguiente yo me permito con los honores que el caso requiere y justifica, solicitar de este Pleno Municipal ponerle el nombre de Manuel Velázquez Cabrera a la Avenida Marítima iniciada hasta su terminación en el Hospital Viejo (hoy centro de juventud)… que igualmente se ponga el nombre de José Canalejas Méndez a una vía importante de esta capital, como testimonio de gratitud por haber promulgado la Ley de referencia siendo presidente del Consejo de Ministros.

Andando el tiempo el rótulo se colgó en la prolongación de la Avenida de Circunvalación, desde Ciudad Jardín hacia El Charco, dejándose la Avenida Marítima en medio de las obras que iban y venían a su ritmo.

En lo referente a la nominación de una calle a José Canalejas Méndez, se adoptó acuerdo en tiempos de la alcaldía de Manuel B. Travieso Darias (1999-2005), ya en pleno siglo XXI, al que se acompañó nominando otros viales con otros nombres vinculados al proceso que tratamos y que trataremos en otra ocasión.

Y de cincuenta en cincuenta años, más o menos, este 25 de agosto se cumplió el medio siglo de aquel reconocimiento a uno de los padres de los cabildos canarios en la ciudad de Puerto del Rosario.

Copyright Francisco J. Cerdeña Armas, Agosto 2026.

lunes, 16 de marzo de 2026

Los vapores correo y tráfico marítimo en Puerto de Cabras, década de 1920

Vapores correos y otros buques en la bahía de Puerto de Cabras durante las décadas de 1910 y 1920


Cuando los correíllos fondeaban tan cerca del muelle municipal traían agua para el abasto de la población de la capital de la isla, décadas de 1910 y 1920 [Foto del libro Puerto del Rosario, 100 años en la memoria, 2000]

La década de 1910 pero, sobre todo la de 1920, mostró en nuestro Puerto de Cabras un regular movimiento portuario. El muelle municipal rindió unos ingresos en las arcas municipales que equilibraron los presupuestos locales en momentos de agregaciones y fusiones de los municipios colindantes. Y eso pese a que la exacción del arbitrio sobre aquel dique fue reclamada por el Cabildo Insular como parte de su Hacienda, algo que despertó un litigio que se palió, en parte, mediante la suscripción de convenios entre ambas instituciones.

Por aquellos años estábamos en medio del fulgor de la industria de las calizas y los inicios productivos del tomate y los regadíos del sur de la isla. Las carreteras ya habían llegado hasta Gran Tarajal y hasta El Cotillo pero se seguían habilitando operaciones marítimas en los antiguos puertos naturales de nuestro litoral, cosas de la elusión del pago de impuestos o de facilitar los embarques acercándose a los lugares de producción.

La reputarse el arbitrio de importaciones y exportaciones por nuestro muelle como la principal fuente de ingresos de las arcas municipales, el Ayuntamiento podía asumir los alquileres de cuantas áreas de la administración estatal tenían abierta oficina en Puerto de Cabras: Casa Cuartel de la Guardia Civil, Delegación Gubernativa de SM en la cabeza del Partido Judicial, la Delegación Gubernativa, Ayudantía de Marina, Cárcel del Partido, las propias dependencias cabildicias, etc. Pero cuando aquellos ingresos se cuestionaron el margen de maniobra local cedió en favor de la institución insular, a la que se empezó a reclamar que asumiese aquellos pagos en sintonía con lo que habían hecho los otros cabildos de las islas.

Por nuestro dique se movieron ingentes cargas de piedra y de calizas. El carbón fue un punto de conflicto al gravarse en la entrada con destino a la industria de la cal y volverse a gravar la cal en su exportación hacia las otras islas. Es por eso que el Cabildo Insular comenzó a desplegar áreas recaudatorias que cubrían todas las calas y embarcaderos naturales, pues hacía allí acudían los buques del cabotaje interinsular para intentar eludir lo inevitable.

Los industriales que hasta aquellos momentos operaban con carros y camellos, fueron incorporando vehículos automóviles, camiones y carretelas que animaron el transporte por carreteras y caminos llegaron a bordo de correos interinsulares, península-Canarias-África. Los bidones de bencina, de gasolina y lubricantes llegaban a bordo de veleros; no había estaciones de servicio, cada propietario de automóviles importaba su propio combustible.

