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viernes, 21 de junio de 2013

El antiguo cementerio de Puerto del Rosario

Una de las primeras cuestiones que se planteó la mayoría resultante de los comicios locales de 1983 en el Ayuntamiento de Puerto del Rosario fue la de qué hacer con el antiguo cementerio de la localidad.
Y se suscitó un debate que reflejó lo que no podía ser de otro modo: la existencia de dos posturas radicalmente opuestas, una cuestión que ya se intuía, pero que debía ser pulsada en la opinión pública y no se hizo.
Pero el asunto trascendió desde el momento en que el concejal de cultura de época pedía al especialista en Historia del Arte A. Sebastián Hernández un informe que ponderase los valores históricos y artísticos que pudiera tener aquel recinto o sus elementos integrantes. Entonces no había salido la Ley Patrimonio Histórico de Canarias y en el Cabildo se trabajaba con las vigentes normas estatales de patrimonio histórico; y de la institución insular partió en cierta medida el empuje para este encargo.
Y Chano Hernández emitió, naturalmente, su informe, con unas recomendaciones que aplacaron los afanes demoledores que soñaban con borrar este hito urbanístico constituido por el camposanto del viejo Puerto de Cabras.
No contento con esto, el especialista agarró sus papeles y, resumiendo su contenido, los llevó al altavoz que e aquella época se nos ofrecía y que, en principio, fueron las Jornadas de Estudios sobre Fuerteventura y Lanzarote, dándolo a conocer a los congresistas asistentes a la III edición de este foro y, por extensión a la opinión pública a través de la prensa.
Allí resonaron también los gritos que protestaban contra una descabellada intervención en la torre de El Castillo de Caleta de Fustes, en la vecina Antigua: enfoscarla y pintarla de blanco fue la ocurrencia en este caso.
El que nos ocupa siguió latente hasta nuestros días. El viejo cementerio de la capital majorera es uno de los pocos hitos o testigos urbanísticos y arquitectónicos que señala los confines de la ciudad en el último cuarto del siglo XIX. Y desde allí ha visto soterrar el Barranquillo de la Miel que, a pocos metros de su fachada, marcaba el confín austral de Puerto de Cabras, atravesado por el camino de Casillas; y ha visto también desaparecer todo el viejo frente marítimo, incluido el muelle municipal, el señero Muelle Chico.
¿Qué mas da el nombre de quien repose allí? ¡Allí lo que nos contempla es la Historia de Puerto del Rosario! Porque no me negarán quienes aun ambicionan la demolición o cuestionan su conservación que aquel es un sitio histórico, un referente visual al menos en idéntico nivel de potencialidad identitaria que la Casa de Fray Andresito, en La Ampuyenta, por no hablar de otros ejemplos más cercanos.
Sin embargo el expediente “incoado” en 1988 se durmió sin despertar al cobijo de la Ley 4/1990 de Patrimonio Histórico de Canarias ni al de sus modificaciones posteriores.
Lo que sigue mirando desde allí, insisto, es nuestra propia historia local, porque allí quedó reflejado el esfuerzo de un pueblo que, diez años después de constituirse en Municipio, ya trabajaba buscando los medios y el solar en el que dar sepultura a sus muertos, sin tener que cargarlos hasta la Vega de Tetir, donde por norma tenía que hacerse entonces.
El solar lo proporcionaron los Miller de Puerto de Cabras: primero Diego, y su hija Emilia después, en 1870-71.
Y allí, en la parte más aireada de las afueras de la población, al otro lado del Barranquillo de La Miel, junto al camino de Casillas, estimaron que era el punto más conveniente para que el mampostero Domingo Rodríguez hiciera las viejas paredes.
Se remató la parte más antigua en 1871, con un frontón triangular. En 1890 se completó una segunda fase con el cerramiento de dos fajas laterales a la primera: una para casa mortuoria y zona de enterramiento de no católicos, al poniente; y otra al naciente que luego enajenó el ayuntamiento a favor de Ramón Fernández Castañeyra para su cementerio privado.
Y una tercera fase culminó en 1919, con la Capilla de los Pérez, promovida por don Agustín Pérez Rodríguez a la espalada del primitivo núcleo de la necrópolis, en cuya ampliación se incorporó un lugar destinado al Ramo de Guerra. Los nichos llegaron mucho más tarde y, poco tiempo después, el conjunto dejó de utilizarse como zona de enterramiento en la década de 1970.

