jueves, 2 de febrero de 2012

La industria de la cal cedió ante el cemento

La industria de la cal, tan importante en las décadas de 1940-1960, sucumbió en Fuerteventura ante la pujanza del cemento, y aunque hubo quienes intentaron abrir cementeras en la isla, fueron sistemáticamente bloqueados, entre otros, por quienes pretendieron sacar de aquí el basalto para las empresas que sí cuajaron en Gran Canaria, ¡que casualidad!

Cuando en 1974 don Manuel Castañeyra Schamann derribaba el local de oficinas y archivo de la empresa Hornos de Cal Risco Prieto, posiblemente estuviera cerrando una etapa económica que propició años atrás la proliferación de hornos de cal por el entorno de Puerto del Rosario; y lo hizo casi en simultáneo con otros industriales como don Federico, el Rey de La Cal, o don Jacinto Lorenzo, cuya empresa en el barrio de La Charca apenas duró veinte años.
Las piedras de cal y yesos y sus derivados por cocción, siempre estuvieron a bordo de muchos de los barcos del cabotaje interinsular. Las barcadas de caliza que en los siglos XVII y XVIII se hacían de cualquier embarcadero que tuviera cantera próxima, se siguió practicando en el siglo de la Revolución Liberal, desarrollándose una industria que tuvieron muy en cuenta los ayuntamientos contemporáneos. Un nuevo rubro para su fiscalidad.
Muchas veces los hornos se levantaron en la propia dehesa comunal, por lo que su uso estuvo vigilado por los ayuntamientos que concedían licencias para quemar piedra en casos puntuales y en forma de peonadas; en raras ocasiones se consintió la privatización. Tuineje es un ejemplo de aquellas concesiones y en Betancuria vemos cómo en el Jurado se permitió la privatización de, al menos, uno.
En el último cuarto del siglo XIX se reavivaron por toda la orilla de la isla antiguos hornos y se levantaron otros, como el del Puertito de Los Molinos, en un renacer de esta actividad que se mantuvo hasta la década de 1970 en que la incorporación del cemento a la arquitectura tradicional, produjo una fractura en la tipología histórica de los elementos en ella empleados.
El propio ayuntamiento de Puerto de Cabras gravó la exportación de piedras calizas, cales y yesos, aún sin estar construido su muelle municipal que, como sabemos, se inauguró el 7 de octubre de 1894. Y dicho impuesto fue un epígrafe de cierta entidad en los presupuestos locales, e incluso el propio Cabildo Insular, cuando comienza a funcionar en marzo de 1913, al asumir aquellos derechos sobre el gravamen a las entradas y salidas por los embarcaderos como propios, incorporó la piedra de cal entre las fuentes de ingresos.

Instalaciones de la empresa Hornos de Cal Risco Prieto, aún humeantes  los dos de la izquierda, hacia 1969-70. [Foto de Néstor Cerdeña]
En las década de 1940 y 1950 se construyeron hornos de tipo industrial en todo nuestro litoral, a la vez que, por el muelle comercial (el muelle grande de antaño) se exportaba piedra caliza hacia las islas Gran Canaria y Tenerife. Fue aquella la etapa de la “carga blanca”, por ser la piedra de cal y sus derivados la mercancía que mayoritariamente se exportaba.
Tal fue la efervescencia económica de la industria calera a mediados del siglo XX que desató las competencias de empresarios de distintos municipios y abrió viejas heridas en la delimitación de términos municipales, como el caso de Betancuria y Pájara en la zona del monumento natural de Ajuy; o desempolvó litigios como el que enfrentó a Puerto de Cabras y Tuineje en su lucha por la ampliación del muelle del Puerto o el de Gran Tarajal.




Al muelle de Puerto del Rosario llegaban los carboneros con antracita para aquellas industrias, y fueron los barcos más grandes que allí atracaron, si exceptuamos los buques de guerra que aquí llegaron en distintas etapas y circunstancias…
Siendo niño recuerdo ver los tableros llenos de montones de piedra de cal junto al hospital viejo, al sur de la carretera de Casillas (hoy calle Profesor Juan Tadeo Cabrera); entre la carretera del norte (hoy Juan de Bethencourt y el Barranco Pilón). Recuerdo ver ardiendo los hornos de Punta Gavioto, de La Charca y Risco Prieto; a este último nos acercábamos a buscar nidos de pájaro y nos aventurábamos por entre las instalaciones con absoluto desprecio del peligro. Olí por tanto el carbón mineral cociendo la piedra, me acerqué a los vasos humeantes y me adentré en las hornillas para ver cómo ardía; por entre los tinglados de almacenamiento y carga de camiones nos deslizábamos en medio del polvo blanquecino de la cal.


Uno de los camiones de Raimundo, cargando carbón en el puerto. Foto procedente de la hemeroteca del diario ABC.
Aquellos no tan lejanos tiempos se mezclaban con la brisa que hacía girar la molina de  los trapos y aventaba el humo de los hornos sobre la población...
Recuerdo cómo junto al Callao de Los Pozos y los hornos que allí se levantaran en 1950, funcionaba una de las primeras “fábricas de bloques” macizos, hechos de cal, arena y agua salada, uno a uno…Pero el cemento la estaba acechando y, aunque más caro, ganaría la partida.


