jueves, 8 de mayo de 2014

San Francisco Javier y su ermita en Fuerteventura

San Francisco Javier y su templo en Las Pocetas, Antigua

Cuando hace algunos años me ocupaba de rastrear en la documentación los orígenes de la ermita de San Francisco Javier, su aspecto no era ni mucho menos el que hoy vemos. Los yerbajos crecían a su alrededor, colándose entre las toscas del empedrado que ennoblecía el pavimento próximo a los poyos que rodeaban el conjunto. No tenía tejas y alguien, en un impulso de dignidad, sobrecogido por la soledad y el abandono, seguramente escuchando el silbido del viento sobre sus paredes, sobre su maltrecho calvario, pintó las cubiertas a la manera que presentan algunas ermitas de Lanzarote o, en nuestra isla, la de El Cotillo.
Quienes nos visitaban, como muchos de los que por aquí vivíamos, no dudaban en aventar el indudable valor que éste, como muchos otros de nuestros templos, imprimían a nuestro eremitorio. Pero pensar en unidades de Patrimonio Histórico en nuestra isla era un sueño, aún no se había redactado la Ley de Patrimonio Histórico de Canarias y la de Patrimonio Histórico Español, apenas se había ocupado del conjunto arquitectónico de Betancuria, elevándolo a la categoría monumental.
Me conformé con recrear su imagen tomando algunas modestas fotografías, sorprendido por los dos estribos del costado del Evangelio y, sobre todo, con deleitarme en la transcripción de la documentación histórica que pude consultar en los archivos parroquiales.
La foto de la ermita de Las Pocetas en 1980. [Colaboración de Paco Cerdeña]

Y la documentación me decía que la ermita había sido construida con licencia del obispo Valentín Morán y Estrada, a mediados del siglo XVIII; aunque la licencia para su bendición y colocación de imagen en el altar no se dictó hasta 1771 en que otro obispo, Juan Bautista Servera, autorizó al vicario de Fuerteventura para que “constándole haberse hecho escritura de dotación para los reparos y ornamentos, pasara a bendecirla”, hecho que tuvo lugar en diciembre de 1775.
En el acto de bendición estuvieron presente el vicario insular, Juan Jacinto Cabrera Betancurt, y los testigos Fray Matía Zurita, predicar jubilado, y Fray Mariano del Carmen Albertos, padre lector de gramática, Francisco Antonio de Córdoba, presbítero, y Jerónimo del Castillo, también presbítero.
Aquel fue, digamos, el acto protocolario. La escritura se acercaba más a lo mundano y a la forma de sufragar los gastos del templo y su mantenimiento. Firmaron así el documento de dotación económica, entre otros, Blas de Soto Cabrera Llerena, Juan Vicente Umpiérrez y Manuel Sánchez, ante el escribano Nicolás Antonio Campos.
También nos recordaban aquellos papeles que, al año siguiente, 1776, la ermita estaba totalmente concluida, aunque pese a su juventud, ya amenazaba ruina en 1800, conforme nos reseñaba su mayordomo José Marichal, quien nos decía que había remediado la situación colocando placas de hierro en las tijeras rotas en la armazón de su techumbre; que entre 1801 y 1807 había comprado tejas para su reconstrucción, así como vigas y tirantes nuevos, pagándose al maestro Antonio, carpintero, 18 pesos y 12 reales por las obras.
Y en los inventarios de cuanto tenía la ermita, anotaba el sacrificio que tuvieron que hacer al desprenderse de algunos elementos de su decoración interior. En 1832 el beneficiado de la parroquia de La Antigua, pedía al mayordomo de la ermita una serie de maderas que varios vecinos habían garantizado para la construcción del retablo de San José en la nueva iglesia parroquial.

Retablo de San Francisco Javier, en la ermita de Las Pocetas, Antigua.

Del mismo modo, en 1794, el obispo autorizaba la venta de una serie de cuadros que se encontraban “perdiendo” en la sacristía de la ermita de San Francisco Javier, preferentemente a quienes los habían donado. Dichos cuadros, 19 en total, figuraban –como decimos- en el inventario de 1776. Entre estas pinturas se mencionaban:
La Magdalena, de 2 varas,
Nuestra Señora de la Concepción, de vara y media,
San Bartolomé, de una vara,
San Agustín, de una vara,
Nuestra Señora de Candelaria, de vara y media
Santo Domingo, de vara y media,
San Francisco Javier, de vara y media,
El Prendimiento de Jesús, de vara y media,
San Marcos, de vara y media,
San Lorenzo, de una vara,
El Señor de la Humildad y Paciencia, de una vara,
San Miguel, de una vara y media,
Nuestra Señora del Carmen, de vara y media,
Santa Rosalía, también de vara y media.

De estos cuadros apenas se nos insinúan sus donantes, pero dejan clara las devociones que  los primeros vecinos de Las Pocetas profesaban a estas imágenes.

Hoy he vuelto a visitar el lugar de las Pocetas para darme cuenta que el tiempo y los acontecimientos han sido exquisitos con su templo: Se ha restaurado primorosamente y se le han devuelto sus tejas y remozado su calvario, dotándola esta vez con figuras de protección jurídica que la han elevado a la categoría de Bien de Interés Cultural catalogándola como monumento en un proceso que, iniciado en 1985, se culminaba en 2008.


[De nuestro trabajo “Noticias Históricas sobre algunas ermitas de Fuerteventura”, presentado a las primeras Jornadas de Historia de Fuerteventura y Lanzarote, 1984]