lunes, 18 de junio de 2012

La primera ermita de Puerto del Rosario, 1812

En este año se cumple el bicentenario de la apertura al culto del primer santuario establecido en Puerto de Cabras. Estuvo en la calle de La Marina, actual García Hernández, donde se habilitó un pequeño local que aún podemos adivinar en las proximidades del cruce de aquel vial con el del Doctor Mena.
Este primer templo se abrió mucho antes de constituirse en municipio independiente. Tanto en lo espiritual como en lo político, los moradores de esta ciudad debían ir a la cabecera parroquial y municipal establecida en Tetir, de la que dependieron  hasta 1835 y 1906, respectivamente.


"Junio 4 de 1812.- ... En vista a lo que se nos expone en el memorial que antecede y de lo informado en su apoyo por nuestro Vicario de la isla de Fuerteventura, concedemos a éste facultad para reconociendo, acompañado de notario, la sala que tienen preparada los vecinos del Puerto de Cabras, para que les sirva interinamente de oratorio público por los justos motivos que exponen..."


Las obras de iglesia parroquial que hoy vemos en la Plaza de Nuestra Señora del Rosario se iniciaron más tarde, en la década de 1820.



Un ambicioso proyecto de 1845, contemplaba la construcción de dos torres para la culminación de la iglesia  de Puerto del Rosario, pero la crisis en el mercado de la barrilla, principal motor económico de la localidad y la isla, provocó el abandono de la idea...

lunes, 30 de abril de 2012

Cargando al muerto

Apunte sobre una prestación vecinal que se mantuvo en Puerto de Cabras hasta mediado el siglo XIX.

Los caminos tradicionales o históricos de Fuerteventura están "llenos" de cruces que, a su vera, se levantan adosadas a pequeños poyos de piedra seca. Ambos elementos, así instalados junto a los viales, recuerdan pequeños altares.
Pero muchos de ellos son, en realidad, descansaderos de atáud, reposaderos en el traslado de los cadáveres hasta la suelo sagrado en las respectivas sedes parroquiales; una costumbre que precedió a la legislación de cementerios de la década de 1830, pero que, en Puerto de Cabras, dependiente de Tetir en lo espiritual hasta 1906, se mantuvo hasta que en 1871 inauguraron su propio camposanto, hartos como estaban de subir la dichosa Cuesta que luego llamaron de Perico.



Cargando un difunto en Fuerteventura. Reproducción  del dibujo de Paul Merwart publicada por la FEDAC
 
Hasta principios del siglo XIX era hatibual que los muertos se trasladasen desde los pueblos a la parroquia, para ser enterrados en suelo sagrado. Entonces no había cementerios y los cadáveres recibían sepultura bajo el propio pavimento de la iglesia parroquial. Allí, sin la caja, se depositaba al difunto amortajado con el hábito designado en sus últimas voluntades, y se recuperaba el ataúd para ulteriores servicios.
Lo penoso del asunto en etapas pretéritas se valora cuando vemos que Fuerteventura es una isla alargada y que los pueblos distan mucho entre sí; y si a ello unimos las altas temperaturas que por aquí suelen darse, acarrear la caja de finados en plena canícula podía resultar una árdua labor. Por eso, cuando el muerto era un bebé -me contaban algunos viejos- (que por la edad  podía no estar bautizado), muchas familias sencillamente lo enterraban en el cercado de tuneras, próximo a la casa, una ocurrencia que pudiera resultar grotesca a quien esto lea, pero también era un ahorro para la comunidad, que tenía que recurrir al servicio de prestación personal para los traslados.
Porque ¿Quién se encargaba de acarrear a los muertos?
En el Antiguo Régimen las cofradías de ánimas se ocuparon de buena parte de los trayectos, del ceremonial y de recolectar para ayudar a la viuda cuando el finado era cofrade o hermano en aquellas sociedades. Pero lo normal era que fuesen los propios deudos y amigos del muerto quienes arrimaran el hombro o prestasen algún camello para verificar el traslado a lomos de aquella bestia.
Nada dicen las actas del antiguo Ayuntamiento o Cabildo Insular hasta 1799, razón que nos hace pensar en que los muertos se llevaron a tierra sagrada en la forma antes insinuada, usando la caja comunal que se guardaba en la cripta de la parroquia matriz de Betancuria hasta no hace mucho. Y el muerto se inhumaba amortajado con los hábitos de su devoción cuando así se contemplaba en su testamento. Y tampoco sabemos si por el entierro se pagaba algún cánon; una duda que se nos disipa en parte al contemplar que la caja era de la parroquia y el suelo que acogía al muerto, también.
Otra cosa distinta comenzó a plantearse cuando se construye el primer cementerio de la Isla en Casillas del Ángel, fruto de la ampliación de su iglesia y de la erección de la parroquia de Santa Ana con una más amplia arquitectura.
Y cuando en la década de 1830 comenzaron a funcionar los ayuntamientos contemporáneos, la costumbre se hizo ley y como tal se contemplaría en las ordenanzas municipales. Y el acarreo de los cadáveres pasó a ser obligatorio, sumándose a la prestación vecinal o personal que ya se exigía para la limpieza de caminos y fuentes, por ejemplo.
La prestación pasó a ser en nuestro municipio un servicio obligatorio, exigible a todos los varones de más de 18 años, con exclusión de los ancianos y contemplándose, como era también habitual en el XIX, la redención a metálico o mandando, los que podían, a sus propios peones cuando les tocaba cargar el muerto.
Hasta 1871 esto fue así...