Trabajo en los Hornos de don Santiago, junto a la Caleta de Los Pozos, [Foto publicada por Juan Pedro Morales]

La cal era sin duda más barata que el cemento, y la empleaban en la argamasa para las paredes de cajón, construidas formando moldes tan grandes como las paredes a levantar. Eran trabajos agotadores, por eso la peonada era la solución entre los familiares y hermanos al que se sumaba todo el vecindario: había que llenar aquellos “moldes” a base de cal y arena amasada y de piedras, muchas piedras.
Tres años antes del cierre de los hornos de Risco Prieto, también don Jacinto Lorenzo, empresario que levantara los hornos de La Charca a finales de la década de 1950, se retiraba cerrando unas instalaciones que estuvieron a pleno rendimiento casi diez años. Quizás por entonces también los Berriel, don Federico y el señor Bordón cerraran los de Punta Gavioto y  La Hondura. Y con ellos se cerraba una página de la historia local que muchos quieren olvidar por la dureza de los trabajos: desde la arrancada en los tableros hasta la estiba en los barcos del cabotaje; desde la cocción en los hornos hasta el volteo en las bodegas...


El vertido de la cal en los buques se hacía directamente  vaciando el  volquete de los camiones cuando lo permitía la marea o el porte de la embarcación, o a través de una rampa de madera. La estiba dentro de las bodegas era uno de los trabajos más duros en todo el proceso de elaboración y exportación de la cal. La foto, cedida por la familia Nieves Santana, apareció publicada en el programa de fiestas Rosario 2000.

Por crudos que fueran los trabajos, la memoria colectiva merece conocer aquella etapa, desentrañando absolutamente todo lo que en torno a la cal se vivió, con respeto a nuestros antepasados.


Para conocer más. Véase en Memoria Digital de Canarias, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria:
"La Cal en Fuerteventura", de Inmaculada de Armas Morales y Antonio Rodríguez Molina, en Aguayro nº 211, enero-febrero 1995.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Juan Camejo Miller y sus apuntes (entre realidad y ficción)




Historiar es muchas veces identificarse con los hechos que estudiamos quienes gustamos de evocar asuntos pasados, con la forma de narrarlos. Hacer la historia es un poco eso, aventurarse en hipótesis, dar rienda suelta a una imaginación que, muchas veces, empatiza con quienes protagonizan el suceso pretérito, haciéndonos pasar del rigor a la cuasi fantasía. Este es el caso.
Yo andaba cargado de papeles, de un sitio para otro, buscando mesa y asiento donde consultar el tema que me traía al archivo… Que no había otro sitio -me dijeron- porque la sala de investigadores estaba ocupada por un cúmulo de cajas de libros recién editados por la institución. Bastante nervioso y agobiado por aquella carga no pude mantener el equilibrio, cayendo al suelo dos legajos de entre los cuales se deslizó un cuadernillo no muy voluminoso.
En mi deambular escuché a dos personas que supuse arqueólogos por el tema que trataban: habían encontrado un pecio en que se adivinaban distintos cañones de lo que podía ser un barcos del siglo XVIII.
En el rinconcito que por allí encontré, continuamente mirado por la funcionaria vigilante, pude sentarme y entre mis rodillas y el suelo compartí las carpetas que me traía: Recaudación ejecutiva del muy ilustre ayuntamiento de La Oliva, 1890-1900. Tal era el título que identificaba a la que se descosió, dejando caer aquel cuadernillo que me apresuré a leer.
Bueno, al menos intenté leerlo, porque, de entrada, me lo impedía una nota cosida que envolvía todo el documento: se trataba de una hoja del periódico La Provincia, de 28 de mayo de 1912 con la siguiente anotación: “Entre los papeles del señor Juan Camejo Miller, recaudador de La Oliva, apareció este recorte de prensa.- Rubricado, El Archivero”.
El artículo señalado se refería a un cierto tesoro:
“…en sueños. Desde hace varios días, varias personas se han dedicado a buscar un tesoro en una playa de esta isla, trabajando sin resultado hasta el presente. El sitio fue señalado por una vecina…”
Y a esta hoja de periódico se unía el puñado de folios escritos por el propio recaudador olivense, donde confesaba que la vecina que apuntó el lugar en que debía excavarse para buscar las monedas era doña Bernarda Hernández, natural de Tetir y residente en Puerto de Cabras… septiembre de 1912.
Fue el dato somero que al archivero de la institución le hubiera gustado ceder a los arqueólogos que con él seguían hablando: Que ellos se  encargarían -les oí decir- de las prospecciones que se hicieron por tierra y por mar; en la cueva del dinero y en el entorno del Bajo de La Burra, muy próximo a lo que la toponimia denomina Caleta del Barco, entre Corralejo y El Cotillo.
[continuará]

lunes, 31 de octubre de 2011

Cuando miro para el convento de Betancuria...

Las ruinas franciscanas de Betancuria (Fuerteventura)

La austeridad franciscana se siente en cualquiera de las ermitas de Fuerteventura. Son pequeñas y reproducen un esquema ancestral seguido por los hermanos de la Orden Seráfica desde su implantación en Canarias.
Y en este sentido, el cenobio de San Buenaventura de Betancuria es la primera casa abierta por una orden monástica en las Islas: Las huellas actuales que las circunstancias nos “venden” como ruinas, no son las primigenias, sino el fruto de la reconstrucción acometida en el último cuarto del siglo XVII.
Me refiero a la muralla que rodea la iglesia conventual y las cimentaciones de las celdas que vagamente se adivinan al norte de aquella, junto a una pequeña huerta. Insisto: son el resultado de la obra que allí se emprendió a finales del siglo XVII; como se hacía en toda Betancuria y los vecinos templos del Valle de Santa Inés y de la Vega de Río Palmas, afectados por la incursión berberisca de 1593.



