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viernes, 5 de octubre de 2012

Asesinato en Puerto de Cabras, 1901


El de Jerónimo Fernández Jorge dio mucho que hablar entre los vecinos y el recuerdo se  mantuvo durante varias décadas.
Entre la ficción y la realidad sobre un crimen...
En Puerto de Cabras no se recordaba tanto alboroto desde los tiempos en que el corsario “Vencedor” bombardeó la ciudad y secuestró a la Junta de Sanidad, o desde aquel otro episodio en que Juan Kelt, armado hasta los dientes y ahíto del mejor aguardiente que había en la isla, se plantó en medio del embarcadero dando tiros y proclamando la independencia de no sabía bien qué países de la América española…
De aquello había transcurrido casi un siglo y junto al embarcadero se disfrutaba ya de un muellito en el que los viajeros podían embarcarse cómodamente, sin tener que trepar a hombros de los marineros para no mojarse las calzas.

Un día de correíllo en el muelle de Puerto de Cabras, principios del siglo XX. Del libro  "Puerto de Cabras, Puerto del Rosario, una ciudad joven".

El Puerto despertaba al nuevo siglo XX empujado por la tercera generación de una burguesía que aquí se había instalado a finales del XVIII.
El comercio se había desarrollado ampliamente y después de que los militares se establecieron en la calle de La Marina, las cantinas que antes abastecían a pescadores, marineros y ganaderos, se duplicaron.
A principios del pasado siglo había en Puerto de Cabras un juzgado municipal que se encargaba de derivar asuntos como el que nos ocupa hacia el de primera instancia e instrucción, ubicado a la sazón en Arrecife de Lanzarote.
El ron era protagonista por las calles de la localidad, especialmente los miércoles, día de correíllo, dando especial trabajo a los guardias civiles que aquí se habían instalado hacía pocos años. Entonces la bahía era surcada por un ir y venir de barquillos y falúas que traían y llevaban carga y pasajeros hasta los vapores y veleros allí fondeados.
Juan Morales Álvarez (Tetir, 1839) es uno de los protagonistas del suceso. Había llegado al Puerto desde su vega natal abandonando la actividad ganadera y agraria para abrir una carnicería y, cuando ocurrió el incidente, estaba viudo y vivía con sus hijos Josefa, Victoria y Pablo Morales Barrera, nacidos aquí en 1875, 1880 y 1882, respectivamente.
A mediodía del 6 de marzo de 1901, el azar quiso que desde la costa del salado arribase también una de las balandras de Agustín Pérez, entre cuyos tripulantes se encontraba “Momito”, el de María Jorge (Puerto de Cabras, 1845), y potencial víctima que comenzó a visitar cuantos altares al dios Baco encontró a su paso.
Juan Morales, carnicero y matarife se jactaba de dominar los cuchillos, por lo que se hacía llamar cortador. Nada de extrañar con sus 60 años de vida entre animales. Lo que le cabreaba desde que enviudó, era que Jerónimo Fernández Jorge (Puerto de Cabras, 1877-1901), más conocido por “Momito el de María Jorge”, rondase a sus “niñas”, especialmente cuando regresaba de la costa, después de varias semanas de faena en la mar.
Y la desgracia se veía venir. Días atrás el viejo Morales lo había comentado en la pescadería de José Machín: ¡Un día de estos lo abro en canal…!
La promesa se cumplió. Al atardecer de aquél seis de marzo Jerónimo Fernández, lejos de visitar a su madre y hermanos Antonio (Puerto de Cabras, 1875) e Isabel (Santa Cruz de Tenerife, 1883), se acercó a la tablajería del Puerto para repetir lo que a Juan Morales desquiciaba pero éste, viéndolo venir, salió a la puerta cuchillo en mano.
Momito cambió su rumbo escorándose a la izquierda con la intención de perderse Ciudadela arriba, como un barco mal estibado. Morales lo siguió pacientemente hasta encontrarse cara a cara y, sin mediar palabra, le asestó una certera puñalada en el corazón. Jerónimo cayó de rodillas, fulminado, con las manos crispadas en un amago imposible de agarrarse a su agresor que retiró el cuchillo para limpiarlo en su propio mandil y retornar a su negocio…
La noticia corrió como reguero de pólvora. Hubo gritos de quienes los vieron discutir y desde un agitado muellito subió la pareja de civiles que detuvo al agresor a pocos metros del lugar de los hechos y, sin oponerles resistencia, fue preso y entregado en el Juzgado Municipal de la localidad junto con un paquete conteniendo varios cuchillos que le requisaron.
Pocos días después el juez municipal despachó una breve diligencia y envió a Juan Morales junto a las armas del delito a bordo de la goleta “Beatriz” y con destino al Juzgado de Primera Instancia de Arrecife.
Buscado el asunto en la prensa de la época (Archivo de Prensa Histórica de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria), encontramos unas líneas que le dedicó el "Diario de Las Palmas", luego copiadas por "El Diario de Tenerife" y por "La Opinión"; decía así:
"Según noticias de Puerto de Cabras, el 6 del actual, un individuo de 60 años, de oficio cortador, llamado Juan Morales Álvarez, dio una puñalada en el corazón a Jerónimo Fernández Jorge, de 24 años, pescador, dejándole muerto en el acto..."
Este sencillo episodio se fue diluyendo en la memoria colectiva de la ciudad, dejando huellas y estigmas entre las familias de agresor y víctima, que convinieron en levantar una sencilla cruz de piedra con las iniciales J.F.J. que hasta el 2008 podíamos ver en un solar de la calle Juanito el Cojo, frente al Mercado Municipal de Puerto del Rosario.
La cruz que se colocó donde cayó Jerónimo Fernández Jorge, aún  se veía en el solar de la calle  Juanito el Cojo, frente al mercado municipal de Puerto del Rosario. [Foto aportada por Paco Cerdeña].
Copyright: Francisco Javier Cerdeña Armas

