miércoles, 9 de enero de 2013

El agua en el callejero de Puerto del Rosario


Desde tiempo inmemorial el agua se vierte tímidamente en el callejero de Puerto del Rosario; digo bien: en el callejero. Porque en la relación de calles y vías de la ciudad nos encontramos pocas referencias que, directa o indirectamente, remiten al fluido elemento que tanto ocupó y preocupó a los munícipes desde los orígenes de la población.
Al principio, cuando se abrían camino los primeros pobladores que buscaban un hueco en el que levantar las cuatro paredes de su cuarto, iban orillando la marea hasta el barranco cercano al actual Estadio, donde se encontraban los dos únicos pozos públicos usados para la bebida. Allí mitigaban la sed en los hoyos que alguien practicó junto al lecho de aquel cauce, seguramente recordando a los viejos que contaban que los aborígenes buscaban el agua bajo las arenas de los barrancos, cavando un pequeño agujero al que llamaban “ere”.
Y ellos, como colonos en tierra de promisión, obraron los dos pozos con paredes de piedra seca para impedir el acceso al ganado y facilitar a sus convecinos el guindar con sus baldes de la forma más cómoda.
De aquella hazaña nos quedó el topónimo: “Barranco de Los Pozos”. Y del trasiego en busca del agua de bebida el rótulo de “Carretera de Los Pozos”, que no era más que el camino de El Matorral en su tramo, digamos costero…. Por extensión los habitantes actuales de aquel entorno han hecho suyo el nombre del barrio que también llaman “de Los Pozos”; el propio estadio  municipal lleva este nombre basado en las mismas circunstancias (Lo del origen del barrio Negrín y su festividad de San Juan es otra cosa, digamos más reciente y del que hablaremos en otra ocasión).

Canalización del Barranco de Puerto de Cabras, ya conocido como del Pilón, en la década de 1970. [foto aportada por Paco Cerdeña].

Y de las filtraciones a las escorrentías. Mirando el Puerto a vista de pájaro, a nadie se le escapa que la configuración topográfica de la ciudad recibe en el propio perímetro urbano dos barrancos de regulares proporciones: el ya mencionado de Los Pozos y el de Puerto de Cabras, más tarde del Pilón; y entre ellos el Barranquillo de la Miel, que absorbía el sobrante de La Rosa Felipe para discurrir por delante del viejo cementerio y desembocar junto a la Hoya del Inglés, en la que hoy se conoce como Playa Chica.
Y cuando las lluvias hacen acto de presencia y las nubes se derraman sobre la Cuesta de Perico y Las Atalayas, sobre el Valle de Jaifa o sobre Zurita, el agua, desbocada, se abre paso hasta la marea tiñéndola de canelo en una explosión cromática que se extiende por el norte hasta La Caleta y por el sur hasta el Callao de los Pozos.
Este último discurso de las aguas lo apreciaron aquellos antepasados y, para su aprovechamiento, tejieron una red de caños, “alcogidas” o canalizaciones con el propósito de saciar la sed de sus aljibes, gavias y nateros. Desde Risco Prieto uno de los más grandes acueductos metía el agua hasta El Tablero cercano a las Siete Gavias, en las inmediaciones de la actual Casa Parroquial, donde se encontraba con la conducción que llegaba desde el pilón construido en el barranco de Puerto de Cabras. Allí estaba la coladera del pueblo que redistribuía el fruto de la lluvia hasta las rosas y los aljibes de la ciudad a través de dos canales subterráneos que vertían el sobrante en la Playa de Las “Escuevas” y en la Playa del Muelle Chico.
Toda aquella ingeniería hidráulica aún se conserva en el subsuelo de la ciudad. Todas las viviendas antiguas tienen su depósito subterráneo, su coladera y sus desagües.
La calle “Barranco Pilón”, paralela al cauce del mismo nombre y que comienza a desaparecer bajo la urbanización de la ciudad, cuelga su rótulo de homenaje al esfuerzo de aquellas generaciones que nos precedieron en su lucha por el aprovechamiento de las aguas: la construcción de un pilón en el curso medio bajo del Barranco de Puerto de Cabras.
Aquí se bebía de esta manera, aprovechando unos recursos limitados para una población reducida. Mientras fue así, el equilibrio se mantuvo.
Lo complicado les llegó cuando a raíz de la reestructuración militar de finales del siglo XIX los aljibes no daban abasto para casi doscientos soldados que se destinaron a guarnecer Fuerteventura, instalándose en Puerto de Cabras en sendos acuartelamientos de las calles León y Castillo y La Marina, luego calle García Hernández.

Aljibe y corrales de la Rosa de don Bernabé Felipe, en la década de 1970. [Foto de los programas de fiesta del  Rosario]

Cuando escaseaban las lluvias que solían llenar los aljibes, se producía el grito sediento que llegaba a los pronunciamientos corporativos del Ayuntamiento y desde allí lo dirigían a las alcaldías de Las Palmas de Gran Canaria o de Santa Cruz de Tenerife. Pedían el envío de agua en la panza de los Correíllos, como así se hizo en las décadas de 1920 y 1930, en que se construyó la Charca y la fuente de La Explanada. Aquellos buques correos continúan navegando con estos recuerdos en el callejero de Puerto Lajas.
Y aquel procedimiento de transporte de agua se volvió a retomar en las décadas de 1950 y 1960, con los buques aljibe de la Armada que ya contaban con línea de atraque en el muelle de Puerto del Rosario, a cuyos barcos se arrimaban las cubas del ejército y los chiquillos con sus latitas para recoger las gotas que unos bienintencionados reclutas consentían aflojando la mordaza de las mangueras. De otra forma no se explicaría la presencia en nuestro callejero del rótulo de la “calle Almirante Lallemand”, como homenaje al Vicealmirante don Luís Lallemand Menacho, que por entonces era Jefe de la Base Naval de Canarias.
Y ¡quién se lo iba a decir a nuestros antepasados!, también el medio por el que navegaban aquellos buques correos y aljibes, podía desalarse. La potabilización de agua de mar comenzaría en la década de 1970 la producción que hoy garantiza el bienestar de los casi cien mil habitantes de la isla desde las Salinas del Viejo.
Arrinconados quedaron los “aguadores” simbolizados en la figura que nuestro Parque Escultórico levantó en las inmediaciones del desaparecido depósito regulador de nuestra ciudad, y en el callejero del barrio de Majada de Marcial pregonan una de las formas usadas para trasladar el agua en la historia reciente de Puerto de Cabras. Y con ellos los carreteros, que también se ocuparon en el transporte del agua a los distintos aljibes de la población, cargando en sus carros los bidones que servían de cisternas portátiles.

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