Los orígenes y la historia del convento de Betancuria se gestaron muy lejos del solar majorero, en medio de un cisma y del proceso de conquista del Archipiélago Canario. La búsqueda de nuevas tierras y de riquezas se unió a la conquista de almas: Los clérigos que acompañaron a los normandos acometieron poco más que la construcción de los primeros templos de Lanzarote y de Fuerteventura.
Fray Juan de Baeza y Pedro de Pernia luchaban lejos de estas islas por conseguir la bula que les autorizase la apertura de una casa franciscana desde donde curar las almas de los conquistados, lejos del hierro y de la sangre, llegando a planear hasta una nave distinta de las de los conquistadores para rescatar de las zonas de conflicto a los aborígenes supervivientes para adoctrinarlos en Betancuria… Pero la nave y las ilusiones de Fray Juan de Baeza parecieron petrificarse en la Villa, varada en el tiempo sin tiempo, arrinconada, lejos de la rueda de la Historia, hasta nuestros días.
Están lejos las jornadas en que las campanas de las iglesias del convento y de San Diego sonaran en los valles de Betancuria; lejano el bullicio de la festividad de San Buenaventura; casi olvidadas las predicaciones de los monjes en las festividades de los distintos pueblos de la isla… Los frailes convivían con la gente llana y padecían las mismas desgracias y hambrunas que aquella… Cuántas cosas se perdieron en los años de la desamortización, se lamentaba don José Lavandera en su artículo sobre la iglesia del convento publicado en la revista Almogarén.


Foto publicada en el archivo fotográfico de la FEDAC del Cabildo de Gran Canaria, donde la iglesia conventual aún mostraba sus techumbres y espadaña...
Cada vez que visitamos Betancuria se nos aparece esta triste joya de nuestro patrimonio histórico y artístico languideciendo, acunada ya por el  quejido de siglos, mezclando su dolor con el ruido que en la intemporalidad del olvido hacen las tejas que caen, las maderas que chirrían. Las voces de los gañanes se adivinan en medio del polvo y de las siluetas camellares, todos mandados por sus amos en las oscuras noches de expolio.
De aquella pesadilla aún emergen las paredes de la iglesia, solo las paredes, pues ya no quedan losas, ni canterías; y las pocas arquerías semejan las cuadernas de una vieja nave ya volteada, aquella que fuera la ilusión de los monjes fundadores y que ahora naufragan en otros mares que se mecen entre desidia y olvido.
Con restos como estos, testimonios sublimes de una ingente empresa histórica, la isla debiera convertirse en cuna de la evangelización de Canarias y, por ende, rescatar de alguna forma todo este patrimonio para ponerlo en uso, otro uso, sobre tan respetable solar.
Y la ermita de San Diego, con elementos arquitectónicos de la etapa normanda constituye un ejemplo de pervivencia, pero también clama la atención para que se la revalorice pues aún sigue sacralizada, sin duda.

Claro, después de una evocación como la que precede, ¿Qué pedir para este rincón del patrimonio histórico de Fuerteventura, si apenas tenemos imágenes de cómo fue aquello?- Se preguntarán algunos.
El ingeniero Leonardo Torriani, en un mapa de finales del XVI y Cassola en el XVII, nos aportan una idealización de cómo pudo ser la villa histórica, pues en su cartografía podemos rastrear las construcciones religiosas de la Villa. Y el P. Quirós nos describe el convento pues allí estuvo a principios del XVII.
Pero es quizá el P. Inchaurbe el que nos aporte más datos de esta casa conventual en Betancuria, alumbrándonos nombres de los monjes, de los guardianes, de los templos que atendían… Pero dicen que la historia de los Franciscanos en Canarias está por escribirse.

Insisto: ¿Nos podemos contentar con seguir citando a esta joya del patrimonio histórico en Betancuria como las “ruinas del viejo convento” cuando la Villa es “conjunto de interés histórico artístico desde 1979?
La verdad es que me da un cierto repeluz cuando, entrando a la Villa desde la Vega nos encontramos con el macizo roto en un afán extractivo por la piedra ornamental que esconde esta ciudad histórica… Ruinas y voracidad extractiva, hoy felizmente parada, dan una mala imagen a un conjunto para el que demandamos la capitalidad histórica de Canarias…

lunes, 10 de octubre de 2011

El legado bibliográfico de Ramón Castañeyra Schamann, 1973

Ramón Castañeyra Schamann, (1896-1973), dona su biblioteca al Ayuntamiento de Puerto del Rosario.


Hijo de José Castañeyra Carballo y de Dolores Schamann Medina, nieto de Ramón F. Castañeyra (1843-1916), el que nos ocupa fue el amigo de Miguel de Unamuno durante su destierro en la isla.
Autodidacta e intelectual inquieto, heredó de su abuelo la pasión por la lectura y sus desvelos por la isla y, sobre todo, por el Puerto; aficiones de las que no le apartó su dedicación al comercio y a los cargos públicos que ocupó, como el de Delegado Insular del Gobierno de la Monarquía en el año 1923.
Su casa albergó una de las bibliotecas más importantes de la isla en la primera mitad del siglo XX. Y allí leyó y escribió el ex rector de la Universidad de Salamanca sus colaboraciones con la prensa y las revistas de Hispanoamérica durante su confinamiento en Fuerteventura.
Dicen los que conocieron a don Ramón que fue de gran humanidad, que siempre mostró un gran cariño por su tierra, por Fuerteventura, siguiendo la tradición de Ramón Fernández Castañeyra; fue un contumaz lector y mostró interés por nuestra historia y nuestras costumbres, acogiendo en su domicilio a cuantos viajeros de relevancia  científica pasaron por la isla o establecieron correspondencia con él.
Desde Unamuno hasta los liberales del llamado Contubernio de Munich, pasando por otros desterrados como el anarquista Buenaventura Durruti.
Su casa, la morada que acogió al escritor y filósofo vasco en 1924, estaba realmente ubicada donde hoy se levanta el edificio Unamuno, esquina de las calles Virgen del Rosario y Fernández Castañeyra.