lunes, 23 de abril de 2012

En el Día del libro 2012

El primer libro impreso en Fuerteventura: 1974

La festividad anual del libro español se adoptó desde el 6 de febrero de 1926 de una forma un tanto oficialista y acotando lo que, por definición, deber ser libre y sin fronteras.
Cuatro años después de su institucionalización, por Real Decreto de 7 de septiembre de 1930 se cambiaba la festividad de Libro al 23 de abril, aniversario de la muerte de Cervantes. Coincidió la primera celebración en esta nueva fecha con la II República Española.
En Fuerteventura la festividad que nos ocupa salió a la calle, en los alrededores del templo parroquial de la capital, en la plaza de Nuestra Señora del Rosario, a finales de la década de 1980: Allí, después de la lectura del pregón que pronunció Juan Manuel Perdomo Nóbrega, se abrieron los stands y varios libreros invitados por el Cabildo Insular como organizador, acercaron abiertamente sus productos a la ciudadanía…

Entre los anaqueles de aquellas casetas me pareció ver la obra de María Dolores Fajardo Negrín, “La Voz de Fuerteventura”, 1971, escrita por una majorera pero impresa en Las Palmas de Gran Canaria, y me pregunté ¿Cuál sería el primer libro escrito e impreso en Fuerteventura?...
Supe que hubo periódicos que aunque residenciados aquí, eran impresos también en la capital grancanaria, casos de La Aurora (1900-1906), La Voz Majorera (1922-1923); pero otros sí que se imprimían en la isla, como El Majorero (1944) y Herbania (1944). Lejos me quedaba el manuscrito El Eco de Tiscamanita, de la década de 1880… En las páginas de todos ellos se destiló la creación literaria de muchos majoreros, ya en forma de artículos o de folletines y crónicas…


Y como la curiosidad no tiene límites, seguí buscando hasta llegar al colofón de un librito editado por el Instituto Nacional de Bachillerato “San Diego de Alcalá”, de Puerto del Rosario. En su cubierta se podía leer “Taro, Cuadernos majoreros, número 1. Cantares humorísticos en la poesía tradicional de Fuerteventura”. Estaba introducido y anotado por el siempre recordado Francisco Navarro Artíles, corriendo la selección y clasificación de los cantares a cargo de sus alumnos del curso 1970-71: Domingo Fuentes Curbelo, Emilia Carmona Calero, Fátima Perdomo Nóbrega y María Dolores Rodríguez Calero. Y lo quiero recordar aquí, en el día del libro de 2012; el colofón dice así:
 “Este es el primer libro impreso en la Isla de Fuerteventura, una de las Canarias. Se acabó el día 13 de noviembre de 1974: lo compuso a mano Gonzalo Alonso Hernández; lo tiró a maquina Miguel Castilla Perdomo; plegó los cuadernillos Francisco Fajardo de Armas [Pacheco]; cuidó de la edición y corrigió las pruebas Francisco Navarro Artíles. Se confeccionó en la Imprenta Chacón de Puerto del Rosario.”
La solemnidad que el maestro quiso dar a esta obra de recopilación merece ser escuchada y nos convida a releerla como fuente para quienes hoy continúan escribiendo y trabajando con las coplas y cantares tradicionales de Fuerteventura.
Esta obra puede consultarse en abierto en la WEB de la Biblioteca Universitaria de Las Palmas, a la que remito a quienes deseen disfrutar con su recuerdo.