lunes, 26 de septiembre de 2011

La aparición de Playa de los Mozos (Puerto del Rosario, Fuerteventura), 1896

Vincenza Boeri in Velavella: La “aparecida” de la Playa de Los Mozos (Casillas del Ángel, Fuerteventura), 1896.

Hace ya bastantes años que mi padre solía contarnos que allí, junto al Barranco de los Mozos, bajo un pequeño mojón de piedras que sostenía una cruz de palo estaba el esqueleto de un aparecido en la playa.
Y la historia –como a él se le contaron- nos la repetía cada vez que, con mis hermanos lo acompañábamos al marisqueo o a la pesca por la zona de Playa del Valle, La Marchena y Los Mozos. Yo me quedaba mirando aquel montoncito de piedras junto a la pista que cruzaba el barranco hacia el norte, hacia Los Molinos, imaginando las circunstancias de quién podría ser el muerto.
De tanto oírlo, aquel cuento se me grabó y siempre que podía, lo repetía a otros incautos que se atrevían a escucharme.


Es frecuente encontrar cruces de palo por toda la orilla de Fuerteventura, sobre todo en la costa occidental del término; como actualmente en las orillas de las carreteras, marcando el punto en el que alguien perdió la vida en accidente. Y las cruces junto al mar también marcan lugares de muerte de pescadores arrebatados por el mar o de mariscadores arriesgados que perdieron la vida en las cercanías de aquel símbolo del cristianismo.
La Playa de los Mozos es, en la desembocadura del barranco del mismo nombre, límite natural que divide actualmente los términos de Puerto del Rosario y Betancuria, pero que en los momentos que vamos a tratar en el fondo de aquel cauce confinaban los de la Villa y Casillas del Ángel.
La anchura del cauce en el punto que nos encontramos podrá tener cuarenta o cincuenta metros y, según nos ubicáramos en una orilla o en la otra estaríamos en uno o en otro municipio. Y eso fue lo que pasó cuando la noticia saltó a la prensa: el incidente, o sea la aparición, se había producido en el territorio de Betancuria, pero los que rescataron el cuerpo vieron más cómodo sacarlo por la orilla norte de la playa, más resguardada del viento dominante y del oleaje y, por lo tanto la crónica recogió lo acontecido como un “crimen misterioso”, “la mujer del ataúd” o “el suceso de Casillas del Ángel”.