Al decir del profesor y amigo de don Ramón, Rosendo Marrero García, comparando esta vivienda del viejo Puerto de Cabras con la iglesia del Convento de Betancuria, el inmueble debió mantenerse como parte del Patrimonio Histórico de la ciudad.


Y con la casa –escribió Matías González García-, una excelente y bien nutrida biblioteca estuvo generosamente a disposición de cuantas personas llegaban a la isla con alguna inquietud política o intelectual.
La muerte de don Ramón Castañeyra Schamann en la madrugada del 18 de abril de 1973, desveló su decidido interés por la isla en general y por Puerto del Rosario en particular. Al abrirse su testamento, en mayo de aquel año, pudo leerse en su primera cláusula que donaba su biblioteca al Municipio de Puerto del Rosario, para la biblioteca pública de la ciudad; y con ella los enseres y condecoraciones que le dejara Unamuno en 1924 y las suyas propias, de las que no gustaba vanagloriarse.
La perspectiva de los años nos induce a pensar que quienes apostaron por conservar el inmueble y la biblioteca de Castañeyra, se vieron defraudados: la vieja casa dio paso a un edificio de unas cinco plantas y el legado bibliográfico, por vicisitudes de la intrahistoria local –pasto de futuras investigaciones-, quedó finalmente disgregado, conservando dos partes visibles, una en la Biblioteca Municipal de Puerto del Rosario y otra en los departamentos de Biblioteca y Archivo del Cabildo Insular de Fuerteventura…
Sin dudas se desoyeron los principios de procedencia documental que aconsejan siempre mantener unido, siquiera por respeto a la última voluntad del testador y benefactor del municipio, un legado como el que tratamos.
El patrimonio bibliográfico de don Ramón entró en la Biblioteca Municipal de Puerto del Rosario cuando ésta se ubicaba en la planta baja de la entonces Delegación Insular de Gobierno. Allí pude ver varios bultos llenos de libros que doña Josefa Castañeyra Schamann, hermana del testador, iba incorporando al registro general y subiendo a los anaqueles del establecimiento… Allí estaba la Ilustración Española y Americana, La Aurora, la Revista de Historia Canaria, la del Museo Canario; ediciones príncipe de Unamuno, de Ortega y Gasset, de Azorín, de Marañón, de Pío Baroja, de Machado, de Juan Ramón Jiménez, de García Lorca… con ex libris, anotadas y subrayadas por un autodidacta como fue Castañeyra, quien escribía en 1967: “¿Qué podía hacerse en mis tiempos en Fuerteventura? Gracias que he tenido la obsesión de leer continuamente. De buscar, de sondear sin descanso cuanto he podido”.



En muchas de aquellas publicaciones, especialmente en las periódicas, lujosamente encuadernas por el abuelo de don Ramón Castañeyra Schamann, me encantaba leer los recortes de prensa con los artículos que aquél escribiera muy joven para periódicos como el Eco de Comercio, de Santa Cruz de Tenerife, entre 1860 y 1864…
En la década de 1980, apenas diez años después del legado, la Biblioteca pasó a un local de la calle Doctor Mena, esquina a Comandante Franco, mientras se aprobaban los planos y proyecto de la actual sede en calle Ramiro de Maeztu número 1.
Fue precisamente en ese intervalo de traslados, cuando el legado se trasegó en “beneficio” del Cabildo Insular de Fuerteventura, volcado a la sazón en levantar un archivo y una Biblioteca “Canaria”, además de la Casa Museo Unamuno, habilitada casi doscientos metros más arriba de la de Don Ramón, en la calle Virgen del Rosario.
Treinta años después me sigo preguntando si mereció la pena romper la integridad del legado…
Hago esta reflexión desde la frustración de no ver, por ejemplo, el Semanario La Aurora que dirigiera el padre de don Ramón, José Castañeyra Carballo, microfilmado –como entonces se decía- o digitalizado -como ahora decimos-, al servicio abierto de todos, pues a un periódico de aquellas características una colección completa (1900-1906) de 295 números y encuadernada por su abuelo en varios volúmenes, se le presume una vocación de difundir la cultura y las ideas, una vocación de universalidad.
De este semanario pasó el centenario de su aparición y el de su desaparición, fechas sensibles para recordar y enorgullecer a un pueblo que vio el primer periódico impreso de la isla. Pero ni por esas. Sólo un artículo de J.J. Darias en el diario La Provincia desveló la efeméride, pero ahí sigue el municipio sin sus microfilmes, sin las imágenes digitalizadas, sin los originales de una espléndida colección.

