viernes, 21 de marzo de 2014

El General que no quiso visitarnos

Pero al que, en los días 19 a 21 de noviembre de 1928, le pagamos el agasajo que le hicieron en las otras islas.

Cuentan las crónicas que el Dictador planeaba su viaje a Canarias a mediados de años, pero la travesía le resultaba pesada. Pensar en varios días de navegación al Archipiélago le producía desazón, lo inquietaba porque le traía recuerdos de su tiempo en el Caribe.
Pero había que organizar el partido único de su unión patriótica y festejar recientes triunfos en la guerra de Marruecos; no podía dejar a un lado a los habitantes de ultramar y cometer el error que llevó a la debacle del viejo imperio español.
Por fin la agenda logró encajar aquel sueño aún a costa de tornarse pesadilla. Sería a finales de noviembre de 1928.
Y la decisión del Primo de Rivera saltó a la prensa: El Marqués de Estella viajaría a Canarias entre el 20 y el 30 de noviembre.
La maquinaria se puso en marcha y, de arriba abajo, de una isla a otra, ayuntamientos y cabildos consignaron unos gastos para agasajo al presidente del Directorio.
En Fuerteventura el Cabildo dio 600 pesetas y, bastante menos, los ayuntamientos que, maltrechos en sus haciendas, acudieron a la oligarquía que no dudó en aportar el apoyo financiero de sus propios caudales. Las listas de donativos se hicieron interminables en el periódico Diario de Las Palmas.
En Santa Cruz de Tenerife y en Las Palmas de Gran Canaria se le tributó a Primo de Rivera tal recibimiento que nunca antes se había visto tal desparpajo de fotografías, tantos ríos de tinta y tantos comentarios en los distintos periódicos de las islas.
Pero aquí, como en el resto de las islas menores, nuestros antepasados se quedaron perplejos: de punta en blanco para hacer de anfitriones de quien se acojonó por el estado de la mar y retornó a la Península Hispanica sin decir adiós.


Ni siquiera un cable, un telegrama, se lamentaron algunos… La calle Fernández Castañeyra se quedó con sus efímeros arcos florales, las banderas que lucían ventanas y balcones animaron el desconsuelo de quienes optaron por celebrar que el Dictador estaba en las capitales de las dos islas mayores…
Los fastos organizados se quemaron así a la luz del desconsuelo de una visita que no llegó.
Los majoreros, como los gracioseros, conejeros, herreños, gomeros y palmeros, se quedaron con las ganas, recordando otras visitas: el Ministro de Marina en 1905, Alfonso XIII en 1906, el Ministro de Justicia en 1927 y ahora, en 1928, con la del primer gobernador civil de la Provincia Oriental de Canarias.
El escenario escogido en la que nos ocupa fue la calle Fernández Castañeyra, esquina a las calles del Rosario y Fuerteventura, delante del edificio que compartían Ayuntamiento de Puerto de Cabras y Cabildo de la isla para sus menesteres político-administrativos.
Y lo curioso del asunto es que hasta se ilustró con fotografías la escenificación de aquel fracaso; al dorso de algunas de ellas se anotó “esto es de cuando vino Primo de Rivera”, ocultando que sólo había plantado sus dictatoriales pies en dos de las ocho islas habitadas de Canarias.

Quien quiera saber del caso encontrará muchos artículos en la prensa de la época, porque los cronistas, sencillamente guardaron sus bártulos en las islas menores y nada escribieron sobre tan triste visita porque, simplemente, no se realizó.

sábado, 15 de marzo de 2014

El servicio postal y los carteros rurales

Reapertura de la oficina postal de Puerto de Cabras, 1914

Hace cien años, en 1914, se puso en funcionamiento la oficina postal de Puerto de Cabras, siendo su primer administrador don Juan Salvá y Pons, al que sucedió el majorero don José Medina Berriel y, a su jubilación, el hijo de este pueblo, don Alfonso Felipe Domínguez; luego llegarían los trasladados don Rodrigo García Poves, que inauguró las dependencias que se abrieron en 1968 y quienes le sucedieron en el cargo.