martes, 28 de febrero de 2012

El Júcar naufraga en la Playa del Valle de Santa Inés (Betancuria), 1984

El portacontenedores “Júcar”, embarrancado en la Playa del Valle de Santa Inés (Betancuria), 1984-2000.
Como un juguete de las olas. Así soportó los embates de “la mar del Norte” el porta-contenedores Júcar, de la Naviera Pinillos, cuando embarrancó cerca de la Playa del Valle. Una suerte que han corrido numerosas embarcaciones durante la historia marítima de Fuerteventura.
Aconteció en la madrugada del día 21 de diciembre de 1984, mientras cubría el trayecto entre el Puerto de la Luz y de Las Palmas y los de Gijón y Santander, con escala en Arrecife, hacía donde se dirigía por la costa occidental de Fuerteventura… Al decir de uno de los tripulantes, de repente todo tembló en el barco, por lo que subieron a cubierta para percatarse de que el buque había tocado fondo y se encontraba encajado entre las rocas y la orilla, en medio de la oscuridad… Fue entonces cuando el capitán, José González García, puso en marcha el dispositivo de salvamento, ordenando el uso de chalecos y la preparación de los botes salvavidas; mientras el radiotelegrafista emitía llamadas de socorro a todas las embarcaciones que pudieran encontrarse en las inmediaciones, a la Emisora Costera y a la Armada; aún no sabían muy bien dónde se encontraban… Y el rescate demoró. Casi cinco horas tardaron los marineros de la Ayudantía Militar de Marina de Fuerteventura en llegar junto al buque…

Foto aportación de Paco Cerdeña: El Júcar, la mañana del 22 de diciembre de 1984.

La incertidumbre y la desolación sobrecogieron a los 18 tripulantes y a dos mujeres que viajaban en el mercante; mientras esperaban los auxilios recibieron desde tierra el aliento de los huéspedes de un establecimiento hotelero próximo, que acudieron con sus coches para iluminar con los faros el costado de la embarcación que daba a tierra. Esto fue lo que percató a los marineros de la verdadera situación, dándose por perdido un buque valorado en unos 100 millones de pesetas.
La navidad de 1984 vino colmada por la mercancía derramada en la Playa del Valle, a cuyo apaño acudieron numerosos vecinos que en medio del espectáculo de las olas barriendo la cubierta, veían cómo numerosos contenedores se estrellaban contra los riscos, dejando salir su carga… En uno de los embates la playa quedó cubierta de naranjas, mientras grupos de gente se afanaban en el interior de algún contenedor, buscando bebidas y botellas de agua, de refrescos…

Foto aportación de Paco Cerdeña: El Júcar derrama su carga en la Playa del Valle.

Pero las autoridades, especialmente el entonces alcalde de Betancuria, Carmelo Silvera Rodríguez, y sobre todo las agrupaciones ecologistas, alertaron del peligro real que aquella lamentable escena albergaba: una eventual marea negra. Alrededor de 140 toneladas de fuel seguían aún en los depósitos del Júcar y se aconsejaba a quien correspondiera, estar prestos para que, en cuanto amainase el oleaje reinante, extrajeran aquel peligro…
Y es que junto al naufragado Júcar se dieron otros peligros. El día de Noche Buena y en el entorno del buque siniestrado resultó herido por disparo de agentes de la seguridad privada que decían custodiar el naufragio, el joven P.S.S., alcanzado al parecer en la corva de la pierna izquierda cuando estaba con otros amigos en los riscos de la Playa del Valle.
El día 27 de diciembre la presión ante la alerta de marea negra, pone en marcha el dispositivo para la extracción del combustible, ofreciéndose la empresa grancanaria de Juan Mederos, aunque finalmente lo realizó Transportes Hernández Cabrera, como veremos.