jueves, 6 de octubre de 2011

“El Pacífico” se hunde cerca del Puertito de Los Molinos, 1961

Nos lo contaba Juan José Felipe Lima en su crónica del día 23 de junio para el diario Falange: Se hunde un barco en las costas de Fuerteventura.
Se trataba de un pesquero familiar recientemente despachado en la Comandancia de Marina de Puerto del Rosario y que el día 19 de junio había salido del Puerto de La Peña, junto a la Playa de Ajuy, con cinco tripulantes a bordo.
La vía de agua que presagiaba el desastre fue descubierta a la altura de la Playa de Los Molinos, como a una media milla del litoral. La tripulación actuó frenética con bombas de achique y baldes pero no daban abasto. El barco estaba perdido.
El barquito era el único medio de vida de un grupo de pescadores que tenían puestas en él sus esperanzas, pues lo habían comprado no hacía mucho tiempo. Tenía 9,05 metros de eslora, 2,44 de puntal y 1,10 de manga, siendo patroneado por Juan Morales Méndez.
El cronista nos contaba que “el motor, de 16 A 24 caballos, funcionaba bien; estaban satisfechos con el resultado de la faena pues la pesca era abundante en la costa poniente de Fuerteventura”. Poco después se truncaron sus expectativas.
Tan pronto se inundó la sala de máquinas, el patrón mandó abandonar la nave, para lo que se arrió el único bote al que subieron tres marineros, los otros dos no tuvieron más remedio que nadar agarrados al mismo.
Al Puertito de Los Molinos recalaron chorreando los náufragos de “El Pacífico”: Juan Morales Méndez, Dámaso Santana Morera, Damián Santana Morera, Rafael Santana Torres y Eduardo Morera Morales. El Patrón y los marineros acudieron a dar cuenta del siniestro a la Autoridad Marítima de Puerto del Rosario.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Un periódico de Fuerteventura en 1944: Herbania

Notas sobre un semanario ilustrado, editado e impreso en Fuerteventura, octubre de 1944

Visita del capitán general y jefe del Mando Económico de Canarias, Francisco García Escámez e Iniesta a la isla. Alcalde Honorario de Puerto de Cabras. Vino a inaugurar los cuarteles y residencias de oficiales y suboficiales del ejército, acercándose también a ver las obras de la Presa de Los Molinos. El diario Falange se haría eco de esta noticia en su edición del 7 de octubre de 1944.
Guarnecía la plaza de Puerto de Cabras el Batallón de Infantería Independiente número 32, en cuya imprenta se imprimió el periódico del que hoy nos ocupamos, el primero impreso en la isla, si obviamos el manuscrito El Eco de Tiscamanita (siglo XIX) y recordamos que La Aurora (1900-1906) se imprimía en Gran Canaria.
Se trata de un semanario que circuló con dos cabeceras. Vio la luz como El Majorero, Semanario Ilustrado de Fuerteventura, el 2 de octubre de 1944, bajo cuyo cabecera sólo imprimió este ejemplar con el número 1, continuando, que sepamos, del 2 al 4 como Herbania, Semanario Ilustrado de Fuerteventura, siendo el último de carácter extraordinario.
El lenguaje utilizado es el de exaltación y grandilocuencia propio del momento de posguerra, con Canarias bajo el Mando Económico, racionamientos y situación internacional de guerra mundial.


El Majorero, semanario ilustrado de Fuerteventura

Se editó como número 1, con seis páginas a tre columnas, con fotos en blanco y negro del capitán general de Canarias y de los cuarteles que, a la sazón, habían sido inaugurados. Su precio era de 40 céntimos en la isla y fuera de ella a 50 céntimos.
Su promotor y director con el apadrinamiento de capitanía general, fue Alfonso Beriso Lardín, un oficial que rápidamente fue promovido a Tiradores de Ifni, donde siguió en su empeño periodístico con el Africa Occidental Española [A.O.E.], que duró hasta la retrocesión del Ifni a Marruecos. Quién sabe si el semanario que nos ocupa hubiera corrido igual suerte de seguir este entusiasta personaje en Fuerteventura.
En El Majorero pudimos leer su Editorial bajo epígrafe "Nuestra razón de ser...", don de la redacción se muestra como semanario ilustrado de la isla y una foto-saludo del capitán general en la columna central.
Otros artículos que completaron el ejemplar fueron los siguientes:
- Una Isla un estilo, como homenaje a Miguel de Unamuno, sin firma.
- Cara al mar, "Fuerteventura está de enhorabuena; otra vez vuelve a tener periódico propio...", sin firma.
- Se dice..., firmado por JOMAGO, [seudónimo de José Marrero González, escribiente del periódico], Chispas interrogantes sobre la realildad social y local.
- Fiesta en honor a nuestra patrona, sin firma.
- Diálogo perruno, por Borre [José A. Borrego, Jefe Insular del Movimiento].
- Mensaje de "consigna" sobre postulación nacional del Frente de Juventudes, sin firma.
- El capitán general, alcalde honorario, sin firma.
- Nocturno, por SAN-MAR.
- A Franco. Capitán de España, por Manuel González Sosa, cabo del Batallón de Infantería número 32.
- Concursos, la Redacción.
- Boletín Insular del Movimiento. Delegación comarcal sindical, anuncios. Por el Jefe Comarcal, Antonio Hormiga, con el Visto Bueno del Jefe Insular, José A. Borrego.
- Inauguración de una residencia de oficiales, sin firma.
- Nuestro folletín, sin firma.
- Ecos de sociedad, sin firma.
- Fiestas y festejos, La Comisión.
- Mi Tribuna, por A. de Viana [posiblemente Ramón Castañeyra Schamann].
- Nociones de agricultura, para los majoreros [primera entrega], por Francisco Medina.

En el área de entretenimiento, crucigramas y problemas.
En cuanto a los Anuncios Comerciales, el espacio destinado a este tema desbordó muchas veces la estructura columnar del semanario, apareciendo en las páginas 2, 3, 4, 5, 6.

Y lo sorprendente: en este mismo número 1 se da cuenta de un anuncio de constitución del Consejo de Administración de la Empresa Herbania, dando cuenta de que en sesión de 10 de septiembre de 1944, celebrada en el Casino El Porvenir, decidieron cambiar el nombre del semanario por el de Herbania, cuya denominación se aplicará a la empresa editorial.