Con anterioridad ya había funcionado en Puerto de Cabras aquella dependencia postal desde al menos 1873 a 1891 en que fue suprimida.
En 1909 se había organizado el servicio postal estableciendo conducciones a caballo desde Puerto de Cabras a La Oliva por Tetir, y desde Puerto de Cabras a Antigua Por Casillas del Ángel.
Diez años después, en 1919, la Dirección General de Correos creó la administración central de Las Palmas de Gran Canaria (más tarde de Las Palmas, en consonancia con el decreto de división provincial de 1927) y reorganizó el servicio postal de Fuerteventura con una conducción de Puerto de Cabras a Gran Tarajal y carterías rurales en Tetir, Casillas del Ángel, La Ampuyenta y la de Puerto de Cabras… después llegarían las Carterías de Enlace Puerto del Rosario-Salinas del Carmen por el Matorral y la de Puerto del Rosario-Guisguey-Time, por Puerto Lajas, entre otras; convertida ya la de Puerto del Rosario en Oficina Técnica de Correos y Telégrafos.
Aquellas fueron las líneas de reparto cubiertas por nuestros carteros rurales que se han ido simplificando y modernizando.

Pero la figura del “cartero rural” en sentido tradicional, de persona cercana y entrañable está en trance de desaparición, seguramente esperando un sentido homenaje; aunque ya pocos quedan de la época en que nuestro municipio y nuestra isla eran deficitarios en carreteras; los tiempos a que nos referimos (décadas de 1940-1970).

"Juanito el Cartero", escultura de Silverio López Márquez en la rotonda de entrada al valle de Tarajalejo (Tuineje). [Foto de Berto García Méndez]
 

Este funcionario conocía a todos y cada uno de los habitantes de los pagos en que ejercía su trabajo repartiendo la correspondencia y adivinando muchas veces quién era el destinatario de tal o cual envío por el simple apodo o por una anécdota que quedó en la memoria colectiva.
A él acudían los suministradores de servicios o de reparto de mercancías en demanda de ayuda, a los que respondía planteándose reflexiones como ésta, poco más o menos: “Curbelo…y cómo dice que es el segundo apellido… Ah, claro, este viene a ser el chico de Eulalio…pero… ¡ahora está en Villa Cisneros!”; todo un ejercicio de genealogista y conocedor de las familias del lugar, parangonable con el cura o el maestro.
El cartero rural llegaba a ser un auténtico “perito conocedor”, siendo buscado para esclarecer propiedades, porque no sólo conocía las familias: también las tierras y hasta las marcas de ganado y, como decíamos, hasta los nombretes, que usaba discrecionalmente para amueblar su memoria.
Hacía de escribano y lector a domicilio ayudando a quienes no tuvieron posibles o les faltó tiempo para aprender a leer y escribir, no por desidia, sino por tener que ayudar a la familia en las tierras, con el ganado y hasta en la casa…
Aguardado en los pueblos, el traía las pensiones y subsidios de los mayores y les entregaba los giros que los muchachos les mandaban desde sus lugares de trabajo cuando emigraban o estaban en el cuartel…
Por eso muchas veces ejerció también de comisionado cuando no de alcalde de barrio.
Eran nuestros carteros rurales los antiguos peatones que “circulaban” los oficios y la correspondencia oficial y particular primero a pie, luego a caballo, después en bicicleta y más tarde motorizándose con motocicletas y coches, hasta nuestros días.


La “casa del correo” o la “casa del teléfono” en nuestro pagos fue señalizada con un cartelito y se acompañaba la primera con el oportuno buzón.