… De todas formas, ¡dejemos descansar a los muertos! Y aprovechemos los rescoldos que en vida nos dejaron para no caer en la desmemoria de los pueblos que, al parecer, también se da.

El patrimonio histórico no debería ser un juguete.

Copyright: Francisco Javier Cerdeña Armas

martes, 27 de noviembre de 2012

La Cruz de La Española


Paseando por el parque escultórico de Puerto del Rosario.

La que hoy conocemos como Avenida de Juan de Bethencourt, en nuestra ciudad, no es  más que la urbanización de lo que fue el antiguo camino que unía el embarcadero de Puerto de Cabras con Tetir.
Por él bajaban las aguas en época de lluvias como lo hacían las gentes de la Vega cuando pretendían embarcarse para las otras islas, para América o para el Sahara. Y también lo hacían los camelleros y carreteros cargados de piedra de cal, de barrilla o de cereales…
Y por allí subían las mercaderías importadas por los comerciantes del viejo Puerto de Cabras, como lo hacían los féretros a hombros de los vecinos que pagaban así la prestación personal impuesta por el joven municipio cuando aquí no había cementerio.
Obviamos las interrupciones que, andando el tiempo, se producirían en aquel camino como consecuencia de las operaciones de aterrizaje y despegue; porque estamos en la primera mitad del XIX, cuando aún los tiempos y los transportes eran más pausados, más lentos.
De trecho en trecho, ya lo decíamos en otro artículo, se construían unos poyos de piedra seca en el que depositar los ataúdes para descanso de los porteadores. Y como suele ser habitual, también la toponimia dejó su impronta entorno a aquellos altares de reposo: se les conocía como la cruz de tal o la cruz de cual y que, en el caso que afrontamos perduró hasta nuestros días.
Al sur de aquel camino, a la altura de la Rosa de don José Fabelo Rodríguez, poco antes de llegar al acceso de la Rosa de Don Victoriano, existió un topónimo con el que nuestros antepasados quisieron perpetuar el recuerdo de doña Teresa López, apodada “La Española”: aún recuerdo aquella cruz ya desvencijada junto a un montoncito de piedras, vestigios de un descansadero de los improvisados servicios funerarios de antaño.
Aquello fue siempre conocido como “La cruz de la española”, primer descanso en los cortejos fúnebres que trasladaban a los finados para enterrarlos en suelo sagrado, en la parroquia de Santo Domingo de Guzmán, en Tetir.
Así lo quiso recordar el Ayuntamiento de Puerto del Rosario cuando en 1995, con motivo de la conmemoración del bicentenario de la ciudad, encargó a don Lorenzo Mateo Castañeyra una escultura que recuperase el viejo topónimo con toda la carga histórica y simbólica que aquí apuntamos.
Porque, además, a doña Teresa López, “la Española”, esposa de Manuel Martos, la historiografía le atribuye el haber traído de la Baja Andalucía la primera imagen de la Virgen del Rosario que se veneró en su primera capilla en la calle de La Marina y que aún se conserva en la sacristía de nuestra iglesia parroquial.
El parque escultórico de la ciudad cuenta con este símbolo que nuestros antepasados nos transmitieron a través de la toponimia urbana, aunque tal vez hoy piensen algunos que no está en el lugar que tal dignidad pudiera exigir.
Escultura "Cruz de la Española", 1995, próxima al inicio de la calle Teresa López, en el Barrio de La Charca, Puerto del  Rosario.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Un panteón bien vale una misa. El antiguo cementerio de Puerto de Cabras