[tomado de la web Bibliotecas Púbicas Españolas, Puerto del Rosario]

De aquel Consejo de Administración formaron parte los siguientes señores: Alfonso Beriso Lardín, como presidente; Juan Martín Alonso, como secretario; Ramón Peñate Castañeyra, como tesorero, y Santiago Hormiga Domínguez, como contador.

lunes, 26 de septiembre de 2011

La aparición de Playa de los Mozos (Puerto del Rosario, Fuerteventura), 1896

Vincenza Boeri in Velavella: La “aparecida” de la Playa de Los Mozos (Casillas del Ángel, Fuerteventura), 1896.

Hace ya bastantes años que mi padre solía contarnos que allí, junto al Barranco de los Mozos, bajo un pequeño mojón de piedras que sostenía una cruz de palo estaba el esqueleto de un aparecido en la playa.
Y la historia –como a él se le contaron- nos la repetía cada vez que, con mis hermanos lo acompañábamos al marisqueo o a la pesca por la zona de Playa del Valle, La Marchena y Los Mozos. Yo me quedaba mirando aquel montoncito de piedras junto a la pista que cruzaba el barranco hacia el norte, hacia Los Molinos, imaginando las circunstancias de quién podría ser el muerto.
De tanto oírlo, aquel cuento se me grabó y siempre que podía, lo repetía a otros incautos que se atrevían a escucharme.


Es frecuente encontrar cruces de palo por toda la orilla de Fuerteventura, sobre todo en la costa occidental del término; como actualmente en las orillas de las carreteras, marcando el punto en el que alguien perdió la vida en accidente. Y las cruces junto al mar también marcan lugares de muerte de pescadores arrebatados por el mar o de mariscadores arriesgados que perdieron la vida en las cercanías de aquel símbolo del cristianismo.
La Playa de los Mozos es, en la desembocadura del barranco del mismo nombre, límite natural que divide actualmente los términos de Puerto del Rosario y Betancuria, pero que en los momentos que vamos a tratar en el fondo de aquel cauce confinaban los de la Villa y Casillas del Ángel.
La anchura del cauce en el punto que nos encontramos podrá tener cuarenta o cincuenta metros y, según nos ubicáramos en una orilla o en la otra estaríamos en uno o en otro municipio. Y eso fue lo que pasó cuando la noticia saltó a la prensa: el incidente, o sea la aparición, se había producido en el territorio de Betancuria, pero los que rescataron el cuerpo vieron más cómodo sacarlo por la orilla norte de la playa, más resguardada del viento dominante y del oleaje y, por lo tanto la crónica recogió lo acontecido como un “crimen misterioso”, “la mujer del ataúd” o “el suceso de Casillas del Ángel”.

La lectura de la prensa histórica me avisó de que lo que mi padre me contaba tenía visos de haber sido un episodio real. Misterioso –cosas del subconsciente colectivo-, pero real.
Él, como sus hermanos, trabajó muy joven en la construcción de la finca del Médico de los Corderos en el barranco de la Peña, que se conoció como El Jurado o El Escorial, próximo al puerto de la Peña Horadada, cerca de Ajuy. Y allí escuchaban las leyendas y cuentos de los “jallos” de la costa y de las cruces de “los aparecidos”. Y ellos mismos,  como casi todos los vecinos de la zona agobiados por el hambre, recurrían a la pesca y al marisqueo para complementar su dieta y su economía familiar.
Pero vayamos a lo que nos ocupa. Nacido en 1918, mi padre escuchaba aún a finales de la década de 1920 el cuento de la cruz de la Playa de Los Mozos, que la gente relacionaba con la sepultura de un aparecido. ¿Qué otra cosa podía ser aquella señal, tan alejada de los riscos y de la playa, tan lejos de los pueblos habitados?
La memoria colectiva de quienes por aquellas inmediaciones merodeaban mantuvo durante mucho tiempo el recuerdo de que allí se constituyese alguna vez el juzgado de Casillas del Ángel para practicar una autopsia, enterrándose el cadáver en el mismo sitio. Cuando llegó a oídos de mi padre, lo que allí había –contaba- era un esqueleto, sin más precisiones. La memoria colectiva se había despojado de los detalles de aquel caso, quedando sólo una cruz.
El año del suceso ejercía de alcalde de Casillas del Ángel don Manuel Rugama y Vera, siendo secretario de la corporación que presidía don Francisco Peña del Castillo. Ellos, junto a juez y fiscal municipal fueron quienes movieron la maquinaria para constituirse en la Playa de Los Mozos, auxiliados en el traslado por algunos camelleros y curiosos que se desplazaron hasta aquel paraje.

El caso en la prensa

Lo que la prensa publicó durante el mes de mayo de 1896 viene a dar contenido a lo que yo consideré mucho tiempo una historia, un cuento de quienes pasaban largas temporadas junto al mar, especialmente en los momentos que la agricultura podía liberarlos para ocuparse como peones en carreteras y en la construcción de fincas como la de don Agustín Afonso Ferrer antes mencionada; momentos en los que se acercaban a la orilla para comer los productos del mar, igual que lo hacían en la Playa del Valle, más cercana al lugar de residencia familiar, desde tiempo inmemorial.

En la remota Playa de Los Mozos, al poniente de Fuerteventura, donde lo habitual era la presencia de pescadores, mariscadores y ganaderos que allí soltaban el ganado en la dehesa comunal, se produjo uno de los más singulares “jallos” en la historia de la isla.