El primer edificio postal de Fuerteventura se construyó en Gran Tarajal, Tuineje, en la década de 1950, con fondos de Regiones Devastadas. Una obra que contrarrestaba las inversiones de otro edificio oficial en Fuerteventura: La Delegación Insular de Gobieno de Puerto de Cabras.
Copyright: Francisco Javier Cerdeña Armas

viernes, 21 de febrero de 2014

Ecos de la prisión de Fuerteventura, entre ficción y realidad

Recuerdos de Tefía 

Cuando lo conocí estaba sentado en el mentidero del Muelle Chico, apoyado en su muleta de madera y parecía contar los adoquines de La Explanada mientras una suave brisa jugaba en su escasa cabellera, acariciándolo.
Me sostuvo la mirada durante unos instantes y, mesándose los pelos de una rala barba, volvió la mirada hacia la playita del muelle, hablándome como ausente.
Decidí seguir el objeto de su aparente atención y me topé con las arenas donde los barquillos reposaban desde tiempo inmemorial. Allí centelleaban los vidrios redondeados de las primeras botellas de ron que se descorcharon en Puerto de Cabras, una y mil veces removidas por el mar.
Era relajante y, cada reflejo parecía abrir un nuevo recuerdo en maestro Juan. Lo escuchaba entre el rumor de las aplaceradas olas. Uno a uno se me fueron grabando en la memoria; entonces cerré el bloc y guardé el lápiz: lo que contaba me sobrecogió. Abrí la grabadora y le dejé hablar…
Tiempo después, repasando las notas y las cintas con las entrevistas sobre Tefía, me topé con la de Juanito. Entonces él ya había muerto, pero su voz me repitió una y otra vez lo que, poco más o menos, contaba…



¡Se ponga firmes, coño! Gritó el alcaide con tono desquiciado.
Recién había llegado lo colocaron allí, en medio de la sala, enfrente de la mesa de quien parecía ser el director. Aquel que pronunció la orden casi gritando.
Estaba de pie, descalzo y casi desnudo, con una barba de pocas semanas; sudoroso, temblando… Custodiado por dos elementos que, en lo único que se diferenciaban de él era en la camisa azul mahón que ambos llevaban muy a gala, y con alpargatas de esparto y lona, y en la mano de uno de ellos un viejo máuser que no dudó en utilizar para dar un culatazo en la barriga del reo cuando vio que se levantaba el alcaide.
Eustaquio –que así se llamaba el preso- se tambaleó con el golpe, esparciendo gotas de sudor sobre sus guardianes, pero no gritó; al menos no articuló palabra de dolor, sólo se adivinó en su cara un gesto como el de quien traga un erizo con púas y todo…
El alcaide Pedro de San Felipe se apoyó en la mesa con los brazos cruzados, murmurando “menudos redaños tienes, cabrón”: a ver cómo te portas dentro de unos días… Y dirigiéndose a los guardianes les requirió el parte de traslado del reo.
Entonces se adelantó el que no portaba el máuser, pero que tenía unos hilillos en las hombreras de la camisa azul, como evocando viejos rangos y le entregó una carpetilla mugrienta en la que se adivinaba un membrete con escudo imperial y la leyenda “Comandancia Militar de Fuerteventura”.

¡Asistente!, ¡Asistente! -gritó de nuevo el alcaide. Y al otro lado de la puerta semiacristalada se vio cómo una sombra se levantaba y se acercaba a la puerta que, de inmediato se abrió dando paso a un bien parecido mozo de cara afeitada y gafitas redondas; se dirigió al rincón en el que, en penumbras se adivinaba una mesilla auxiliar sobre la que reposaba una vieja hispano olivetti de carro largo y de color negro junto a un puñado de folios y varias tongas de expedientes apilados de tal forma que parecían desafiar la fuerza de la gravedad.
Cuando usted quiera, señor director –dijo el joven recién llegado, dispuesto a mecanografiar el parte de ingreso de un nuevo recluso:
Y al dictado fue anotando las palabras de su superior:
“En el lugar de Tefía, siendo las 11:30 horas del día 18 de mayo, se personaron en mi despacho quienes se identificaron como falangistas de Puerto de Cabras y que a requerimiento –según decían- del Comandante Militar de la isla, acudieron al acuartelamiento de la calle León y Castillo para hacerse cargo del preso Eustaquio, detenido en la playa del muelle chico en los momentos y por las razones que rezan en el expediente y que luego se dirán…”

Delante de las oficinas del presidio de Tefía descansaba el chevrolet número 2189 en el que Esteban los había traído. Y allí aguardaba el viejo camarada, con su camisa azulona, con su boina roja, sus polainas y sus botas en animada plática con uno de los vigilantes del presidio.