El antiguo cementerio de Puerto de Cabras


Tal fue una de las condiciones impuestas por el Ayuntamiento de Puerto de Cabras cuando a principios del pasado siglo autorizaba al portuense don Agustín Pérez Rodríguez (1849)  la construcción del panteón familiar y la cripta que actualmente preside el antiguo cementerio público de la actual ciudad de Puerto del Rosario.
Don Agustín, fue uno de los grandes contribuyentes, consignatario marítimo y activo comerciante que ocupó cargos concejiles, incluido en de alcalde de la localidad en 1873, y el de primer Delegado de Gobierno de España tras la recreación del partido judicial de Fuerteventura en la capital de la isla (como tal presidió algunos de los primeros plenos del Cabildo Insular, tras su puesta en funcionamiento en marzo de 1913).
Desde 1919 y cada primero de noviembre allí, en la capilla de los Pérez se dice la misa de difuntos, normalmente previa a la celebrada en el nuevo cementerio de Zurita.



El antiguo cementerio del Puerto, que la señalética viaria identifica como monumento desde que se iniciaran los trámites en 1988, sufrió tres importantes ampliaciones que marcaron en piedra las características sociales de una época:
Primero, en la década de 1840 el inglés Diego Miller aportó el suelo donde el ayuntamiento intentaba la construcción al otro lado del Barranquillo de La Miel y sobre él se edificaron las paredes bajo la supervisión del maestro Domingo Rodríguez. Las obras se remataron con el frontón triangular de la fachada que hoy vemos y donde una cartela de madera recoge la fecha: 1871.
Después vino la primera ampliación, para la que aportó el suelo la hija del inglés, Emilia Miller, consistente en dos fajas de terreno a cada lado de las paredes levantadas en 1871. Sobre aquel solar intentaba el Ayuntamiento que entonces presidía Ramón Fernández Castañeyra, la construcción de un camposanto para los que muriesen “fuera del gremio de la iglesia católica…” y una sala para autopsias y otros servicios funerarios, como así se hizo en la parte poniente, donde a espaldas de la sala mortuoria están las cuatro paredes con las que se pretendió deslindar el cementerio de los no católicos.
No sé si en las nuevas dependencias se llegó a enterrar a alguien, pero hay un episodio de aquella sala en que a cierto individuo que dieron por muerto repentino, tuvieron la ocurrencia de dejarlo sobre la mesa de operaciones para practicarle la intervención post mortem al día siguiente; y el pobre hombre despertó en la madrugada para, abriéndose paso como pudo, salir del camposanto para plantarse ante la puerta de su domicilio en la calle Baños, ¡ imagínense el susto de los deudos del que suponían muerto!.

Ramón Fernández Castañeyra (1843-1916) fue alcalde de  Puerto de Cabras  de 1875 a 1895 y de 1898 a 1902.

Lo que pasó con el solar de la banda naciente del primigenio camposanto fue algo que sólo pudo darse en aquella época. El ayuntamiento cedió a perpetuidad el terreno donado al municipio por la heredera de Miller en beneficio de Ramón Fernández Castañeyra quien construyó allí su cementerio privado, terminado en 1890.
Por último, una nueva ampliación se acometió en las primeras décadas del XX. Las obras se hicieron a espaldas de la necrópolis pública de finales del diecinueve. Y en esta parte fue donde don Agustín Pérez Rodríguez construyó su capilla y panteón familiar con la autorización que la municipalidad le otorgó condicionada a la misa anual de difuntos, sin muros particulares, pero presidiendo el conjunto funerario público. Algo muy distinto al impulsado por Ramón Fernández.
Después vinieron los nichos, las modernidades y el traslado de la década de 1970 hacia Zurita; pero aquel, el viejo cementerio, fue el recinto histórico que profanado recientemente, es digno de respeto independientemente de las cacicadas que otrora se pudiesen haber cometido allí.
Copyright: Francisco Javier Cerdeña Armas

lunes, 30 de abril de 2012

Cargando al muerto

Apunte sobre una prestación vecinal que se mantuvo en Puerto de Cabras hasta mediado el siglo XIX.