Los periódicos: La Opinión, (de Santa Cruz de Tenerife), Diario de Tenerife, y Diario de Las Palmas, de la capital Gran Canaria en sus ediciones de mayo y junio de 1896, respectivamente, reprodujeron el incidente como una historia por entregas: desde la curiosidad y sorpresa de los pescadores que protagonizaron el hallazgo hasta el cotilleo de quienes se cartearon con los medios para ir informando de cuanto aconteció en aquel remoto lugar de uno de los municipios más extensos de la Fuerteventura de aquellos años.

De un crimen, porque no es posible concebir otra cosa, tenemos que dar cuenta hoy a nuestros lectores –decía La Opinión, de Santa Cruz de Tenerife: El día 16 del corriente mes [mayo de 1896] hallándose dos pescadores en las playas del [municipio] de Casillas del Ángel, Fuerteventura, y en sitio conocido por Caleta Grande, vieron en el mar un objeto que flotaba y que luego fue arrojado por las olas a la playa de Los Mozos. El objeto era una caja forrada en plomo. Roto esto, apareció otra caja en forma de ataúd, pintada de negro.
Abierta a la vez esta caja, apareció otra tercera de latón, y dentro, con espanto de los pescadores, el cadáver de una mujer joven, en estado de descomposición, de cabellos negros y color trigueño. Las órbitas estaban vacías, es decir, le habían sacado los ojos.

El diario Crónica, también de Tenerife, reprodujo prácticamente el artículo de La Opinión de Santa Cruz de Tenerife, tildando el asunto de “Un hecho misterioso, raro y excepcional… El juzgado de Casillas del Ángel que entiende el asunto, porque en su jurisdicción se encontró la caja referida, remite las diligencias al de instrucción de Las Palmas…” El cadáver, que ha sido enterrado cerca del sitio donde fue hallado, tenía la mandíbula inferior sujeta con la superior con un pañuelo atado a la cabeza, y en la frente una enorme herida que sin duda le causó la muerte.
Haciéndose eco de su corresponsal en Puerto de Cabras el citado Crónica escribía que “en la tarde del 16 de mayo, hallándose pescando en el paraje desierto que denominan Playa de los Mozos un vecino de Casillas del Ángel, vio venir flotando en dirección a tierra un objeto largo, al parecer una caja que con gran trabajo pudo poner en tierra… la custodió toda la noche, sin abrirla por carecer de herramientas para ello y al siguiente día, 17, consiguió hacerle uno o dos agujeros por sus extremos, pudiendo ver asombrado que la caja contenía un cadáver.
Horrorizado por tan inesperado hallazgo se apresuró a poner el hecho en conocimiento del juzgado municipal de Casillas del Ángel, personándose en el sitio donde la caja se encontraba el Juez Municipal, acompañado del cura párroco y algunas personas de significación en el pueblo, procediéndose a al apertura de la aludida caja que era de plomo, conteniendo una de madera y otra de zinc, dentro de la cual se halló, ya principiando a descomponerse, el cadáver de una joven al parecer de 18 a 20 años, con falda ordinaria, de color, un pañuelo sujetando las mandíbulas, descansando la cabeza de magnifica cabellera negra en una almohada forro basto, guantes de cabritilla y medias negras, camisa y además un saco de poco valor con encajes en el pecho y cuello.
Y, dado que el cadáver, excesivamente hinchado, tenía al parecer una herida en la frente, el juez dispuso se le diera sepultura en aquel sitio.

A finales de Mayo fue el Diario de Las Palmas quien tomó el relevo en el serial de Playa de Los Mozos o “La mujer del ataúd”, texto que sirvió de titular a los sucesivas entregas sobre el suceso:
“Hemos dado ya a nuestros lectores algunos antecedentes respecto al hallazgo misterioso en las playas de Casillas del Ángel (Fuerteventura), del cadáver de una mujer joven, guardado en tres cajas, con los ojos extraídos y presentando en la frente una herida de algunos centímetros, según afirman rotundamente las personas que en las playas de Dos Mozos presenciaron las faenas para abrir las cajas. Conviene no perder estos datos de vista, es decir la herida y la extracción de los ojos, para relacionar este hecho con otro de que a la vez viene ocupando la opinión pública”.

La autoridad judicial se persona en La Playa

La noticia llegó al alcalde presidente de Casillas del Ángel a través de su pedáneo en Tefía y la Costa de Las Salinas, al que avisaron los pescadores que encontraron el ataúd.
Mientras se decidió trasladar al juez de paz a la zona, se notificó al de Primera Instancia en Gran Canaria para la práctica de las diligencias oportunas. Entre las actuaciones del juez municipal y la llegada del titular de primera instancia para realizar la correspondiente autopsia, se hizo un primer informe sobre el cadáver el día 17 de mayo, acordándose enterrar las cajas de madera y zinc que lo contenían en el punto que se señaló con una cruz de palo.
Doce días después, el 29 de mayo, llegaba dicha autoridad judicial de Primera Instancia al sitio en que fue enterrado el cadáver. Serían las ocho de la mañana cuando se procedió a la exhumación, no sin antes adoptar las precauciones de desinfección que aconsejaba el avanzado estado de descomposición del cuerpo.
“… Veinte minutos después se sacó la caja con la muerta y se depositó en una mesa, levantándose las tapas de las cajas de madera y de zinc, procediéndose de nuevo a desinfectar… Hecho esto se levantó el cadáver sacándolo de la caja de zinc para depositarlo sobre la mesa que se había llevado para practicar la autopsia, y se le despojó de todas sus ropas...” entre las cuales el pañuelo que sujetaba la mandíbula mostraba una letra V marcada en el centro.
Y del informe judicial trascendieron algunos detalles: “Se examinó con el mayor detenimiento la herida que presentaba en la frente, y después, las órbitas. Y en efecto, no cabe duda que la herida que parte del ángulo externo del ojo izquierdo, ha sido hecha con instrumento cortante y quizás antes de la muerte. Tiene la herida, que no es mortal de necesidad, una forma oval que mide 3 centímetros de largo por 8 de ancho, quedando el hueso del frontal descubierto. Los ojos han sido extraídos, porque sólo quedan restos de membranas que cuelgan a manera de flequillos alrededor de las órbitas como si con instrumento cortante se hubiesen vaciado, acuchillándolos repetidas veces…”
Tras la observación de los datos antes descritos, el Juzgado procedió a la autopsia propiamente dicha, empezando por la cabeza y siguiendo con el pecho y vientre, siendo esta una penosa operación dado el estado de putrefacción del cadáver. “los órganos todos estaban hechos papilla…” comentaron algunos, no pudiéndose esclarecer la causa de muerte.
Sin embargo, al examinar el abdomen y aparato genital de la presunta víctima, se apreciaron indicios de un reciente parto: “vulva y vagina dilatadas, presentando la matriz un anormal aspecto”.
Después de dos horas el juzgado dio por terminada la operación, incautándose de las ropas por ver si mostraban marcas, lo que no se hizo con las cajas que pudieran mostrar inscripciones, y llevándose las vísceras para someterlas a análisis químicos en Gran Canaria. Y allí dejaron los restos de la mujer metidos en las cajas y sepultados bajo una cruz de palo.