La maquinaria, en fin, también empleada en la exploración de aguas subterráneas en el sur y centro de la isla, entraba por nuestro puerto y por el de Gran Tarajal cuando empezó a funcionar. Por entonces nuestra isla empezaba a "motorizarse" a un ritmo más acelerado del que proporcionaban las norias de sangre y los molinos de viento.

 Fondeados en la bahía de Puerto de Cabras comenzaron a verse los vapores correos Península-Canarias y Península-Canarias-África, a cuyo bordo llegaban los automóviles, camiones y carretelas que iban a imprimir aceleración al transporte por carretera frente al cansino paso de carros y camellos.

El pescante del muelle y las barcazas que transitaban el servicio portuario interior, desde los buques fondeados hasta las escalinatas del dique, marcaron el dinamismo de una época con la más que regular estadía de buques, no solo veleros sino vaporcitos fruteros que llegaban de las islas occidentales y fondeaban junto a los correos antes mencionados.

El movimiento de buques puede seguirse en las secciones portuarias de la prensa histórica y en los apuntes contables del ayuntamiento.

Hace cien años, por ejemplo en 1926, lo recaudado por el muelle municipal oscilaba entre 2.000 y 3.500 pesetas mensuales, de las que el Cabildo, fruto de los convenios señalados más arriba, se llevaba unas 581,25 pesetas fijas. El Ayuntamiento empezaba a sentir la presión, pero aún no estaba estrangulado su presupuesto.

A nuestro puerto llegaban en aquella década una media de entre 25 y 40 buques mensuales, de los que la mayoría eran veleros o motoveleros, pues ya se empezaban a motorizar también las embarcaciones con un sistema mixto de vela y motor.

Pero ¿Qué importaban y exportaban aquellos buques? Pues todo tipo de mercaderías, hay que tener en cuenta que entonces, como ahora, Fuerteventura era puente o escala entre Gran Canaria y Lanzarote, pero también desarrollaba un tráfico de cabotaje con el resto de las islas y aún cabotaje interno, entre puerto de nuestra misma isla por aquello de que apenas había dos carreteras. Las estadías de los correíllos iban aparejadas en su singladura con las de determinados pailebot, goletas y balandras que los seguían en su recorrido por las islas orientales.

De Gran Canaria llegaba todo tipo de género y mercadería, incluidas frutas y carbón, además de la maquinaria de bombeo, automóviles y máquinas de coser; de Lanzarote solía llegar vino, papas y batatas, cebollas y melones y sandías; de las islas occidentales frutos como los plátanos y todo tipo de mercancías; de la África pescado; los correos de la Península traían maquinaria y vehículos y llevaban cereales...

Ejemplo de la exportación de calizas llevada por la firma Agustín Pérez e Hijos en su horno de Risco Prieto, y en la década que nos ocupa [Elaboración Francisco J. Cerdeña]

Pero de Fuerteventura se sacaba hacia las otras islas el ganado vivo, estiércol, alfalfa, pescado salpreso o seco y marisco pero, sobre todo piedra de cal y de yeso, junto a cales elaboradas. Y testimonialmente, en la década que nos ocupa, se seguían exportando pequeñas partidas de orchilla, cochinilla y barrilla de la mano de empresarios como Agustín Pérez Rodríguez y del consorcio con sus hijos Agustín Pérez e Hijos.

Pero también mano de obra que, en tiempos de crisis, se trasladaban a los puertos de las islas centrales o emigraban siguiendo una tradición que llevaba a nuestros antepasados al Río de la Plata.

En la nómina de empresarios que animaron las exportaciones de Puerto de Cabras y las importaciones (en el bien entendido que no todos eran Puerto de Cabras, pero usaban el muelle para sus operaciones), además de los mencionados Agustín Pérez e Hijos, estaban Antonio Martín Alonso, Miguel Fernández, Manuel Miseras, Francisco Herrera, Antonio Bordón, Laureano Saavedra Peña, Antonio Dávila, Pedro Martín, Luis Herrera, Antonio Dámaso, Marcial Viñoly,  Antonio Arocha,  Antonio Hormiga, Francisco del Toro, Emeterio Toledo, Pedro Felipe, etc.

Algunos de los exportadores tenían sus propios barcos, especialmente los vinculados a la exportación de calizas. Y la nómina de buques que operaban por nuestro muelle y bahía se puede seguir también en las secciones portuarias de la prensa de la época, especialmente detallistas con las llegadas procedentes de Fuerteventura en los puerto de las islas centrales.

