Recuerdos de Tefía
Cuando lo conocí estaba sentado en el mentidero del Muelle Chico,
apoyado en su muleta de madera y parecía contar los adoquines de La Explanada mientras una
suave brisa jugaba en su escasa cabellera, acariciándolo.
Me sostuvo la mirada durante unos instantes y, mesándose los pelos de
una rala barba, volvió la mirada hacia la playita del muelle, hablándome como
ausente.
Decidí seguir el objeto de su aparente atención y me topé con las
arenas donde los barquillos reposaban desde tiempo inmemorial. Allí
centelleaban los vidrios redondeados de las primeras botellas de ron que se
descorcharon en Puerto de Cabras, una y mil veces removidas por el mar.
Era relajante y, cada reflejo parecía abrir un nuevo recuerdo en
maestro Juan. Lo escuchaba entre el rumor de las aplaceradas olas. Uno a uno se
me fueron grabando en la memoria; entonces cerré el bloc y guardé el lápiz: lo
que contaba me sobrecogió. Abrí la grabadora y le dejé hablar…
Tiempo después, repasando las notas y las cintas con las entrevistas
sobre Tefía, me topé con la de Juanito. Entonces él ya había muerto, pero su
voz me repitió una y otra vez lo que, poco más o menos, contaba…
¡Se ponga firmes, coño! Gritó el
alcaide con tono desquiciado.
Recién había llegado lo
colocaron allí, en medio de la sala, enfrente de la mesa de quien parecía ser
el director. Aquel que pronunció la orden casi gritando.
Estaba de pie, descalzo y casi
desnudo, con una barba de pocas semanas; sudoroso, temblando… Custodiado por
dos elementos que, en lo único que se diferenciaban de él era en la camisa azul
mahón que ambos llevaban muy a gala, y con alpargatas de esparto y lona, y en
la mano de uno de ellos un viejo máuser que no dudó en utilizar para dar un
culatazo en la barriga del reo cuando vio que se levantaba el alcaide.
Eustaquio –que así se llamaba el
preso- se tambaleó con el golpe, esparciendo gotas de sudor sobre sus
guardianes, pero no gritó; al menos no articuló palabra de dolor, sólo se
adivinó en su cara un gesto como el de quien traga un erizo con púas y todo…
El alcaide Pedro de San Felipe
se apoyó en la mesa con los brazos cruzados, murmurando “menudos redaños
tienes, cabrón”: a ver cómo te portas dentro de unos días… Y dirigiéndose a los
guardianes les requirió el parte de traslado del reo.
Entonces se adelantó el que no
portaba el máuser, pero que tenía unos hilillos en las hombreras de la camisa
azul, como evocando viejos rangos y le entregó una carpetilla mugrienta en la
que se adivinaba un membrete con escudo imperial y la leyenda “Comandancia
Militar de Fuerteventura”.
¡Asistente!, ¡Asistente! -gritó
de nuevo el alcaide. Y al otro lado de la puerta semiacristalada se vio cómo
una sombra se levantaba y se acercaba a la puerta que, de inmediato se abrió
dando paso a un bien parecido mozo de cara afeitada y gafitas redondas; se
dirigió al rincón en el que, en penumbras se adivinaba una mesilla auxiliar
sobre la que reposaba una vieja hispano olivetti de carro largo y de color
negro junto a un puñado de folios y varias tongas de expedientes apilados de
tal forma que parecían desafiar la fuerza de la gravedad.
Cuando usted quiera, señor
director –dijo el joven recién llegado, dispuesto a mecanografiar el parte de
ingreso de un nuevo recluso:
Y al dictado fue anotando las
palabras de su superior:
“En el lugar de Tefía, siendo
las 11:30 horas del día 18 de mayo, se personaron en mi despacho quienes se
identificaron como falangistas de Puerto de Cabras y que a requerimiento –según
decían- del Comandante Militar de la isla, acudieron al acuartelamiento de la
calle León y Castillo para hacerse cargo del preso Eustaquio, detenido en la
playa del muelle chico en los momentos y por las razones que rezan en el
expediente y que luego se dirán…”
Delante de las oficinas del
presidio de Tefía descansaba el chevrolet número 2189 en el que Esteban los
había traído. Y allí aguardaba el viejo camarada, con su camisa azulona, con su
boina roja, sus polainas y sus botas en animada plática con uno de los
vigilantes del presidio.
Recuerdo cuando hicieron estas
casas –comentaba Esteban- en 1940 o 1941; bueno eso fue la construcción, porque
el meneo de las tierras ya había empezado durante la Guerra… Aquí estuvieron
muchos rojos presos, trabajando, despedrando y limpiando para hacer la pista de
aterrizaje…
A la sombra seguía el
alcaide cumplimentando el ingreso del
nuevo recluso: A ver, Asistente, léame lo último que le dije, que quiero
insertar aquí el atestado de su detención…
“En el lugar de Tefía…”
–contestó el asistente con ánimo de seguir.
Todo no, ¡coño!, lo atajó su
superior: dígame sólo la última frase.
Ah, sí, prosiguió el asistente:
“…detenido en la playa del muelle chico en los momentos y por las razones que
rezan en el expediente y que luego se dirán…”, y se calló.
Si, sí, tome nota:
Según el atestado que le abrió
el Jefe del puesto de la Guardia Civil
en Puerto de Cabras, expediente número 1.111, en la playa del muelle chico se
detectó la presencia de un individuo que sentado en el centro mismo de la
arena, profería gritos irrepetibles contra su Excelencia el Generalísimo, según
manifestaron algunos testigos presenciales que se apresuraron a dar parte a la
pareja, la cual, allí personada procedió a reducir a quien resultó ser
Eustaquio, de oficio pescador, y conocido en la localidad por el manco… Todo
esto me lo pones entre comillas, precisó el alcaide.