Recuerdo cuando hicieron estas casas –comentaba Esteban- en 1940 o 1941; bueno eso fue la construcción, porque el meneo de las tierras ya había empezado durante la Guerra… Aquí estuvieron muchos rojos presos, trabajando, despedrando y limpiando para hacer la pista de aterrizaje…

A la sombra seguía el alcaide  cumplimentando el ingreso del nuevo recluso: A ver, Asistente, léame lo último que le dije, que quiero insertar aquí el atestado de su detención…

“En el lugar de Tefía…” –contestó el asistente con ánimo de seguir.

Todo no, ¡coño!, lo atajó su superior: dígame sólo la última frase.
Ah, sí, prosiguió el asistente: “…detenido en la playa del muelle chico en los momentos y por las razones que rezan en el expediente y que luego se dirán…”, y se calló.

Si, sí, tome nota:

Según el atestado que le abrió el Jefe del puesto de la Guardia Civil en Puerto de Cabras, expediente número 1.111, en la playa del muelle chico se detectó la presencia de un individuo que sentado en el centro mismo de la arena, profería gritos irrepetibles contra su Excelencia el Generalísimo, según manifestaron algunos testigos presenciales que se apresuraron a dar parte a la pareja, la cual, allí personada procedió a reducir a quien resultó ser Eustaquio, de oficio pescador, y conocido en la localidad por el manco… Todo esto me lo pones entre comillas, precisó el alcaide.

Hacía ya más de un año que se estaba preparando la visita del General Franco y este caso no vino más que a acentuar la extrema vigilancia que se había desplegado en Puerto de Cabras: En la Explanada, a la salida del muelle grande, y las entradas de las carreteras de La Oliva, Tetir, Casillas, El Matorral y Puerto Lajas se situaron puestos de control militares y las parejas de la Guardia Civil transitaban con bastante frecuencia estas vías.Tanto fueron los movimientos inversores y de vigilancia en la isla durante los años de la segunda guerra mundial que, cuando Franco se atrevió a viajar, lo hizo a Canarias, para recordar los momentos iniciales del “alzamiento”, pero también visitar y conocer de primera mano la isla atlántica que pudo haber sido alemana en 1941-43, como alternativa a la fallida caída del Peñón o el cierre del Canal de Suez.El Jefe del Estado fue ampliamente informado de cuanto el Mando Económico de Canarias había hecho durante aquellos años de la década de 1940 en Fuerteventura, lamentándose de la pérdida de un personaje como García Escámez. No había más que enumerar las obras: barriadas obreras, cuarteles, presa, colonia rural, aeropuerto de Tefía… Toda una estrategia para poner en valor una isla que pudiera ser decisiva en el contexto norteafricano, caso de que Gran Canaria cayera en manos inglesas, como insinuó alguno de sus asesores.

… “Y vengo en ingresar en la prisión que dirijo al reo de nombre Eustaquio, con adscripción a la cuadrilla de trabajos forzados en fincas, canalizaciones y carreteras”, concluyó el alcaide advirtiendo al asistente que lo entrecomillara y pusiera la data para firmar. Termine los papeles que ahora vuelvo.
Acompáñenme por aquí –dijo a los dos falangistas- que arrastraron al preso por un largo pasillo que les condujo a una de las dos únicas celdas allí existentes.
Se oyeron murmullos tan pronto se abrió la puerta, pues aún quedaban allí algunos que no pudieron salir a los trabajos en La Presa, y sin más cerraron el cuarto y deshicieron el camino hasta la calle, donde aguardaba el coche que debía retornar a Puerto de Cabras.

