jueves, 2 de abril de 2020

La gripe en Puerto de Cabras, 1918-1919

Puerto de Cabras y la epidemia de gripe 1918-1919 

Aquel año el Puerto se despertaba como todos los inviernos de tarosada: frío y mojado, arropado por el humo que echaban unas pocas chimeneas en las casas privilegiadas. El capricho de la naturaleza mezclaba aquellas deshilachadas nubes y las esparcía sobre la bahía, donde los pescadores, un día más, no podrían salir a faenar. 
Por la calle de León y Castillo subía la maresía y la espuma que las olas levantaban en su discusión con el muelle, con los veriles de la Playa Barquillos, de la de Juana Jorge, o de Las Cuevas y El Lastre, de las que, además, salía el estruendo de los golpes del mar. Por las calles aledañas del Telégrafo, de La Calzada del Barranco, del Puente, o de La Marina, se olía a marisco. 
La gente se arremolinaba aquí y allá, en las esquinas o en las puertas de alguna tasca mirando al mar, como siempre se hizo aquí, impasibles, inquietos los comerciantes por la incertidumbre de su negocio, conviviendo resignadamente con él los pescadores y marineros. 
Y en ese aislamiento ocasional que se producía con el tiempo del sureste, una visita inesperada: los marineros del vapor Atlas, un mercante holandés que había sito torpedeado frente al Jablito (La Oliva). Mal presagio. Los estertores de la Gran Guerra traían algo nuevo a lo que no estaban acostumbrados los majoreros. Algo contra lo que “se luchó” desde la medicina tradicional y la medicina oficial. 
La epidemia de gripe les llegó, siendo especialmente acuciante en los últimos meses de 1918. Después les resultó, digamos, un poco más benigna. 
Pero se desató el pánico. Había gente con miedo, estornudos, dolor de oídos, moqueo y fiebre, mucha fiebre. Los que podían se abrigaban y embozaban con sus mejores prendas. Las chimeneas que tuvieron esa suerte, calentaron muchos hogares que, en poco tiempo acabaron con las existencias de carbón. 
Como una extraña coincidencia, después del agasajo dispensado a los náufragos holandeses del Atlas durante una quincena de días en las fondas y hostal de Puerto de Cabras, a principios de febrero se declaraba la primera víctima de la gripe. Y también por esas extrañas casualidades que se confabulan en tiempos difíciles, el propio médico de la beneficencia municipal, Santiago Cúllen e Ibáñez, resultaba aquejado de aquel mal y el ayuntamiento le daba una licencia de dos meses. 
La Junta Municipal de Sanidad e Higiene Pública pareció disculpar el abandono de su galeno en los primeros momentos de lo que hoy sabemos resultaría una pandemia. Los síntomas, la falta de hospital y de medicamentos hicieron el resto. Tuvieron que ponerse a trabajar duro. 
Fue entonces cuando se acudió a la autoridad militar para que les echara un cabo con el capitán médico de la guarnición cuando, en realidad éste ya arrimaba el hombro de forma desinteresada visitando a todos los afectados aún estando aquejado él mismo. Ya tenemos un primer héroe, don José Mendívil, capitán médico del Batallón Cazadores de Fuerteventura número 22; la talla humana de nuestro alcalde de entonces, don Secundino Alonso, tomaba buena nota. 
Lo que se hizo a finales del verano de 1918 fue habilitar un hospital o enfermería cívico-militar, al frente de la cual –por decir algo- se puso el señor Mendívil. 
Con la que se les venía encima, sin medicinas ni hospital (la casa de socorro de Cruz Roja ya había cerrado o no tenemos noticia de ella a partir de 1913), le tocó a un alcalde que conocemos relativamente bien, don Secundino Alonso, apostar por el adecentamiento del pueblo, no tanto por la estética como por la salubridad e higiene públicas. Y como el agua empezaba a escasear, acometió la limpieza de aljibes, especialmente en los cuarteles. Se esmeró en controlar los vertidos de basura y aguas fecales, en dejar las calles expeditas, advirtiendo a los dueños de las casas e industrias de la cal que las vías no eran ni cloacas ni depósitos de piedra de cal; que por algún lado tendrían que circular los automóviles que ya iban siendo pelotón. 
La esperanza de muchos majoreros humildes estaba en aquellas especiales circunstancias en El Jurado. Al poniente de Betancuria, muy cerca del Puerto de la Peña Horadada o El Escorial, la casa del “Cordero” estaba cerrada. El viejo iba y venía por los senderos y caminos de la isla con su borrico; no daba abasto en su peregrinar sanitario y asistencial. Fue entonces cuando don Agustín Afonso Ferrer puso en práctica la ya legendaria maña de aplicar sábanas mojadas a los muchos aquejados de las fiebres y de la gripe. 
En el último cuatrimestre de 1918 se alcanzó aquí lo que hoy conocemos como pico de la “mortífera y contagiosa epidemia”. La Junta Local de Sanidad se puso en marcha y ante el exhausto botiquín de Agustín Medina, lanzó un SOS al Gobierno Civil de Las Palmas y, con el asesoramiento de don José Mendívil, pedía desinfectantes, formol, ácido fénico, zotal, aspirinas, quinina, inyectables, aceite alcanforado, cafeína, esparteína, suero fisiológico... se preveían casos complicados. 
En la prensa regional se leía: 
“En Fuerteventura se ha empezado a desarrollar la epidemia gripal con gran virulencia. En aquella isla, lo mismo que en otras, no hay aparatos de desinfección, y los vapores-correos no pueden, por consiguiente, ser sometidos (al contagio) en aquellos puertos con rudimentaria práctica sanitaria” “Noticias oficiales de Puerto de Cabras dicen que en Fuerteventura se ha propagado considerablemente la epidemia gripal, hallándose atacadas de ella más de 20 personas [a la sazón, en el Puerto apenas se pasaba de los quinientos habitantes], de las cuales 2 se encuentran en grave estado por haberse complicado la gripe con pulmonía.” 
En noviembre nuestro alcalde comenzó a darle forma administrativa al reconocimiento de la labor altruista del capitán médico y pedía formalmente, para que constara en su expediente, al Teniente Coronel del Batallón Cazadores de Fuerteventura número 22, que autorizara al dicho galeno la prestación del servicio cívico-militar que venía ejerciendo, de hecho, con una gran talla humana y desinteresada. 
La Junta Municipal de Sanidad continuó duramente con sus trabajos en todo el año 1919. Se comprometió a la traída de agua en barcos y al acarreto desde Tesjuates, en el vecino municipio de Casillas del Ángel, y desde los pozos de Tuineje, para lo cual pidió auxilio a los militares. 
Pero bienvenido el mal cuando viene solo: el 22 de febrero, un conflicto de orden público enfrentó al pueblo con los comerciantes exportadores en el Muelle Chico; los dos agentes (de los cuatro que había en la isla) de la Guardia Civil optaron por impedir el embarque de cereales de los pueblos del interior. La alcaldía comunicó el asunto al Gobierno Civil y, siguiendo sus instrucciones, constituyó la Junta Local de Subsistencias al amparo de la Real Orden de Abastecimientos de 20 de febrero de 1919. 
Las escuelas de Puerto de Cabras estuvieron cerradas durante quince días, y la Junta de Sanidad prohibió todo tipo de bailes y espectáculos públicos durante el mes de febrero, ordenando la clausura de las sociedades “Centro de Artesanos” y “El Porvenir”, casinos de los pobres y de los ricos, que, por cierto, estaban a ambos lados de la calle del Rosario, con frontis a la de Fernández Castañeyra. 
Las circunstancias de enfermedad gripal duraron todavía algunos meses en los que el médico interino don César Yagüe, asumió la inspección sanitaria local, cargo en el que se mantuvo hasta el verano de 1921. 