Foto aportación de Paco Cedeña: El Júcar soportó el castigo de las olas...
El día de los Santos Inocentes, el ímpetu de las olas fue tal que quebró la embarcación, hundiéndola en su parte de proa que quedó encajada en la caleta de Cho Zamora; el resto fue un juego para el embravecido mar que giró la popa hasta echarla sobre las rocas; aún mostraba su hélice, su puente, su mástil… y los cabos y cadenas se descolgaban de las amuras como hilillos de sangre o lágrimas de un animal herido y consciente de su suerte, sin nada que sujetar…
El riesgo de vertidos, pues, había aumentado. Fue entonces cuando cayeron al mar seis de los casi ochenta contenedores que llevaba, y a la orilla llegaron latas de aceite, frutas, verduras y botellas de agua y refrescos de lo que dieron buena cuenta los expectantes observadores…
Grupos ecologistas como Aulaga y Mahoh insistieron culpando al Gobierno Canario de la eventualidad de una marea negra; protestas de las que se hizo eco el Parlamento Regional admitiendo a trámites, pocos meses después, una propuesta no de ley presentada por los parlamentarios majoreros sobre este tipo de crisis. Y es que las 140 toneladas de combustible aún permanecían en las entrañas del Júcar.
El día 29 de diciembre era el presidente del Cabildo de Fuerteventura, Gerardo Mesa Noda, quién pedía la urgente evacuación del combustible, que para la singladura que había emprendido aquel navío, para nada le iba a hacer falta.

Foto aportación de Paco Cerdeña: Extracción de combustible del Júcar.
Por entonces la empresa Transportes Hernández Cabrera ya estaba retirando los contenedores que habían caído a la playa al partirse el barco. Y en medio de aquella escandalera la comida y la bebida aprovechable: A juzgar por comentarios de la época, Cruz Roja del Mar se sumó al rescate de la mercancía para repartirla entre las familias necesitadas…
El día 30 de diciembre la empresa antes mencionada comenzó la extracción del fuel, lográndose evacuar 20 toneladas…
Sin embargo, en febrero del año siguiente, 1985, el Júcar seguía expulsando vertidos, por lo que el alcalde de la Villa, Carmelo Silvera, asistido del especialista en fondos marinos, Miguel Pizarro, denunció la situación ante el Delegado del Gobierno, Antonio de León Guerra, dada la indefinición de los fluidos y la necesidad de averiguar qué efectos estaba produciendo en el ecosistema de la zona…
El 12 de febrero de 1985 el Juzgado de Primera Instancia e Instrucción de Puerto del Rosario y su Partido, hacía público un edicto en el que se anunciaba la subasta de los efectos procedentes de aquel naufragio, valorándose el casco en 500.000 pesetas, y la mercancía que aún quedaba en su interior, en 1.000.000 de pesetas; manteniéndose sólo la segunda pues quince días después el mismo juzgado suspendió la subasta del casco de la embarcación…
Durante muchos años las olas siguieron empeñadas en hacer playa con aquellos restos y los fue enterrando, de forma que junto a la popa era frecuente encontrar vigas, chapas y cojinetes entre la grava de aquella cala del municipio de Betancuria…

Foto aportación de Paco Cerdeña: El ocaso del ocaso del Júcar fue acompañado por el ruido de las olas y la soledad.

En 1986 el Patronato de Turismo recomendaba el desguace de lo que quedaba de aquel mercante y advertía de la conveniencia de quitar los restos de la Playa del Valle, un topónimo que, por cierto, llegaron a cambiar muchos de los visitantes de aquella zona, al referirse al lugar como la Playa del Júcar… ¡Tanto tiempo había pasado que aquel monumento a la chatarra incomodaba ya a todos!


Foto aportación Paco Cerdeña: La popa del Júcar como una caracola tirada en la playa.

Por fin en 1995 el ayuntamiento de Betancuria disponía, (según manifestaba su entonces alcalde, Ignacio Gordillo), de una partida presupuestaria otorgada por Política Territorial del Gobierno de Canarias para la retirada de los restos del naufragio, acallándose así la reivindicación de la Federación de Asociaciones de Vecinos de la isla que por aquel año volvió a poner sobre la mesa el riesgo de contaminación ante la Demarcación de Costas.
Entre 1995 y 2000 debió procederse a la limpieza de la Playa del Valle, sobre cuyas arenas negras aún se mecía el extremo de la popa de aquel mercante como si fuera una caracola vacía, visitada por cuantos curiosos acudían a perpetuar su imagen con la memoria fotográfica de aquellos restos…



Y aún hoy podemos contemplar uno de los motores de aquel buque encajado en la caleta de Cho Zamora, bien visible a la marea baja, mostrándose como si de la osamenta de un viejo animal se tratase, pero recordando también la fragilidad de nuestras costas ante los vertidos que en este tipo de accidentes se pueden dar…
Copyright: Francisco Javier Cerdeña Armas

Para ver las características y transformación del buque pinche aquí.

jueves, 2 de febrero de 2012

El traje popular de la campesina majorera, 1956.