Los vapores que operaron en esta década fueron el correíllo Fuerteventura, el correíllo La Palma, el correíllo León y Castillo, el correo Capitán Segarra, el correíllo Lanzarote, el correíllo Viera y Clavijo y el correo Escolano, entre otros. Los dos correos de mayor porte que los interinsulares nos incluían en la ruta Península-Canarias-África.

Los veleros que hacían estadías en nuestro Puerto de Cabras fueron los pailebot Pájaro, Frasquita, Rosario, La Juanita, el Diana, Estrella, Enriqueta, Carlota García, Fermina Concepción, Adán, Bella Lucía, Bartolo y Evelia, entre otros que ya empezaban a ser mixtos con la aplicación de motores. No son todos los del cabotaje pero sí los que nos frecuentaban.

De menor porte y envergadura solían fondear goletas, balandras y balandros como Rosa, Candelaria, San Miguel, Juanita, San Vicente, Santiago, María de las Nieves, Inés o El Nicolás. Muchos de estos, como los otros veleros, siguieron renqueando por nuestras islas hasta las décadas de 1960-70, atiborrados de estiércol, piedra cal o cal viva.

Copyright: Francisco Javier Cerdeña Armas.

miércoles, 3 de diciembre de 2025

Toponimia que desaparece: Barranco de El Canalizo

 Toponimia urbana de Puerto del Rosario: Barranco de El Canalizo


Los cambios en la fisonomía del entorno de Puerto del Rosario se suceden de una forma trepidante: tendidos eléctricos, placas y molinos, y sobre todo viales, van transformando el suelo y, con la misma velocidad, la toponimia histórica pierde sentido, desaparece.

El topónimo del que hoy nos ocupamos, como tantos otros del entorno del antiguo Puerto de Cabras, ya no podremos entenderlo porque el cauce de este barranco ha desaparecido casi en su totalidad bajo las obras de la autovía norte-sur de Fuerteventura.

Nos encontramos a la altura de la Rosa de don Joaquín Vila y ya estamos hablando de un nombre que debe formar parte del patrimonio cultural de la ciudad. Es conveniente “subirse” a vista de pájaro, por ejemplo con Google Maps o Grafcan, para entender el discurrir de este barranquillo que nos regalaba cascadas en tiempos de lluvia; llevando las aguas hasta el Barranco de Jaifa, del que es tributario.

Los barrancos y barranquillos que en época de inviernos generosos drenan los tableros de El Viso y de Los Alcaravanes, se encontraban en Zurita, entre la Montaña de las Veredas y La Atalaya del Viso o de La Gente para desparramarse sobre el “término o costa de Puerto de Cabras”, se van perdiendo para la geografía y para la cultura inmaterial de los sitios en que se desenvolvió la vida de nuestros antepasados.

El barranco del Canalizo, aparte de leerlo en los protocolos notariales de la isla en el siglo XIX y en memorias de costumbres como la escrita por Ramón Fernández Castañeyra para Juan Bethencourt Alfonso, lo encontramos referenciado por el que fuera alcalde de Puerto de Cabras y presidente del Cabildo de Fuerteventura, Secundino Alonso Alonso, cuando en 1902 pidió licencia para construir en dicho barranco un aljibe, muy cerca del segundo de los puentes de la carretera del Puerto a Tuineje por Casillas del Ángel.

El Canalizo recibía las aguas que le entregaba el Barranco de Lucas Méndez a la altura de la Rosa Vila, formándose una pequeña cascada  que daba gusto verla con el ojo de aquel puente de fondo. Desde aquel punto hasta su encuentro con el de Jaifa, frente al “Topete de Medina”, discurría el barranco que nos ocupa y cuyo topónimo está ya moribundo.

Lo llamaban El Canalizo porque su cauce se estrechaba encajándose en la roca basáltica formando un minúsculo cañón, todo risco; una circunstancia que garantizaba que los charcos del fondo, la mayor parte del día en sombras, aguantaran meses sin evaporarse.


En pleno invierno: La cascada de El Canalizo, junto al primitivo puente y aljibe, cercano a Rosa Vila. Foto de Paco Cerdeña, Cuaderno de Puerto de Cabras.

miércoles, 29 de octubre de 2025

Sobre el Mancomún y tierras comunales de Puerto del Rosario

La Costa de Las Salinas y de Jarugo

Existe una franja de terreno al poniente del término municipal de Puerto del Rosario que se adentra unos 4 kilómetros desde la orilla del mar. Lo llaman "La Costa" y que no es más que parte del territorio de dos de los "términos" de la antigua dehesa de Fuerteventura: el de Las Salinas y el de Jarugo. El suelo y lo que allí se practica forma parte del patrimonio histórico y etnográfico que Puerto de Cabras/Puerto del Rosario heredó del extinto municipio de Casillas del Ángel.