La lectura de la prensa histórica me avisó de que lo que mi padre me contaba tenía visos de haber sido un episodio real. Misterioso –cosas del subconsciente colectivo-, pero real.
Él, como sus hermanos, trabajó muy joven en la construcción de la finca del Médico de los Corderos en el barranco de la Peña, que se conoció como El Jurado o El Escorial, próximo al puerto de la Peña Horadada, cerca de Ajuy. Y allí escuchaban las leyendas y cuentos de los “jallos” de la costa y de las cruces de “los aparecidos”. Y ellos mismos,  como casi todos los vecinos de la zona agobiados por el hambre, recurrían a la pesca y al marisqueo para complementar su dieta y su economía familiar.
Pero vayamos a lo que nos ocupa. Nacido en 1918, mi padre escuchaba aún a finales de la década de 1920 el cuento de la cruz de la Playa de Los Mozos, que la gente relacionaba con la sepultura de un aparecido. ¿Qué otra cosa podía ser aquella señal, tan alejada de los riscos y de la playa, tan lejos de los pueblos habitados?
La memoria colectiva de quienes por aquellas inmediaciones merodeaban mantuvo durante mucho tiempo el recuerdo de que allí se constituyese alguna vez el juzgado de Casillas del Ángel para practicar una autopsia, enterrándose el cadáver en el mismo sitio. Cuando llegó a oídos de mi padre, lo que allí había –contaba- era un esqueleto, sin más precisiones. La memoria colectiva se había despojado de los detalles de aquel caso, quedando sólo una cruz.
El año del suceso ejercía de alcalde de Casillas del Ángel don Manuel Rugama y Vera, siendo secretario de la corporación que presidía don Francisco Peña del Castillo. Ellos, junto a juez y fiscal municipal fueron quienes movieron la maquinaria para constituirse en la Playa de Los Mozos, auxiliados en el traslado por algunos camelleros y curiosos que se desplazaron hasta aquel paraje.

El caso en la prensa

Lo que la prensa publicó durante el mes de mayo de 1896 viene a dar contenido a lo que yo consideré mucho tiempo una historia, un cuento de quienes pasaban largas temporadas junto al mar, especialmente en los momentos que la agricultura podía liberarlos para ocuparse como peones en carreteras y en la construcción de fincas como la de don Agustín Afonso Ferrer antes mencionada; momentos en los que se acercaban a la orilla para comer los productos del mar, igual que lo hacían en la Playa del Valle, más cercana al lugar de residencia familiar, desde tiempo inmemorial.

En la remota Playa de Los Mozos, al poniente de Fuerteventura, donde lo habitual era la presencia de pescadores, mariscadores y ganaderos que allí soltaban el ganado en la dehesa comunal, se produjo uno de los más singulares “jallos” en la historia de la isla.

Los periódicos: La Opinión, (de Santa Cruz de Tenerife), Diario de Tenerife, y Diario de Las Palmas, de la capital Gran Canaria en sus ediciones de mayo y junio de 1896, respectivamente, reprodujeron el incidente como una historia por entregas: desde la curiosidad y sorpresa de los pescadores que protagonizaron el hallazgo hasta el cotilleo de quienes se cartearon con los medios para ir informando de cuanto aconteció en aquel remoto lugar de uno de los municipios más extensos de la Fuerteventura de aquellos años.

De un crimen, porque no es posible concebir otra cosa, tenemos que dar cuenta hoy a nuestros lectores –decía La Opinión, de Santa Cruz de Tenerife: El día 16 del corriente mes [mayo de 1896] hallándose dos pescadores en las playas del [municipio] de Casillas del Ángel, Fuerteventura, y en sitio conocido por Caleta Grande, vieron en el mar un objeto que flotaba y que luego fue arrojado por las olas a la playa de Los Mozos. El objeto era una caja forrada en plomo. Roto esto, apareció otra caja en forma de ataúd, pintada de negro.
Abierta a la vez esta caja, apareció otra tercera de latón, y dentro, con espanto de los pescadores, el cadáver de una mujer joven, en estado de descomposición, de cabellos negros y color trigueño. Las órbitas estaban vacías, es decir, le habían sacado los ojos.

El diario Crónica, también de Tenerife, reprodujo prácticamente el artículo de La Opinión de Santa Cruz de Tenerife, tildando el asunto de “Un hecho misterioso, raro y excepcional… El juzgado de Casillas del Ángel que entiende el asunto, porque en su jurisdicción se encontró la caja referida, remite las diligencias al de instrucción de Las Palmas…” El cadáver, que ha sido enterrado cerca del sitio donde fue hallado, tenía la mandíbula inferior sujeta con la superior con un pañuelo atado a la cabeza, y en la frente una enorme herida que sin duda le causó la muerte.
Haciéndose eco de su corresponsal en Puerto de Cabras el citado Crónica escribía que “en la tarde del 16 de mayo, hallándose pescando en el paraje desierto que denominan Playa de los Mozos un vecino de Casillas del Ángel, vio venir flotando en dirección a tierra un objeto largo, al parecer una caja que con gran trabajo pudo poner en tierra… la custodió toda la noche, sin abrirla por carecer de herramientas para ello y al siguiente día, 17, consiguió hacerle uno o dos agujeros por sus extremos, pudiendo ver asombrado que la caja contenía un cadáver.
Horrorizado por tan inesperado hallazgo se apresuró a poner el hecho en conocimiento del juzgado municipal de Casillas del Ángel, personándose en el sitio donde la caja se encontraba el Juez Municipal, acompañado del cura párroco y algunas personas de significación en el pueblo, procediéndose a al apertura de la aludida caja que era de plomo, conteniendo una de madera y otra de zinc, dentro de la cual se halló, ya principiando a descomponerse, el cadáver de una joven al parecer de 18 a 20 años, con falda ordinaria, de color, un pañuelo sujetando las mandíbulas, descansando la cabeza de magnifica cabellera negra en una almohada forro basto, guantes de cabritilla y medias negras, camisa y además un saco de poco valor con encajes en el pecho y cuello.
Y, dado que el cadáver, excesivamente hinchado, tenía al parecer una herida en la frente, el juez dispuso se le diera sepultura en aquel sitio.