Cedo la palabra a quien bajo las iniciales P.M. describió así el atuendo de la mujer campesina de Fuerteventura, en el diario Falange, de 29 de junio de 1956, cuestionando así la estética implantada por Néstor Martín Fernández la Torre veinte y pico años antes:


"...El traje rigurosamente folclórico de toda localidad está a tono siempre con el medio físico de la misma, con su economía y con las costumbres y psicología de sus habitantes. Por eso las mujeres de la isla de Fuerteventura, tierra de austeridad esencialmente franciscana, no pudieron nunca poseer ricas galas femeninas. Su indumentaria campesina respondió en todo momento a la simpleza de su vida agrícola y pastoril, aislada y monótona, desarrollada entre dilatadas y soleadas llanuras parduscas y rojizas y  entre modestos valles donde fructificaban, como sucede hoy, los productos más indispensables para sus necesidades, o dentro del hogar, junto al telar, donde tejen sus lienzos que siempre han tenido y siguen teniendo justa fama. Entre ese modesto trajinar y en un aislamiento acusado se desenvuelve la mujer campesina de Fuerteventura, singularmente atenta a la vida del campo, con sus duras faenas castigadas por el sol y por la brisa predominante, o cuando no por la desventura de años agrícolas malos. Por eso, su indumentaria tenía que responder plenamente a estos factores determinantes de su vivir, unidos al peculiar y ennoblecedor recato de la mujer majorera, timbre de honor de los moradores de Fuerteventura: recato heredado de la mujer castellana; así tenía que ser cuando entre Castilla y Fuerteventura se aprecian similares panoramas y costumbres.
Esa misma austeridad de sus tierras, esa limitación de medios económicos y esas hogareñas costumbres tenían que manifestarse forzosamente en los trajes campesinos y aún en los de la mujer bien acomodada pero, de manera especial en los colores de su indumentaria y en sus adornos. El traje tenía que ser esencialmente práctico y utilitario; por lo tanto, sencillo y sin encajes ni calados, que ya revelan otra vida superior y otras relaciones sociales.

El traje popular de la mujer campesina. Foto Herrera, 1956.

Los colores predilectos y predominantes en los trajes de la mujer de la isla de Fuerteventura fueron siempre canelo y azul añil, colores sufridos y de fácil obtención en el hogar, en cuya práctica empleaban medios arcaicos y rudimentarios, como aún recuerdan las más viejas mujeres de la isla, y ellas mismas hicie4ron o vieron hacer a sus madres y abuelas. Colores estos que responden al color del azul de su mar y el calor canelo claro y oscuro de sus tierras de labradío y de sus montañas.
El traje femenino tradicional de la campesina de Fuerteventura era de lienzo: de color azul para las más jóvenes y de canelo para las de más edad. El color azul lo obtenían con añil en piedra, “orines de persona de más de tres días de viejo” y piedra lumbre, todo puesto en maceración durante varios días pero sólo en agua; las viudas y cuantas sufrían luto teñían sus telas de negro valiéndose de palo morado, cáscaras de granadas y caparroz, todo esto en maceración durante unos días.
Elementos esenciales de esta indumentaria típica tradicional son: falda, saco o blusa, enagua de balleta o franela encarnada y delantal, que se completaban según fuera joven o vieja, con pañuelo a la cabeza, sombrero de fieltro y sobretodo.