Lo que quedó en la memoria colectiva de aquellos hechos. 
Las secuelas de epidemia quedan para ulteriores estudios y artículos que ahonden en los libros de defunciones de la parroquia y, si alguna vez aparecen, en los papeles que generó la asistencia de Cruz Roja en la Casa de Socorro que, al parecer, en los años de la gripe ya estaba cerrada. 
Pero hubo actitudes que no deben pasar desapercibidas: La del Ayuntamiento, cuyo alcalde sustanció un homenaje a los sanitarios que altruistamente ayudaron en la lucha contra la epidemia. De bien nacidos es ser agradecidos. Eso don Secundino Alonso lo puso en práctica y lo demostró hasta su muerte, tres años después. 

Y tres o cuatro años después, un gesto, el de doña Josefa Castañeyra Carballo, haciendo donación gratuita al Cabildo de Fuerteventura de un solar para la construcción de un hospital en Puerto de Cabras (el segundo que se haría en la isla, después de la fracasada iniciativa del hospitalito de Ampuyenta). 
El reconocimiento se hizo en la sesión corporativa del ayuntamiento, de 19 de enero de 1919, pidiendo al Gobernador Civil que abriese expediente para que don José Mendívil ingresase en la Orden Civil de Beneficencia y que sirvió para alimentar su hoja de servicios. 
El gesto se materializó en 1922, con la donación de 3.600 metros cuadrados de terreno en la calle Fernández Castañeyra, junto a la Hoya del Inglés, cerca de la Playa de Los Pozos. 
Y la ingratitud. Protagonizada por el Delegado Gubernativo, Santiago Cúllen e Ibáñez, en perjuicio del Médico de Los Corderos, a quien abrió expediente por práctica ilegal de la medicina. 

Para saber más: 
- Jable, Archivo de Prensa Digital de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. 
- Archivo Municipal de Puerto del Rosario. 
- Jesús Giráldez Macías: Don Agustín Afonso Ferrer: El médico de los corderos. 2014.
- Fundación Canaria del Colegio Oficial de Médicos de Las Palmas: Historia de la Medicina en Fuerteventura. 
- Francisco J. Cerdeña Armas. Cuaderno de Puerto de Cabras I. Apuntes y curiosidades de historia local majorera. 2017.