Diez años antes, durante los prolegómenos de lo que sería II Guerra Mundial, Fuerteventura, apareció en cuantos informes y documentos alimentaron la operación “Félix”, con la que los alemanes intentaban ocupar una de las islas del Archipiélago. Si España entraba en la contienda mundial lo haría del lado del Eje, lo que mosqueaba a los ingleses que veían así peligrar su hegemonía en el Peñón ante una eventual ocupación española; como también los inquietaba el bloqueo de Suez y el acceso a las colonias del otro lado del mundo. Y con estas perspectivas la salida británica pasaba por invadir, con el apoyo aliado, una de las islas canarias que tuviesen mejores muelles para trasladar a ella su base naval. Apostaron por Gran Canaria, cuyo Puerto de la Luz y su aeropuerto de Gando ofrecían un punto estratégico en el área atlántica. Atinadamente así lo sospecharon los alemanes que intentaron incrementar su presencia en la zona, no sólo para abastecimientos de los U-Boote, que, por otro lado, ya era un hecho, sino por establecer una base atlántica aerotransportada que sirviera de puente a sus apetencias sobre el continente africano. El Mando Económico de Canarias, al frente del cual estaba el Excmo. Señor Francisco García Escámez e Iniesta, asumió todo el control del Archipiélago en los momentos de posguerra y guerra mundial…

Estas eran las lecturas que solía hacer el alcaide de la prisión de Tefía en sus ratos de aburrimiento y sesteo bajo un sol de mediodía, mientras rebuscaba entre los viejos periódicos que aún quedaban en los cuartos de lo que, en otro tiempo, fue cuartel del arma de Aviación, cuando custodiaba el aeródromo que allí funcionó hasta 1952. Aunque las más de las veces fantaseaba y, medio adormecido, se imaginaba oficial de la aerotransportada alemana, visitando las inmediaciones, analizando las aguas, las pesquerías de Los Molinos, la carne que les proporcionaría el ganado de costa que por allí deambulaba… De cuando en cuando, los remolinos y el viento de aquellas llanuras lo envolvían acunándolo hasta la media tarde en que retornaban los presos de los trabajos forzados.

El alcaide se volvió a recostar adormecido y de sus manos cayó el libelo que andaba leyendo, saltando al aire la cuartilla que usaba a modo de marcador:

Comandancia Militar de Fuerteventura, Puerto de Cabras, Mayo de 1950.
Para el Alcaide de la Colonia Penitenciaria de Tefía:
“Los portadores de la presente, falangistas acreditados de Puerto de Cabras, a nuestro requerimiento acudieron para ayudar en el traslado del preso Eustaquio a las instalaciones de ese centro penitenciario, a la espera de abrírsele consejo de guerra por proferir gritos contra su Excelencia el Jefe del Estado y mostrar resistencia a mi autoridad… Aíslesele hasta tanto se le forma dicho consejo… El comandante, don Ceferino”

Saque usted sus propias conclusiones!

Fue la última frase que creí entender en la audición de la cinta del maestro Juan.


Por el respeto a su memoria que es la de todos los que allí estuvieron me decidí a escribir estos folios.

Copyright: Francisco Javier Cerdeña Armas

lunes, 10 de febrero de 2014

Carreteras y toponimia: barrancos de nombre desconocido

Barrancos y playas de Puerto del Rosario

En nuestros paseos motorizados o a bordo de nuestros zapatos nos topamos con una serie de accidentes geográficos a los que mentalmente damos nombre, los conocemos, sin caer en la cuenta que otros más jóvenes, visitantes o no nacidos aquí, no tienen por qué conocerlos.
Si imaginamos que la trama urbana y viaria de Puerto del Rosario es un inmenso tapiz que se tiende sobre el territorio, es fácil suponer que una buena cantidad de topónimos quedarían ocultos, olvidados, subterráneos.
Pero ellos, durante mucho tiempo, sirvieron de hitos o mojones que ayudaron a nuestros antepasados a delimitar sus fincas y solares, a orientarse en el trazado de caminos, a referenciar acontecimientos pasados en su entorno con una exactitud propia de los tiempos antiguos, de los tiempos pasados; pero es de mucho interés recordarlos aún en la actualidad.
Por eso aquella toponimia también resulta de gran utilidad a quienes intentan narrar hechos del pasado, ubicar edificios, delimitar caminos, situar accidentes geográficos y sucesos que allí acontecieron…