Incorporado a los actos oficiales, el traje popular de la campesina majorera, 1956. Foto Herrera.
La falda era amplia y plegada a la cintura, de cuatro metros de amplitud; el saco o blusa tenía una costura a la espalda y otra a cada costado, por lo que le llamaban “saco de tres costuras”, abrochado por delante con botonadura de nácar; este saco o blusa lleva cuello un poco alto y ajustado, al estilo ruso, mangas largas y sin puño; en la espalda y en el interior de la blusa, en la parte de la cintura, lleva una cinta cocida que reduce la tela, cinta que atan adelante con el fin de que cuando no usan delantal no se levante el saco o blusa con el viento, pues va sobre la falda, al exterior. El cuello es una tira recta. La manga es también recta y sobre lo estrecho y sin puño. El pañuelo que tocaba la cabeza era siempre de colores vivos, pero preferentemente amarillo naranja, sobre el que colocaban un sombrero de fieltro, color negro, de alas rectas y un poco enroscadas; en el lado izquierdo del mismo, entre la copa y el ala lucía un madroño o marimoña de cintas de colores. Las mujeres mayores lucían paluelos canelos o negros en la cabeza y sobre la espalda un sobretodo o mantón de lana o de algodón doblado en punta (una de ellas más pequeña que la otra); estos sobretodos o mantones eran unas veces negros o de colores a cuadros. Los zapatos que usaban eran de suela cruda y de cordobán y sin medias.
La ropa interior de las señoritas era como las de las señoras, pero sin bordados de trencillas. Las enaguas que llevaban las señoras a manera de refajos, eran de lana vasta, bayeta o franela encarnada.
En las salidas a reuniones íntimas y saraos llevaban las personas mayores un delantal en color del vestido, o a cuadros azules y blancos, para esto teñían el lino de azul antes de tejerlo, delantal que era muy amplio, más o menos como los de las monjas; las jóvenes lucían delantal de lino blanco, un poco menos amplio con un volante en la orilla de abajo y con tres bandas de vainilla amanojadas horizontales.
Durante las faenas del campo se ponían un sombrero de palma, hechura especial del país, con ala un poco amplia e inclinada hacia abajo, de unos 45 centímetros de diámetro, en tanto que la copa variaba de diámetro según tuvieran moño grande o pequeño, para encajarlo dentro de la copa, que en su base era más amplia y más estrecho arriba. El alto de la copa del sombrero era de 10 a 15 centímetros. Este sombrero llevaba una cinta de 5 a 6 centímetros de ancho rodeando la copa, con la que formaban un lazo en el lado izquierdo.
En estas faenas agrícolas usaban asimismo un delantal de tela basta y unos “maniquetes” o cubremanos. Si tenían que caminar largo espacio, para “librarse de la acción del sol e impedir se destiñeran los trajes, se recogían a veces el traje a la cintura y otras a la cabeza sobre el sombrero.
La mantillita la solían llevar doblada sobre el brazo. Cuando se la ponían llegábales a la cintura. El pañueloncito tenía al centro un ramo de flores bordadas.
Recogiendo, pues, estas descripciones del traje tradicional y popular de la campesina de la isla de Fuerteventura, que nos ha facilitado la jefe local de Puerto del Rosario, después de ímproba y meritoria búsqueda, se ha “reconstruido” por la Sección Femenina, dándole nueva vida para su mejor perpetuación, como ya lo tiene Gran Canaria y Lanzarote; traje representativo y tradicional del que con la colaboración valiosa y patriótica del Excmo. Cabildo Insular de Fuerteventura y Ayuntamiento de Puerto del Rosario, se han confeccionado varios ejemplares, que son los que últimamente se estrenaron en la prueba regional de “Coros y Danzas”, a la que llegó el conjunto femenino de la isla de Fuerteventura, por propios e indiscutibles méritos.
Sinceramente plausible es el esfuerzo realizado por la Delegada Insular de la Sección Femenina de la isla de Fuerteventura, señorita Jordán Berriel, que visitando las localidades de su isla y poniéndose en contacto con las personas más ancianas de las mismas y aún viendo restos de estos antiguos trajes populares ha podido reconstruir fidedignamente el traje tradicional popular de la isla de Fuerteventura, que armoniza no sólo con su pasado sino con el medio físico, con su economía y con las costumbres y psicología de sus habitantes y aún más con la austeridad franciscana de sus tierras y con la simpleza de su vida agrícola y pastoril, como bien ha descrito el señor Patrono Regional del Museo del Pueblo Español. Esfuerzo que en todo momento ha estado estimulado por la Delegada Provincial de la Sección Femenina y por la Regidora Provincial de Cultura..."

La industria de la cal cedió ante el cemento

La industria de la cal, tan importante en las décadas de 1940-1960, sucumbió en Fuerteventura ante la pujanza del cemento, y aunque hubo quienes intentaron abrir cementeras en la isla, fueron sistemáticamente bloqueados, entre otros, por quienes pretendieron sacar de aquí el basalto para las empresas que sí cuajaron en Gran Canaria, ¡que casualidad!