De todo eso habla el libro que acaba de ver la luz bajo el título de "El Mancomún de Puerto del Rosario. Notas sobre un registro de criadores y sus marcas (1930-1960)". Bueno, de todo eso y de los criadores que soltaban allí su ganado de costa, las marcas que empleaban y el registro oficial de las mismas en que se distinguen aquellos por los distintos pueblos del municipio.

Una interesante aportación al conocimiento de la marcas mediante cortes en orejas de los animales, utilizadas por la ganadería tradicional desde tiempos inmemoriales. Y nos acerca la base territorial de aquella práctica ancestral y su deslinde.

Un abundante material gráfico ayuda a la interpretación de las marcas ganaderas con sus golpes y diferencias y las zonas de la fisonomía de las reses en que se practicaban los cortes.

Tagoror, Lemus o Canaima son algunos de los puntos donde los interesados pueden echarle una mirada.



viernes, 16 de agosto de 2024

La Antigua, capital de Fuerteventura: 1834

 De cuando Betancuria perdió la capitalidad en favor de La Antigua


En el Boletín Oficial de Canarias, de 27 de diciembre de 1834, se publica la nueva división de partidos de las islas para que la administración civil se sujetase a ella desde el primero de enero del año siguiente. Y, para el caso de Fuerteventura, precisaba que se crea el Partido Judicial de la Antigua con jurisdicción en todos los pueblos de la isla.

Sin embargo, desde junio de aquel año, el notario público don Ambrosio Pereira dejaba fe marginal en sus cuadernos de protocolos, donde decía que “el 16 de junio de este año, a las siete de la tarde, se recibió la orden de suspensión de capital a la Villa (Betancuria) y declaratoria de cabeza de partido a La Antigua”.



A partir de aquella fecha todos los instrumentos públicos que pasaban por su protocolo se databan en el pueblo de “La Antigua de Fuerteventura, cabeza del partido judicial de la isla”; lo mismo ocurría con las anotaciones realizadas en los cuadernos de oficio del Registro de Hipotecas de la isla, del que también era responsable aquel escribano.

Pero ¿Qué ocurrió desde entonces hasta la publicación de la nueva división administrativa en el Boletín Oficial de Canarias? Hasta 1913 se dieron situaciones de hecho en la nuestra isla pues la cabeza y la cárcel del partido judicial siguieron estando en Lanzarote.

Hay quien, aludiendo a la concentración de poder en determinadas localidades, afirma que, en Fuerteventura, por aquello de ser la residencia del poder militar en La Oliva, éste pueblo llegó a ostentar la capitalidad. Algo que, como se puede intuir, fue meramente circunstancial; así se vería a lo largo del siglo XIX en que surgieron otros órganos de la administración civil.

Desde octubre de 1834, por ejemplo, se aprobaba la creación de un ayuntamiento en Puerto de Cabras, el embarcadero de Tetir, en la costa oriental de Fuerteventura. Así lo recogió la prensa y el boletín oficial de la época.

Cuatro meses después, se constituía la primera corporación el 1 de febrero de 1835. Puerto de Cabras tenía su jurisdicción marítima, su junta de sanidad marítima, la residencia del subdelegado del gobierno de la provincia en la isla, y pronto empezaron a llegar los demás funcionarios responsables de la administración civil que se encargarían de poner en funcionamiento los órganos periféricos de la administración del Estado; además aquí se establecieron algunos responsables de los consulados abiertos en las islas de Canaria y Tenerife, como el británico.

Por tanto podemos decir que en Fuerteventura, Puerto de Cabras asumió, de facto, la capitalidad de la administración civil. Porque, de derecho, tal capitalidad como cabecera de partido judicial, se perdió pasando a depender Fuerteventura de la Villa de Teguise y Arrecife en la vecina isla de Lanzarote.

La capitalidad no regresó a nuestra isla hasta 1913-14 en que por mor de la conocida como Ley de Cabildos, hubo de crearse la jurisdicción electoral de Fuerteventura con cabecera en el Partido Judicial que, de nuevo retornó para implantarse en Puerto de Cabras y con jurisdicción en todos los municipios de la isla. Entonces sí, nuestra ciudad pasó a desempeñar su papel capitalino de pleno derecho. El propio Cabildo moderno, al que se daba cobertura con aquella normativa, se estableció en El Puerto.