Barranco Viejo o de La Herradura, cerca de la Garganta del Diablo, en el municipio de Puerto del Rosario, lo cortan caminos y carreteras sin identificarlo. (Foto aportada por Paco Cerdeña)
Nuestro frente marítimo pregona con unos visibles cantiles de basalto dónde estaba la orilla del mar, con muchas de sus playas enterradas y que partiendo, por ejemplo, de la Explanada en dirección sur, por la Avenida Reyes de España, podemos recordar: La de la Carnicería, la de Encarnación Hormiga o de los Jorge, la de Las Cuevas, Escuevas o Mastrantos, la de Juanito El Cojo o del Lastre, La de Los Pozos, la Caleta de Los Pozos y el Carnadero de Los Pozos…
Y aquí me quiero detener. En Los Pozos, porque todo este último entorno alude a los antiguos socavones que permitieron beber a nuestra gente. El barranco del mismo nombre, como el de otros que ahora no vamos a citar, marcó hondamente la toponimia circundante que llegó a bautizar el propio Estadio Municipal.
Sin embargo, el barranco que nos ocupa no aparece identificado en la señalética de carreteras y, como algunos otros, tampoco en el callejero que los soterró.
Acompáñenme, si no, en un recorrido por su cauce desde la desembocadura hasta los cuchillos que separan Casillas del Ángel de Tetir y Las Atalayas del Viso, donde nace.
Poco antes de recibir las aguas de los barrancos de Lugo y Risco Prieto, la carretera del Aeropuerto lo cruza sin pregonar a los curiosos que puentea dicho cauce.
Sigamos el de Risco Prieto hasta las Atalayas del Viso para volvernos a encontrar con que la carretera FV20 y la Circunvalación de Puerto del Rosario saltan por encima sin mencionar su nombre.
Y si ascendemos por el Barranco de Lugo, volvemos a toparnos con la Circunvalación de Puerto del Rosario justo en el punto donde confluye con los Valichuelos o Barichuelos, el Barranco de Jaifa y El Canalizo que, con fuerza viene relevando al de Lucas Méndez hendiéndose en el basalto suelo.

El Barranco del Canalizo, ya citado por  Ramón Castañeyra en en su memoria de costumbres de Fuerteventura en el siglo XIX, lleva las aguas del Barranco Lucas Méndez hasta la confluencia con el de Jaifa-Lugo... Lo vemos impetuoso, por debajo del puente de la antigua carretera de Puerto del Rosario a Tuineje. (Foto aportada por Paco Cerdeña)
Unos y otros vuelven a ser puenteados por la carretera FV20 hacía Antigua en el barranco de Jaifa y en el barranco de El Canalizo donde aquella confluye otra vez con la Circunvalación de Puerto del Rosario, cerca de la Rosa Vila; y en ningún caso la señalética viaria informa de aquellos encuentros, de aquellos topónimos que siguen y seguirán bullendo en la memoria colectiva, siquiera documental o escrita, tan necesaria a los Registradores de la Propiedad, por ejemplo.

El barranco Pilón es un ejemplo que desaparece bajo el proceso de urbanización. Una calle paralela a su cauce perpetua este toponónimo. (Foto aportada por Paco Cerdeña)
Y lo mismo podríamos decir de otros tantos barrancos y barranquillos del municipio de Puerto del Rosario, algunos tan importantes como El de Los Molinos, el de Río Cabras, la Muley, Juana Sánchez o el de La Herradura que permanecen huérfanos de nombre en la señalización viaria, anónimos accidentes de una geografía que intentamos explicar en excursiones de todo tipo porque nos sentimos orgullosos de nuestro patrimonio y también la toponimia forma parte de él.
Concluyo apuntando que cuanta más información se traslade desde el esfuerzo cartográfico a la red de carreteras, caminos y calles, tanto más se enriquecerá nuestra toponimia y por consiguiente, nuestro patrimonio.