Cuando en 1974 don Manuel Castañeyra Schamann derribaba el local de oficinas y archivo de la empresa Hornos de Cal Risco Prieto, posiblemente estuviera cerrando una etapa económica que propició años atrás la proliferación de hornos de cal por el entorno de Puerto del Rosario; y lo hizo casi en simultáneo con otros industriales como don Federico, el Rey de La Cal, o don Jacinto Lorenzo, cuya empresa en el barrio de La Charca apenas duró veinte años.
Las piedras de cal y yesos y sus derivados por cocción, siempre estuvieron a bordo de muchos de los barcos del cabotaje interinsular. Las barcadas de caliza que en los siglos XVII y XVIII se hacían de cualquier embarcadero que tuviera cantera próxima, se siguió practicando en el siglo de la Revolución Liberal, desarrollándose una industria que tuvieron muy en cuenta los ayuntamientos contemporáneos. Un nuevo rubro para su fiscalidad.
Muchas veces los hornos se levantaron en la propia dehesa comunal, por lo que su uso estuvo vigilado por los ayuntamientos que concedían licencias para quemar piedra en casos puntuales y en forma de peonadas; en raras ocasiones se consintió la privatización. Tuineje es un ejemplo de aquellas concesiones y en Betancuria vemos cómo en el Jurado se permitió la privatización de, al menos, uno.
En el último cuarto del siglo XIX se reavivaron por toda la orilla de la isla antiguos hornos y se levantaron otros, como el del Puertito de Los Molinos, en un renacer de esta actividad que se mantuvo hasta la década de 1970 en que la incorporación del cemento a la arquitectura tradicional, produjo una fractura en la tipología histórica de los elementos en ella empleados.
El propio ayuntamiento de Puerto de Cabras gravó la exportación de piedras calizas, cales y yesos, aún sin estar construido su muelle municipal que, como sabemos, se inauguró el 7 de octubre de 1894. Y dicho impuesto fue un epígrafe de cierta entidad en los presupuestos locales, e incluso el propio Cabildo Insular, cuando comienza a funcionar en marzo de 1913, al asumir aquellos derechos sobre el gravamen a las entradas y salidas por los embarcaderos como propios, incorporó la piedra de cal entre las fuentes de ingresos.

Instalaciones de la empresa Hornos de Cal Risco Prieto, aún humeantes  los dos de la izquierda, hacia 1969-70. [Foto de Néstor Cerdeña]
En las década de 1940 y 1950 se construyeron hornos de tipo industrial en todo nuestro litoral, a la vez que, por el muelle comercial (el muelle grande de antaño) se exportaba piedra caliza hacia las islas Gran Canaria y Tenerife. Fue aquella la etapa de la “carga blanca”, por ser la piedra de cal y sus derivados la mercancía que mayoritariamente se exportaba.
Tal fue la efervescencia económica de la industria calera a mediados del siglo XX que desató las competencias de empresarios de distintos municipios y abrió viejas heridas en la delimitación de términos municipales, como el caso de Betancuria y Pájara en la zona del monumento natural de Ajuy; o desempolvó litigios como el que enfrentó a Puerto de Cabras y Tuineje en su lucha por la ampliación del muelle del Puerto o el de Gran Tarajal.




Al muelle de Puerto del Rosario llegaban los carboneros con antracita para aquellas industrias, y fueron los barcos más grandes que allí atracaron, si exceptuamos los buques de guerra que aquí llegaron en distintas etapas y circunstancias…
Siendo niño recuerdo ver los tableros llenos de montones de piedra de cal junto al hospital viejo, al sur de la carretera de Casillas (hoy calle Profesor Juan Tadeo Cabrera); entre la carretera del norte (hoy Juan de Bethencourt y el Barranco Pilón). Recuerdo ver ardiendo los hornos de Punta Gavioto, de La Charca y Risco Prieto; a este último nos acercábamos a buscar nidos de pájaro y nos aventurábamos por entre las instalaciones con absoluto desprecio del peligro. Olí por tanto el carbón mineral cociendo la piedra, me acerqué a los vasos humeantes y me adentré en las hornillas para ver cómo ardía; por entre los tinglados de almacenamiento y carga de camiones nos deslizábamos en medio del polvo blanquecino de la cal.


Uno de los camiones de Raimundo, cargando carbón en el puerto. Foto procedente de la hemeroteca del diario ABC.
Aquellos no tan lejanos tiempos se mezclaban con la brisa que hacía girar la molina de  los trapos y aventaba el humo de los hornos sobre la población...
Recuerdo cómo junto al Callao de Los Pozos y los hornos que allí se levantaran en 1950, funcionaba una de las primeras “fábricas de bloques” macizos, hechos de cal, arena y agua salada, uno a uno…Pero el cemento la estaba acechando y, aunque más caro, ganaría la partida.