A finales de Mayo fue el Diario de Las Palmas quien tomó el relevo en el serial de Playa de Los Mozos o “La mujer del ataúd”, texto que sirvió de titular a los sucesivas entregas sobre el suceso:
“Hemos dado ya a nuestros lectores algunos antecedentes respecto al hallazgo misterioso en las playas de Casillas del Ángel (Fuerteventura), del cadáver de una mujer joven, guardado en tres cajas, con los ojos extraídos y presentando en la frente una herida de algunos centímetros, según afirman rotundamente las personas que en las playas de Dos Mozos presenciaron las faenas para abrir las cajas. Conviene no perder estos datos de vista, es decir la herida y la extracción de los ojos, para relacionar este hecho con otro de que a la vez viene ocupando la opinión pública”.

La autoridad judicial se persona en La Playa

La noticia llegó al alcalde presidente de Casillas del Ángel a través de su pedáneo en Tefía y la Costa de Las Salinas, al que avisaron los pescadores que encontraron el ataúd.
Mientras se decidió trasladar al juez de paz a la zona, se notificó al de Primera Instancia en Gran Canaria para la práctica de las diligencias oportunas. Entre las actuaciones del juez municipal y la llegada del titular de primera instancia para realizar la correspondiente autopsia, se hizo un primer informe sobre el cadáver el día 17 de mayo, acordándose enterrar las cajas de madera y zinc que lo contenían en el punto que se señaló con una cruz de palo.
Doce días después, el 29 de mayo, llegaba dicha autoridad judicial de Primera Instancia al sitio en que fue enterrado el cadáver. Serían las ocho de la mañana cuando se procedió a la exhumación, no sin antes adoptar las precauciones de desinfección que aconsejaba el avanzado estado de descomposición del cuerpo.
“… Veinte minutos después se sacó la caja con la muerta y se depositó en una mesa, levantándose las tapas de las cajas de madera y de zinc, procediéndose de nuevo a desinfectar… Hecho esto se levantó el cadáver sacándolo de la caja de zinc para depositarlo sobre la mesa que se había llevado para practicar la autopsia, y se le despojó de todas sus ropas...” entre las cuales el pañuelo que sujetaba la mandíbula mostraba una letra V marcada en el centro.
Y del informe judicial trascendieron algunos detalles: “Se examinó con el mayor detenimiento la herida que presentaba en la frente, y después, las órbitas. Y en efecto, no cabe duda que la herida que parte del ángulo externo del ojo izquierdo, ha sido hecha con instrumento cortante y quizás antes de la muerte. Tiene la herida, que no es mortal de necesidad, una forma oval que mide 3 centímetros de largo por 8 de ancho, quedando el hueso del frontal descubierto. Los ojos han sido extraídos, porque sólo quedan restos de membranas que cuelgan a manera de flequillos alrededor de las órbitas como si con instrumento cortante se hubiesen vaciado, acuchillándolos repetidas veces…”
Tras la observación de los datos antes descritos, el Juzgado procedió a la autopsia propiamente dicha, empezando por la cabeza y siguiendo con el pecho y vientre, siendo esta una penosa operación dado el estado de putrefacción del cadáver. “los órganos todos estaban hechos papilla…” comentaron algunos, no pudiéndose esclarecer la causa de muerte.
Sin embargo, al examinar el abdomen y aparato genital de la presunta víctima, se apreciaron indicios de un reciente parto: “vulva y vagina dilatadas, presentando la matriz un anormal aspecto”.
Después de dos horas el juzgado dio por terminada la operación, incautándose de las ropas por ver si mostraban marcas, lo que no se hizo con las cajas que pudieran mostrar inscripciones, y llevándose las vísceras para someterlas a análisis químicos en Gran Canaria. Y allí dejaron los restos de la mujer metidos en las cajas y sepultados bajo una cruz de palo.