Copyright: Francisco Javier Cerdeña Armas

domingo, 19 de enero de 2014

El vapor francés "Nada" encalla en El Cotillo, 1899

El vapor francés “Nada” encalla en la punta de Tostón

También los franceses vinieron a degustar nuestro marisco, yendo a embarrancar en un punto próximo al que llegaron a finales del siglo XVIII los tripulantes de la fragata “Mars”, de la misma nacionalidad, en su encontronazo con otra de la armada británica.
El 20 de agosto de 1899 el vapor “Nada” hacía el trayecto desde Lisboa a la costa de África cuando vino a tocar fondo en los bajos de la punta de El Cotillo, donde naufragó, trasladándose sus tripulantes al Puerto de la Luz y de Las Palmas. Los del “Nada”, nada quisieron saber de los majoreros que intentaron auxiliarles pues, cuando los vieron acercarse en los botes, optaron por dispararles varias andanadas… Y los pobres marineros de El Cotillo, acostumbrados a la solidaridad en el rescate de los muchos naufragios que se produjeron en sus costas, recogieron sus barcas y dieron cuenta a la capitanía marítima de Puerto de Cabras. Llegado el asunto a conocimiento del Delegado de Gobierno en Gran Canaria y advertido por el alcalde de Arrecife de la posibilidad de contagios, mandó a las autoridades majoreras que evitaran cualquier contacto con la gente del buque siniestrado.

Y es que los "sucios" fueron los gabachos, no sólo por la ingratitud demostrada, sino porque procedía de puerto apestado, razón por la cual la autoridad grancanaria, tan pronto llegó el bote con los náufragos, mandó su ingreso en el Lazareto de Gando, no sin antes dar cuenta al Gobernador Civil en Santa Cruz de Tenerife. Y a otra cosa “mes enfants”.

jueves, 19 de diciembre de 2013

El antiguo almacén de tomates de Gran Tarajal y los cabildos

Un espacio ideal ubicado en la calle León y Castillo esquina a calle Sabandeños, acoge la exposición del Centenario de los Cabildos Insulares.
Brillante iniciativa, sobre todo si coincide con el atraque de cruceros en prueba. El espacio que ofrece aquel inmueble es excelente para este tipo de actuaciones y muestras. Pero ¡ay, si las paredes hablaran...! Allí se escucharía el clamor de muchos años de actividad de un sector que dio vida y trabajo durante años a toda la comarca sur de Fuerteventura, por no decir a toda la isla: el tomatero.
En tiempos de zafra la población casi se triplicaba, ocupándose en tareas del sector que iban desde la preparación de las tierras hasta la exportación por el muelle construido en Gran Tarajal a principios de la década de 1920... Y es que hasta las cajas se reparaban en los domicilios para complementar los salarios y las economías familiares.

Mujeres reparando cajas de madera para el tomate, Gran Tarajal, Fuerteventura.

La evocación viene a cuento porque hoy es posible recuperar y, sobre todo, difundir el rico patrimonio etnográfico ligado al sector tomatero, escuchar las voces grabadas de los viejos y de los no tan jóvenes que allí trabajaron: películas y testimonios sonoros de ayer junto a la fotografía darían vida, sin lugar a dudas, a un verdadero espacio de exposiciones en uno de cuyos rincones pudiera alojarse la memoria colectiva de allí y de toda Fuerteventura, como homenaje a quienes, de verdad, apostaron e hicieron posible el puerto de Gran Tarajal, a quienes con su trabajo, escribieron la historia de buena parte del siglo XX en el sur de la isla.
Porque apostar por el Puerto del Sur ya lo hicieron los Velázquez a finales del siglo XIX, con el reparto de la costa, y los siguieron en el empeño los "Caballeros de la Orden del Sur", con Matías López, al despuntar el nuevo siglo, y otros que continuaron en la misma línea, soñando con su muelle.
Por fin un espigón iluminó las expectativas del "puerto frutero". El alumbramiento de aguas subterráneas, la implantación de los molinos de bombeo, el cultivo del tomate y la primera cooperativa agrícola de la isla, hicieron el resto.
Por tanto, exposición homenaje a los Cabildos, sí; pero también compromiso de continuidad en el sentido de brindar a  la localidad la oportunidad de mostrar una actividad que dio vida e identidad a esta comarca sureña.
Sería el mejor homenaje de respeto a los antepasados y a nuestra propia historia económica ya que, además de rezar, también trabajaban. Que no se postergue y olvide como aquel otro epígrafe de la economía insular como fue la piedra de cal, la cal o el yeso... Y de paso ofrecer algo más al visitante y a nuestra gente, grandes y chicos, en sus paseos por la isla.
Copyright: Francisco Javier Cerdeña Armas

domingo, 17 de noviembre de 2013

La Calle León y Castillo, Puerto de Cabras, 1895

Luce la placa más antigua de Puerto del Rosario.