Desde los primeros tiempos, la misma organización de las milicias atrajo hacia Puerto de Cabras algunos elementos que se asentaron en su solar; procedían de Cádiz los marinos como Francisco Sánchez; de La Palma los suboficiales de infantería y artillería, como los Rodríguez Taño; y con ellos otros procedentes, fundamentalmente de las islas de Tenerife y Gran Canaria.

Betancuria, capital histórica, sede de beneficios parroquiales y del ayuntamiento insular o antiguo cabildo, desde el siglo XVI, comenzó a desvanecerse en las primeras décadas del siglo XIX. Los pueblos de la isla con parroquia establecida, comenzaron a reivindicar su papel municipal en el contexto insular.

Las leyes auspiciadas por la Revolución Liberal, hicieron desaparecer los señoríos y los representantes de éstos en la isla, no supieron o no quisieron hacer frente a las cargas impositivas que “igualaban” a todos los propietarios. Aquellas mismas normas propiciaron la posibilidad de venta del 40 % de los bienes espiritualizados en forma de capellanías, fundaciones pías y otras figuras similares; el propio convento de San Buenaventura se cerró… En definitiva, se favorece la entrada de una gran cantidad de tierras en el mercado pero, lejos de lograrse su distribución, provocó la concentración en una nueva clase que veía en ello la forma de alcanzar las cuotas impuestas por el sufragio censitario para el acceso a la política en los nuevos entes locales.

El caldo de cultivo de las administraciones civiles de la isla había comenzado a gestarse desde las últimas décadas del XVIII, con la redistribución de jurisdicciones parroquiales a la luz de la razón y de la ilustración. Y, en el XIX, lo que fueron parroquias pasaron a constituirse en municipios con su ayuntamiento propio; el cabildo antiguo desapareció y Betancuria pasó a ser uno más entre los entes locales de la isla.

El propio palacio de los señores de Fuerteventura en Betancuria, pasó a manos de recaudadores y castellanos de la Torre de Caleta de Fustes, como Miguel Blas Vázquez. A comienzos de la década de 1830 sólo era un solar al poniente de la iglesia parroquial de la Villa, en cuyos paramentos de ese lado aún vemos los accesos privilegiados al coro alto de aquel templo.

Mercado de tierras, accesos a las corporaciones locales, nuevos ayuntamientos y repartos de viejas dehesas en medio de pleitos interminables por hacerse con bienes de capellanías y fundaciones pías, iluminan los acontecimientos del siglo XIX  en nuestra isla, en cuyas primeras décadas se produjo la mayor diáspora migratoria de nuestros antepasados. Se fueron, sí, hacia otras partes del imperio, hacia las Américas de S.M., pero no siempre siguieron los destinos del flujo de otras islas: los majoreros, como los conejeros, aunque se sumaron a aquellos rumbos, el suyo fue preferentemente a Uruguay, Brasil y Argentina.

Aún quedaban más reajustes jurisdiccionales por venir a los municipios de Fuerteventura. Unos fueron visuales en repartos de viejas zonas comunales que ponían en cuestión los deslindes de sus respectivos términos municipales, con los consiguientes litigios; otros fueron de carácter político-administrativo, como las anexiones que se materializaron en la segunda década del siglo XX.

Copyright Francisco J. Cerdeña Armas.


miércoles, 19 de junio de 2024

Apunte meteorológico de 1909 en Puerto de Cabras

 Las impresiones del Dr. Domingo Hernández González en Puerto de Cabras

En las postrimerías del siglo XIX llegaba a nuestra puerto un médico apasionado de la observación meteorológica. Oriundo de Las Breñas, en la isla de La Palma, no es de extrañar el radical cambio que veía en el entorno de su nueva residencia y donde ejercería la medicina casi diez años.

Corrían los primeros años del siglo veinte y Fuerteventura no lograba levantar cabeza. Al arancel sobre los cereales canarios (léase de Lanzarote y Fuerteventura) en su entrada a la Península Ibérica, se unía la tremenda sequía y los malos tiempos que azotaron la isla por aquel entonces.

La gente emigraba y tras ella hasta las piedras de paredes divisorias, casas y gañanías se vendían para embarcar con destino a los puertos de La Luz y Santa Cruz de Tenerife, objeto de ampliaciones y mejoras en sus infraestructuras. Allí se demandaba materia prima para fabricar cales hidráulicas y mano de obra a raudales, así es que nuestros antepasados, agobiados por la sequía y los tributos, una vez más, cogieron la maleta.