Hacía ya más de un año que se estaba preparando la visita del General
Franco y este caso no vino más que a acentuar la extrema vigilancia que se
había desplegado en Puerto de Cabras: En la Explanada, a la salida
del muelle grande, y las entradas de las carreteras de La Oliva, Tetir, Casillas, El
Matorral y Puerto Lajas se situaron puestos de control militares y las parejas
de la Guardia Civil
transitaban con bastante frecuencia estas vías.Tanto fueron los movimientos inversores y de vigilancia en la isla
durante los años de la segunda guerra mundial que, cuando Franco se atrevió a
viajar, lo hizo a Canarias, para recordar los momentos iniciales del
“alzamiento”, pero también visitar y conocer de primera mano la isla atlántica
que pudo haber sido alemana en 1941-43, como alternativa a la fallida caída del
Peñón o el cierre del Canal de Suez.El Jefe del Estado fue ampliamente informado de cuanto el Mando
Económico de Canarias había hecho durante aquellos años de la década de 1940 en
Fuerteventura, lamentándose de la pérdida de un personaje como García Escámez.
No había más que enumerar las obras: barriadas obreras, cuarteles, presa,
colonia rural, aeropuerto de Tefía… Toda una estrategia para poner en valor una
isla que pudiera ser decisiva en el contexto norteafricano, caso de que Gran
Canaria cayera en manos inglesas, como insinuó alguno de sus asesores.
… “Y vengo en ingresar en la
prisión que dirijo al reo de nombre Eustaquio, con adscripción a la cuadrilla
de trabajos forzados en fincas, canalizaciones y carreteras”, concluyó el
alcaide advirtiendo al asistente que lo entrecomillara y pusiera la data para
firmar. Termine los papeles que ahora vuelvo.
Acompáñenme por aquí –dijo a los
dos falangistas- que arrastraron al preso por un largo pasillo que les condujo
a una de las dos únicas celdas allí existentes.
Se oyeron murmullos tan pronto
se abrió la puerta, pues aún quedaban allí algunos que no pudieron salir a los
trabajos en La Presa,
y sin más cerraron el cuarto y deshicieron el camino hasta la calle, donde
aguardaba el coche que debía retornar a Puerto de Cabras.
Diez años antes, durante los prolegómenos de lo que sería II Guerra
Mundial, Fuerteventura, apareció en cuantos informes y documentos alimentaron
la operación “Félix”, con la que los alemanes intentaban ocupar una de las
islas del Archipiélago. Si España entraba en la contienda mundial lo haría del
lado del Eje, lo que mosqueaba a los ingleses que veían así peligrar su
hegemonía en el Peñón ante una eventual ocupación española; como también los
inquietaba el bloqueo de Suez y el acceso a las colonias del otro lado del mundo. Y con estas perspectivas la salida británica pasaba por invadir, con el
apoyo aliado, una de las islas canarias que tuviesen mejores muelles para
trasladar a ella su base naval. Apostaron por Gran Canaria, cuyo Puerto de la Luz y su aeropuerto de Gando
ofrecían un punto estratégico en el área atlántica. Atinadamente así lo
sospecharon los alemanes que intentaron incrementar su presencia en la zona, no
sólo para abastecimientos de los U-Boote, que, por otro lado, ya era un hecho,
sino por establecer una base atlántica aerotransportada que sirviera de puente
a sus apetencias sobre el continente africano. El Mando Económico de Canarias, al frente del cual estaba el Excmo.
Señor Francisco García Escámez e Iniesta, asumió todo el control del
Archipiélago en los momentos de posguerra y guerra mundial…
Estas eran las lecturas que solía hacer el alcaide de la prisión de
Tefía en sus ratos de aburrimiento y sesteo bajo un sol de mediodía, mientras
rebuscaba entre los viejos periódicos que aún quedaban en los cuartos de lo
que, en otro tiempo, fue cuartel del arma de Aviación, cuando custodiaba el
aeródromo que allí funcionó hasta 1952. Aunque las más de las veces fantaseaba
y, medio adormecido, se imaginaba oficial de la aerotransportada alemana,
visitando las inmediaciones, analizando las aguas, las pesquerías de Los
Molinos, la carne que les proporcionaría el ganado de costa que por allí
deambulaba… De cuando en cuando, los remolinos y el viento de aquellas llanuras
lo envolvían acunándolo hasta la media tarde en que retornaban los presos de
los trabajos forzados.
El alcaide se volvió a recostar adormecido y de sus manos cayó el
libelo que andaba leyendo, saltando al aire la cuartilla que usaba a modo de
marcador:
Comandancia Militar de
Fuerteventura, Puerto de Cabras, Mayo de 1950.
Para el Alcaide de la Colonia Penitenciaria
de Tefía:
“Los portadores de la presente,
falangistas acreditados de Puerto de Cabras, a nuestro requerimiento acudieron
para ayudar en el traslado del preso Eustaquio a las instalaciones de ese
centro penitenciario, a la espera de abrírsele consejo de guerra por proferir
gritos contra su Excelencia el Jefe del Estado y mostrar resistencia a mi
autoridad… Aíslesele hasta tanto se le forma dicho consejo… El comandante, don
Ceferino”
Saque usted sus propias
conclusiones!
Fue la última frase que creí entender en la audición de la cinta del
maestro Juan.
Por el respeto a su memoria que es la de todos los que allí estuvieron
me decidí a escribir estos folios.
Copyright: Francisco Javier Cerdeña Armas