domingo, 8 de marzo de 2020

Más sobre el hambre en la década de 1930 y 1940

Aclaración a nuestro artículo "Acerca del hambre que se pasó en Fuerteventura en 1936-1938. ¿De qué hambre hablamos?"

Me abrió los ojos alguien que aprecio y que fue compañero durante años, mientras estuvo activo en la misma empresa que yo: ¿Tú sabes por qué los jóvenes de hoy no han visto la "Luz de Mafasca"? -me dijo junto a otras expresiones que destilaban cierta acritud... Luego lo supe: había leído un artículo de este blog publicado en la revista "Mi Pueblo. Fuerteventura" (nº 96, enero febrero 2020), donde parece no haberle quedado claro mi comentario sobre el hambre de los años treinta y cuarenta; "los chicos de hoy comen tres veces al día", esa era la razón en que apoyaba su anotación el viejo compañero. "Hoy no se pasa hambre..."-suavizó.
Me quedé reflexionando... Naturalmente que no. Pero el artículo al que me refiero merece una aclaración que no salió publicada (como en este propio cuaderno) y me apresuro a glosar.
¿Que había hambre en los años treinta y aún en los cuarenta del pasado siglo en Fuerteventura? Naturalmente que sí, pero ¿qué causas postraron a nuestra gente a retorcerse de ganas de comer -por decir algo? ¿Qué motivó el que aquellos años entraran en la memoria colectiva como los años del hambre y de las cartillas de racionamiento, si muchos majoreros nunca dejaron de tener fatigas por la inanición?
Mi artículo apuntaba al halo que se ha dado en poner a aquellas décadas, constantemente evocadas entre el romanticismo y la necesidad de silenciarlas por quienes intentan polemizar desde una postura actualmente mucho más cómoda; por quienes desean, por ejemplo, enterrar la industria de la cal y los hornos reputándolos como las pervivencias de la esclavitud majorera; por quienes se niegan a ver que aquellos fueron años de recolocación de viejas estructuras para pervivir un poco más los más acomodados y sobrevivir, si podían, los otros. Ante los que de aquella forma opinan reorientamos nuestro foco para intentar que no se nos haga olvidar de dónde venimos, no sea que vayamos a caer en lo mismo.
Porque el majorero siempre emigró y pasó hambre víctima de unas estructuras y formas de tenencia de la tierra que lo hacían especialmente vulnerable cuando no llovía, porque aquí se practicaba una agricultura de secano y extensiva en las tierras de los grandes propietarios. Porque en tales momentos de postración, no le quedaba otra que empeñar sus parcos bienes para convertirse en medianero de sus propias tierras, cedidas sin pacto de retro alguno para sobrevivir o para emigrar; porque en aquellos momentos no podían mantener el ganado ni las yuntas que le permitían complementar su economía familiar empleándolas en la terratenencia. Así fue durante siglos.
El cómo aferrar a nuestros antepasados a la tierra para que no se murieran de hambre y para no perder mano de obra fue la inquietud de las aristocracias rurales y de la microburguesía que comenzó a atisbarse en Puerto de Cabras y, en menor medida, en las cabeceras de los otros municipios de la isla en el tránsito del siglo XIX al XX. Tenían que crear obra pública aquí y eso era muy difícil cuando se construían los puertos de Gran Canaria y Tenerife; y hacia allá se fueron nuestros braceros, nuestros camelleros con sus bestias y yuntas... Y, como ellos, me estoy yendo, disculpen. Vuelvo al periodo del que hablamos.
La coyuntura que no hay que perder de vista es la que se produce en la década de 1930, tras el crack del año anterior en la economía mundial. Unos años en que nos abandonó la monarquía para experimentar con la república y, sobre todo, en medio de los conflictos sociales y las revoluciones que alentaron a la sublevación militar del 36, y una dura guerra civil.
De aquellos polvos, los lodos que cayeron como una baldosa, especialmente en la década de 1940. El Estado asumió la política de abastos privando a los ayuntamientos de una gestión que por legislación les venía asignada desde mucho antes: toda la actividad municipal se reorientó para colaborar en las levas para el ejército primero, y para avituallarlo después, especialmente a las unidades que aquí se destacaron acabada la guerra de nuestros padres y abuelos. Del "Plato único" de la guerra se pasó al hambre de posguerra; de las requisas al racionamiento.
Porque, además, en los años cuarenta Fuerteventura se fortificó y se militarizó, al menos desde 1940 hasta 1946. La economía de Canarias abandonó su normal régimen de desenvolvimiento para ser dirigida a través del Mando Económico desde Capitanía General. De aquí no salía ni entraba nada sin permiso de la Comandancia Militar de la isla; hasta para llevar un docena de huevos a un familiar enfermo en hospitales de Gran Canaria había que pedirles permiso. No digamos de comer o beber, porque la mayoría de los artículos estaban racionados porque había que garantizar el abastecimiento y el agua a la población, cosa muy difícil en islas, cuando el mundo se enfrascaba en su Segunda Gran Guerra.
Y en aquella coyuntura de algo más de una quincena de años, muchos majoreros, como siempre, soportaron el hambre y las restricciones, transaron con lo que pudieron para tener con qué alimentar a sus familias y, precisamente en ese crisol, al abrigo de los trabajos necesarios para "la defensa y la fortificación" y el abastecimiento, también se forjaron nuevas clases acomodadas y se reciclaron las viejas estructuras sociales con vocación de permanencia.
A ese hambre y sus circunstancias me refería, insinuando causas y consecuencias de lo que aconteció en algo más de una década.