La posible solución del enigma

El día 7 de mayo de 1896 llegó al Puerto de Las Palmas de Gran Canaria un vapor italiano de nombre Messapia. Venía del Río de la Plata, (Montevideo y Buenos Aires), en escala técnica para Génova, en la Península Italiana.
Su capitán, siguiendo las normas internacionales de marina mercante, se apresuró en dar cuenta a la Junta de Sanidad Marítima que traían a bordo el cadáver de una mujer de 37 años, de nacionalidad italiana, que había fallecido de obstrucción intestinal el día 5 de mayo de 1896, al mediodía, es decir, dos días antes de llegar a Puerto.
A la casa del vicecónsul de la república italiana se acercaron el capitán del buque y el marido de la fallecida, señor Velavella, para dar parte de la defunción de doña Vincenza Boeri, de aquella nacionalidad y natural de Génova, hija de un rico banquero de aquella ciudad.
Buscaron también información para llevar el cadáver hasta Génova metido en cajas de zinc y madera, si habría problemas en desembarcarlo en la capital grancanaria para enterrarlo cristianamente donde se pudiera saber dónde quedaban depositados los restos de la señora. La segunda de las cuestiones quedó patente desde que la Junta de Sanidad Marítima a la que fueron remitidos, les negó el desembarco.
Fue entonces cuando subieron al Messapia dos operarios del taller de don Enrique Sánchez, de Gran Canaria, para soldar una gran caja de madera pintada de negro y en forma de ataúd, a la que recubrieron con planchas de plomo. Ellos, según manifestaron a la prensa, no supieron si dentro había otra de zinc y si en su interior estaba efectivamente el cadáver.
Finalmente el buque zarpó rumbo a Génova el día 8 de mayo de 1896, pasando por la costa occidental de Fuerteventura en rumbo NE para, haciendo escala en el puerto de Valencia, alcanzar su definitivo destino en Italia.
El Gobernador Civil de Valencia, informado de la arribada del Messapia, telegrafió al puerto grancanario para comunicar que el capitán del buque, fondeado en escala para Génova, manifestó llegar con un pasajero menos, cuyo cadáver fue arrojado al mar.
Tal vez la intención de marido con permiso del capitán del Messapia fuera entregar el ataúd a las aguas del océano. El primero relacionado con el golpe que se descubriría en la frente del cadáver y la extracción de sus ojos; el segundo interesado en evitar los controles sanitarios que provocarían el retraso en la expedición de su buque, al ponerlo en cuarentena tan pronto diera cuenta de lo que llevaba a su bordo, como así fue, interviniendo la autoridad civil mencionada en un intento de contrastar hechos y declaraciones.

Y nuevas cuestiones en torno al ataúd

¿Dónde murió Vincenza Boeri? ¿Cuándo murió? ¿Dónde Parió, en el mar o en tierra? ¿Dónde quedó la criatura?
¿Por qué se metió el cadáver en la caja de zinc? ¿Por qué se metió aquella en otra caja de madera? ¿Por qué quien soldó la primera caja no hizo lo mimo con la de plomo?
Fuera como fuese, lo que si es evidente es que los dos hechos: la aparición de Playa de Los Mozos y llegada del Messapia, estaban relacionados; aunque entre ambos mediaron 8 días.
Y en Casillas del Ángel, la investigación judicial encuentra nuevas dudas: ¿Qué significada el golpe de la frente? ¿Por qué le arrancaron los ojos al cadáver? ¿Fue asesinato?
Estamos seguros de que el expediente judicial abierto arrojará interesantes perspectivas sobre este asunto que puso en relación la navegación transoceánica –seguramente la emigración-: De Italia a Uruguay, con escalas en Valencia y Gran Canaria, pasando frente a Fuerteventura y a la Playa de Los Mozos. Los testimonios que llegaron a la prensa lo hicieron por mediación de curiosos que siguieron los acontecimientos consultando a los comisionados de costa, pescadores y vecinos que allá se desplazaron.
En aquel paraje del mancomún de Las Salinas sigue la cruz, junto a margen derecha del barranco, en la costa occidental de Fuerteventura, con su historia oculta, misteriosa, olvidada… ciento y pico años después.