Un  rótulo que data de 1895, casi un año después de la inauguración del muelle municipal de Puerto de Cabras, con el que se le homenajeaba agradeciéndole la intercesión mostrada en la consecución de dicha infraestructura.
Conviene saber que hasta ese año la calle se denominaba calle Principal o calle Real y es la más antigua de la localidad, al ser el extremo del viejo camino que unía el embarcadero con la cabecera parroquial y municipal de Tetir, del que se independizó el municipio de Puerto de Cabras en 1835.


Rótulo de la calle León y Castillo, Puerto del Rosario, en la actualidad. [Foto aportación de Paco Cerdeña]

La formalización de este cambio en el callejero de la ciudad la llevó a cabo el Ayuntamiento Pleno en sesión de 28 de julio de 1895, donde se acordó por unanimidad poner el nombre de Don Fernando de León y Castillo a la Calle Principal, remitiéndole copia certificada como testimonio de gratitud:
            “...Habiendo dado en distintas ocasiones el Excmo. Sr. Don Fernando de León y Castillo pruebas de su interés por el bien estar y fomento de este pueblo, como a todos consta, era acreedor a que se le demostrara la gratitud del vecindario. Nadie ha podido olvidar, dijo el Sr. Presidente [habla Ramón Fernández Castañeyra], el empeño con que este ilustre patricio atendió nuestras peticiones cuando los dolorosos efectos de una calamidad terrible pesaba sobre Fuerteventura; nadie tampoco ha podido olvidar la creación, a él debida, de una Dirección de Sanidad Marítima que más tarde nos arrebató el afán de economías; grabado en la memoria de todos se halla el recuerdo de la subvención obtenida por su mediación para las obras del muelle, y cifra una de nuestras más lisonjeras esperanzas el favorable éxito que cuando las circunstancias la permitan obtendrán sus gestiones para el establecimiento del telégrafo, asunto que ya está muy adelantado, la erección de una parroquia y subasta de la carretera. Aparte de esto, hay otras cosas de utilidad general que apoyan con decidido interés, y nada más justo que corresponder en la débil medida de nuestras fuerzas a tanta distinción y a tantos servicios. Propone, pues, la presidencia, que para que en todos tiempos se recuerden los favores del Excmo. Señor Don Fernando de León y Castillo se ponga su nombre a la calle Principal de esta población como humilde testimonio de agradecimiento.”
Así lo aprobó la corporación de forma unánime.
Pero la calle, como suele ocurrir en todos los pueblos cabecera de distrito municipal, tuvo, siquiera en papel o en intención, otros nombres.
Así vemos cómo, mucho más tarde, durante la II República, el Ayuntamiento acordaba cambiar aquel nombre en sesión del 20 de enero de 1933 por el de Indalecio Prieto, en atención y agradecimiento de este vecindario por la concesión del Puerto (léase muelle comercial) y depósito de aguas. Desconocemos si este acuerdo se ejecutó en algún momento, pues fueron más las ocasiones en que declarativamente se acordó cambiarle el nombre, no trascendiendo a la documentación otros que no fueran Principal, hasta 1895, y León y Castillo, después de dicho año, para referirse a este vial de nuestra ciudad.

El muelle chico, junto a la casa número 1 de la calle León y Castillo, Puerto del Rosario. [Del libro Puerto de Cabras. Puerto del Rosario, una ciudad joven]

Sea como fuere, allí sigue el viejo rótulo con placa de mármol enmarcada en madera, clavado en la pared del edificio número uno de la calle, haciendo esquina con la de Teofilo Martínez de Escobar, en la “Explanada”, mirando la evocadora fuente, tal y como 118 años antes lo hizo por primera vez, entre voladores y adoquines, frente al muelle municipal, bañado en el salitre de la maresía.
Copyright: Francisco Javier Cerdeña Armas