Los caminos tradicionales o históricos de Fuerteventura están "llenos" de cruces que, a su vera, se levantan adosadas a pequeños poyos de piedra seca. Ambos elementos, así instalados junto a los viales, recuerdan pequeños altares.
Pero muchos de ellos son, en realidad, descansaderos de atáud, reposaderos en el traslado de los cadáveres hasta la suelo sagrado en las respectivas sedes parroquiales; una costumbre que precedió a la legislación de cementerios de la década de 1830, pero que, en Puerto de Cabras, dependiente de Tetir en lo espiritual hasta 1906, se mantuvo hasta que en 1871 inauguraron su propio camposanto, hartos como estaban de subir la dichosa Cuesta que luego llamaron de Perico.



Cargando un difunto en Fuerteventura. Reproducción  del dibujo de Paul Merwart publicada por la FEDAC
 
Hasta principios del siglo XIX era hatibual que los muertos se trasladasen desde los pueblos a la parroquia, para ser enterrados en suelo sagrado. Entonces no había cementerios y los cadáveres recibían sepultura bajo el propio pavimento de la iglesia parroquial. Allí, sin la caja, se depositaba al difunto amortajado con el hábito designado en sus últimas voluntades, y se recuperaba el ataúd para ulteriores servicios.
Lo penoso del asunto en etapas pretéritas se valora cuando vemos que Fuerteventura es una isla alargada y que los pueblos distan mucho entre sí; y si a ello unimos las altas temperaturas que por aquí suelen darse, acarrear la caja de finados en plena canícula podía resultar una árdua labor. Por eso, cuando el muerto era un bebé -me contaban algunos viejos- (que por la edad  podía no estar bautizado), muchas familias sencillamente lo enterraban en el cercado de tuneras, próximo a la casa, una ocurrencia que pudiera resultar grotesca a quien esto lea, pero también era un ahorro para la comunidad, que tenía que recurrir al servicio de prestación personal para los traslados.
Porque ¿Quién se encargaba de acarrear a los muertos?
En el Antiguo Régimen las cofradías de ánimas se ocuparon de buena parte de los trayectos, del ceremonial y de recolectar para ayudar a la viuda cuando el finado era cofrade o hermano en aquellas sociedades. Pero lo normal era que fuesen los propios deudos y amigos del muerto quienes arrimaran el hombro o prestasen algún camello para verificar el traslado a lomos de aquella bestia.
Nada dicen las actas del antiguo Ayuntamiento o Cabildo Insular hasta 1799, razón que nos hace pensar en que los muertos se llevaron a tierra sagrada en la forma antes insinuada, usando la caja comunal que se guardaba en la cripta de la parroquia matriz de Betancuria hasta no hace mucho. Y el muerto se inhumaba amortajado con los hábitos de su devoción cuando así se contemplaba en su testamento. Y tampoco sabemos si por el entierro se pagaba algún cánon; una duda que se nos disipa en parte al contemplar que la caja era de la parroquia y el suelo que acogía al muerto, también.
Otra cosa distinta comenzó a plantearse cuando se construye el primer cementerio de la Isla en Casillas del Ángel, fruto de la ampliación de su iglesia y de la erección de la parroquia de Santa Ana con una más amplia arquitectura.
Y cuando en la década de 1830 comenzaron a funcionar los ayuntamientos contemporáneos, la costumbre se hizo ley y como tal se contemplaría en las ordenanzas municipales. Y el acarreo de los cadáveres pasó a ser obligatorio, sumándose a la prestación vecinal o personal que ya se exigía para la limpieza de caminos y fuentes, por ejemplo.
La prestación pasó a ser en nuestro municipio un servicio obligatorio, exigible a todos los varones de más de 18 años, con exclusión de los ancianos y contemplándose, como era también habitual en el XIX, la redención a metálico o mandando, los que podían, a sus propios peones cuando les tocaba cargar el muerto.
Hasta 1871 esto fue así...