La posible solución del enigma

El día 7 de mayo de 1896 llegó al Puerto de Las Palmas de Gran Canaria un vapor italiano de nombre Messapia. Venía del Río de la Plata, (Montevideo y Buenos Aires), en escala técnica para Génova, en la Península Italiana.
Su capitán, siguiendo las normas internacionales de marina mercante, se apresuró en dar cuenta a la Junta de Sanidad Marítima que traían a bordo el cadáver de una mujer de 37 años, de nacionalidad italiana, que había fallecido de obstrucción intestinal el día 5 de mayo de 1896, al mediodía, es decir, dos días antes de llegar a Puerto.
A la casa del vicecónsul de la república italiana se acercaron el capitán del buque y el marido de la fallecida, señor Velavella, para dar parte de la defunción de doña Vincenza Boeri, de aquella nacionalidad y natural de Génova, hija de un rico banquero de aquella ciudad.
Buscaron también información para llevar el cadáver hasta Génova metido en cajas de zinc y madera, si habría problemas en desembarcarlo en la capital grancanaria para enterrarlo cristianamente donde se pudiera saber dónde quedaban depositados los restos de la señora. La segunda de las cuestiones quedó patente desde que la Junta de Sanidad Marítima a la que fueron remitidos, les negó el desembarco.
Fue entonces cuando subieron al Messapia dos operarios del taller de don Enrique Sánchez, de Gran Canaria, para soldar una gran caja de madera pintada de negro y en forma de ataúd, a la que recubrieron con planchas de plomo. Ellos, según manifestaron a la prensa, no supieron si dentro había otra de zinc y si en su interior estaba efectivamente el cadáver.
Finalmente el buque zarpó rumbo a Génova el día 8 de mayo de 1896, pasando por la costa occidental de Fuerteventura en rumbo NE para, haciendo escala en el puerto de Valencia, alcanzar su definitivo destino en Italia.
El Gobernador Civil de Valencia, informado de la arribada del Messapia, telegrafió al puerto grancanario para comunicar que el capitán del buque, fondeado en escala para Génova, manifestó llegar con un pasajero menos, cuyo cadáver fue arrojado al mar.
Tal vez la intención de marido con permiso del capitán del Messapia fuera entregar el ataúd a las aguas del océano. El primero relacionado con el golpe que se descubriría en la frente del cadáver y la extracción de sus ojos; el segundo interesado en evitar los controles sanitarios que provocarían el retraso en la expedición de su buque, al ponerlo en cuarentena tan pronto diera cuenta de lo que llevaba a su bordo, como así fue, interviniendo la autoridad civil mencionada en un intento de contrastar hechos y declaraciones.

Y nuevas cuestiones en torno al ataúd

¿Dónde murió Vincenza Boeri? ¿Cuándo murió? ¿Dónde Parió, en el mar o en tierra? ¿Dónde quedó la criatura?
¿Por qué se metió el cadáver en la caja de zinc? ¿Por qué se metió aquella en otra caja de madera? ¿Por qué quien soldó la primera caja no hizo lo mimo con la de plomo?
Fuera como fuese, lo que si es evidente es que los dos hechos: la aparición de Playa de Los Mozos y llegada del Messapia, estaban relacionados; aunque entre ambos mediaron 8 días.
Y en Casillas del Ángel, la investigación judicial encuentra nuevas dudas: ¿Qué significada el golpe de la frente? ¿Por qué le arrancaron los ojos al cadáver? ¿Fue asesinato?
Estamos seguros de que el expediente judicial abierto arrojará interesantes perspectivas sobre este asunto que puso en relación la navegación transoceánica –seguramente la emigración-: De Italia a Uruguay, con escalas en Valencia y Gran Canaria, pasando frente a Fuerteventura y a la Playa de Los Mozos. Los testimonios que llegaron a la prensa lo hicieron por mediación de curiosos que siguieron los acontecimientos consultando a los comisionados de costa, pescadores y vecinos que allá se desplazaron.
En aquel paraje del mancomún de Las Salinas sigue la cruz, junto a margen derecha del barranco, en la costa occidental de Fuerteventura, con su historia oculta, misteriosa, olvidada… ciento y pico años después.