Al poco de llegar nuestro doctor a la isla para ocupar la plaza de médico municipal de Puerto de Cabras, don Domingo Hernández González se ocupó de los enfermos de la Beneficencia local, de los militares de guarnición en Fuerteventura y de un vecindario que, por lo apuntado, apenas sobrepasaba el medio millar, incluidos los soldados.


Venía del otro lado del Archipiélago, de la isla más verde, La Palma; es claro que la imagen primera le impactó y tuvo tiempo para entretenerse en la observación del clima y del paisaje de nuestra isla.

En Puerto de Cabras, quizás por la magua verde de su tierra natal, se aficionó a la observación meteorológica. Escudriñaba nuestros cielos y nuestro mar preguntándose por qué no llovía en este trozo de desierto; anotaba minuciosamente las temperaturas y los estados de la mar, de dónde soplaban los vientos cada día...

Y de sus inquietudes dejó unos apuntes que hemos podido rescatar y que vienen a pelo con los últimos episodios climáticos que estamos sufriendo en Canarias.

De formación científica, nuestro galeno no dio pábulo a las cabañuelas y las arrinconó entre las anécdotas etnográficas de los majoreros y de los canarios en general.

Para empezar, aunque médico local, tuvo que acudir a los municipios aledaños de Tetir y de Casillas del Ángel para atender a los afectados de tiña, contraída, al parecer, por el contacto de los camellos importados de la vecina costa africana.

El trasiego mercantil -se decía- pero también el determinismo geográfico (algo en lo que siguió al tetireño Antonio María Manrique y Saavedra), iba a ser objeto de sus observaciones.

Al menos así lo anotó en los dos primeros meses de 1902, cuando vio que de nada servían a esta tierra las garugas caídas sobre los campos en noviembre y diciembre del año anterior:

"Los vientos secos y huracanados -anotó- del Este y Sureste, han reinado con breves intervalos, alterando los mares de tal modo que por espacio de muchos días se interrumpió la comunicación de buques con el puerto.

"El temporal llegó a su punto álgido el día 16 de enero, y el día anterior, desde la madrugada, hubo truenos y relámpagos: los horizontes se cerraron. Había niebla densa y baja, cargada de polvo amarillento que imprimía a la luz un tinte tétrico.

"Cuando cesó el viento el aspecto de la atmósfera presagiaba una horrible tempestad. A la diez de la noche de aquel día volvió el viento fuerte, uniendo sus ruidos al ruido tenebroso del mar al estrellar las grandes olas contra el frente marítimo. La Luna apenas brillaba y la oscuridad era tan intensa que, a corta distancia, no se distinguían las personas que transitaban por las calles.

Al amanecer continuaba el temporal, pero más flojo. Disminuyó la fuerza del viento, y el mar se puso llano, desapareciendo las nubes de polvo, en parte arrastradas por la enorme cantidad de tierra que descargaron.

La calima, escondiendo el paisaje. Foto Paco Cerdeña.

"Los campos quedaron cubiertos de polvo... Y, como los males de esta tierra nunca venían solos, arrastrados por las corrientes marinas, la orillas se inundaron de grandes bardos de cigarrones berberiscos, en su mayoría muertos.

Aquello debió parecerle a don Domingo un azote bíblico. Se decía que si no llovía pronto, los árboles y las cosechas se verían seriamente afectados, perdidas las papas y los tomates que ya empezaban a experimentarse por las fincas del interior.

Que cerca estamos de África -concluyó- mientras leía la prensa de la época tras las ventanas del Casino El Porvenir: Los buques de vela que fueron sorprendidos por el temporal en los puertos y playas de Fuerteventura, corrieron hacia la Isla de Lobos que, como suele ser habitual, constituye en estos tiempos un excelente abrigo. Porque se perdieron algunos barcos como el pailebot "El Rosario", a la entrada de Puerto Naos... 

En Puerto de Cabras los barquillos se arrastraron calle León y Castillo arriba para resguardarlos porque las olas barrieron un muelle chico ya maltrecho y el mar circuló por las calles aledañas a la explanada, adentrándose por el Barranco Pilón que, por unos instantes se tornaba río de aguas turbulentas.

(c) Francisco J. Cerdeña Armas. 2009-2026