Trabajo en los Hornos de don Santiago, junto a la Caleta de Los Pozos, [Foto publicada por Juan Pedro Morales]

La cal era sin duda más barata que el cemento, y la empleaban en la argamasa para las paredes de cajón, construidas formando moldes tan grandes como las paredes a levantar. Eran trabajos agotadores, por eso la peonada era la solución entre los familiares y hermanos al que se sumaba todo el vecindario: había que llenar aquellos “moldes” a base de cal y arena amasada y de piedras, muchas piedras.
Tres años antes del cierre de los hornos de Risco Prieto, también don Jacinto Lorenzo, empresario que levantara los hornos de La Charca a finales de la década de 1950, se retiraba cerrando unas instalaciones que estuvieron a pleno rendimiento casi diez años. Quizás por entonces también los Berriel, don Federico y el señor Bordón cerraran los de Punta Gavioto y  La Hondura. Y con ellos se cerraba una página de la historia local que muchos quieren olvidar por la dureza de los trabajos: desde la arrancada en los tableros hasta la estiba en los barcos del cabotaje; desde la cocción en los hornos hasta el volteo en las bodegas...


El vertido de la cal en los buques se hacía directamente  vaciando el  volquete de los camiones cuando lo permitía la marea o el porte de la embarcación, o a través de una rampa de madera. La estiba dentro de las bodegas era uno de los trabajos más duros en todo el proceso de elaboración y exportación de la cal. La foto, cedida por la familia Nieves Santana, apareció publicada en el programa de fiestas Rosario 2000.

Por crudos que fueran los trabajos, la memoria colectiva merece conocer aquella etapa, desentrañando absolutamente todo lo que en torno a la cal se vivió, con respeto a nuestros antepasados.


Para conocer más. Véase en Memoria Digital de Canarias, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria:
"La Cal en Fuerteventura", de Inmaculada de Armas Morales y Antonio Rodríguez Molina, en Aguayro nº 211, enero-febrero 1995.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Juan Camejo Miller y sus apuntes (entre realidad y ficción)




Historiar es muchas veces identificarse con los hechos que estudiamos quienes gustamos de evocar asuntos pasados, con la forma de narrarlos. Hacer la historia es un poco eso, aventurarse en hipótesis, dar rienda suelta a una imaginación que, muchas veces, empatiza con quienes protagonizan el suceso pretérito, haciéndonos pasar del rigor a la cuasi fantasía. Este es el caso.
Yo andaba cargado de papeles, de un sitio para otro, buscando mesa y asiento donde consultar el tema que me traía al archivo… Que no había otro sitio -me dijeron- porque la sala de investigadores estaba ocupada por un cúmulo de cajas de libros recién editados por la institución. Bastante nervioso y agobiado por aquella carga no pude mantener el equilibrio, cayendo al suelo dos legajos de entre los cuales se deslizó un cuadernillo no muy voluminoso.
En mi deambular escuché a dos personas que supuse arqueólogos por el tema que trataban: habían encontrado un pecio en que se adivinaban distintos cañones de lo que podía ser un barcos del siglo XVIII.
En el rinconcito que por allí encontré, continuamente mirado por la funcionaria vigilante, pude sentarme y entre mis rodillas y el suelo compartí las carpetas que me traía: Recaudación ejecutiva del muy ilustre ayuntamiento de La Oliva, 1890-1900. Tal era el título que identificaba a la que se descosió, dejando caer aquel cuadernillo que me apresuré a leer.
Bueno, al menos intenté leerlo, porque, de entrada, me lo impedía una nota cosida que envolvía todo el documento: se trataba de una hoja del periódico La Provincia, de 28 de mayo de 1912 con la siguiente anotación: “Entre los papeles del señor Juan Camejo Miller, recaudador de La Oliva, apareció este recorte de prensa.- Rubricado, El Archivero”.
El artículo señalado se refería a un cierto tesoro:
“…en sueños. Desde hace varios días, varias personas se han dedicado a buscar un tesoro en una playa de esta isla, trabajando sin resultado hasta el presente. El sitio fue señalado por una vecina…”
Y a esta hoja de periódico se unía el puñado de folios escritos por el propio recaudador olivense, donde confesaba que la vecina que apuntó el lugar en que debía excavarse para buscar las monedas era doña Bernarda Hernández, natural de Tetir y residente en Puerto de Cabras… septiembre de 1912.
Fue el dato somero que al archivero de la institución le hubiera gustado ceder a los arqueólogos que con él seguían hablando: Que ellos se  encargarían -les oí decir- de las prospecciones que se hicieron por tierra y por mar; en la cueva del dinero y en el entorno del Bajo de La Burra, muy próximo a lo que la toponimia denomina Caleta del Barco, entre Corralejo y El Cotillo.
[continuará]